Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

La función social de la propiedad

 

 

 

Tradición Familia Propiedad, Santiago (Chile), Agosto-Septiembre 1988, pags. 8-11

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Las divagaciones sociosentimentales que están en la raíz de una mal comprendida función social de la propiedad

Damos a conocer a nuestros lectores un capítulo del libro: "Projeto de Constituição Angustia o País", del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira.

En un penetrante análisis sobre la Constitución recientemente aprobada por el Congreso Constituyente brasileño, el autor muestra las falacias sentimentales sobre la función social de la propiedad privada que agitaron las mentalidades de los congresistas y que los llevaron a aprobar una Constitución que según varios juristas es inaplicable. Nos parece oportuno, en los momentos por los cuales nuestro país atraviesa que el problema de la función social de la propiedad privada quede establecido en los límites enseñados por la doctrina tradicional de la Iglesia.

 

LA FUNCIÓN SOCIAL DE LA PROPIEDAD

Plinio Corrêa de Oliveira

"Libertad, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre": la famosa exclamación decepcionada de Madame Roland, al ser conducida a la guillotina, podría ser citada —con las debidas restricciones— a propósito de la función social de la propiedad.

Es esa noción la que sirve de base para la triple Reforma —Agraria, Urbana y Empresarial— que el proyecto de nueva Constitución pretende imponer al Brasil.

Es justo, pues, que a ella le consagremos un estudio especial, que tiene como meta proporcionar a los Srs. Constituyentes, y a la opinión pública en general, los subsidios necesarios para una evaluación adecuada del texto constitucional en elaboración.

Pero es fácil comprender que la importancia de la materia trasciende enormemente el interés que ella presenta para la actual situación histórica que atraviesa el país. 

1. Función social, "slogan" muy difundido y concepto poco definido...

¡Cómo es frecuente hoy en día, en los llamados "órganos de comunicación social" (prensa, radio y TV), la expresión función social! No obstante, ¡cuan poco explicativas son habitualmente las referencias a tal expresión!

Si alguna empresa de encuestas de opinión pública investigase cuál es el porcentaje de los brasileños (o de las personas de cualquier otro país) que están en condiciones de dar de inmediato un concepto definido de lo que sea función social, es altamente probable que los resultados a que tal encuesta llegase fuesen decepcionantes para quienes usan esa expresión-talismán.

En la mejor de las hipótesis, una minoría no extremamente pequeña de personas respondería correctamente a las siguientes preguntas:

a. Si la actual fama de la expresión función social proviene de León XIII, o de alguno de sus sucesores;

b. Si ella concierne a todos los derechos del hombre, o solamente al derecho de propiedad;

c. Si la función social se destina esencialmente a servir la causa de la distribución igualitaria de los bienes, mediante la transferencia, para quienes poseen menos, de la mayor parte posible de los haberes de quienes tienen más;

d. Si la función social alcanzaría, consecuentemente, la plena perfección de su propio ejercicio en el día en que todos fuesen iguales. 

2. Un presupuesto más sentimental que doctrinal: ¡la desigualdad hace sufrir!

La respuesta vaga y titubeante que la mayor parte de las personas daría a esas preguntas se inspiraría en algo que mejor se califica como un sentimiento de compasión instintiva y notablemente genérica, de que más propiamente como una doctrina.

Tal sentimiento tiene como presupuesto que todo dolor puede y debe ser extirpado de la vida del hombre.

De esa ilusión utópica se origina en muchos espíritus una divagación sobre los diversos sufrimientos experimentados por el ser humano a propósito de la propiedad privada y de las desigualdades socio-económicas que provienen de ésta.

En los espejismos de esa divagación aparece —siempre difusamente— la impresión de que gran número de sufrimientos podría ser remediado de inmediato si todos los bienes se dividiesen igualmente entre los hombres. Y esto, tanto a nivel de naciones como a nivel de individuos.

De hecho, los utopistas imaginan que a través de esa división igualitaria cesarían, antes de todo, las más variadas formas de pobreza que hoy existen. Este sería el fin de las carencias que afectan al cuerpo. E igualmente de las que hacen sufrir a las almas.

O sea, inclusive entre personas que no experimentan necesidad física alguna, la propiedad privada sería causa de un padecimiento auténtico. En efecto, dicen ellos, toda desigualdad hace sufrir a quien tiene menos. Hasta tal punto que la condición de un millonario sería justificadamente penosa para éste cuando la comparase con la de un multimillonario.

Y esto no vale solamente para desigualdades económicas, sino que también para los reflejos que de esas desigualdades se pueden producir, hoy día, en los varios campos de la existencia: desigualdades del punto de partida en la vida, desigualdades sobre todo de lo que cada cual hereda de fortuna, de educación, de relaciones sociales, de prestigio, de poder. Todo esto puede despertar, en quien tiene menos o es menos, una tristeza causada por su inferioridad.

Un igualitario famoso, el Padre Sieyés, describió la organización de las clases sociales de su tiempo —y entre ellas incluía el clero— como una cascada de desprecios. Es decir, para él cada superior despreciaría a los inferiores. Lo que traería como consecuencia —ya se ve— que cada inferior odiase a su superior. No se podría expresar de forma más concisa el principio que engendra la lucha de clases. 

3. Consecuencia necesaria de esas divagaciones sentimentales: es necesario actuar para que desaparezcan todas las desigualdades

Es incontable el número de personas que ven del mismo modo las desigualdades todavía existentes en la organización social contemporánea, no obstante menos jerarquizada, en tantos de sus aspectos, que la del período final de la Monarquía francesa.

Claro está que no todas las personas tienen el coraje de explicitar hasta sus últimas consecuencias ese punto de llegada extremo de sus divagaciones socio-sentimentales. Pero hacia allá tienden, con velocidad mayor o menor, incontables contemporáneos nuestros.

La función social de la propiedad se la imaginan como la obligación que pesa directamente sobre todos los que tienen más (y pesa in oblicuo sobre todos los que, bajo cualquier título, son más) de colaborar por todos los medios en la tarea de erosionar gradualmente su situación, en beneficio de los que tienen o son menos. De manera que desaparezcan todas las desigualdades, y con éstas la causa que todavía hace gemir a la humanidad, hasta el día en que la última desigualdad desaparezca en la tierra.

Ideal todo perfumado de compasión, que algún revolucionario utópico del siglo XVIII expresara sin miedo de contradecirse, mediante el deseo —impregnado, según él, de justicia— "de ver al último Rey ahorcado con las tripas del último Sacerdote". 

4. Al soplo mortífero del marxismo, ese anhelo deja de basarse en la caridad cristiana y comienza a apelar para la "justicia" marxista

Hasta hace poco tiempo, toda esa divagación en las nubes era calificada, en varios medios católicos, como un impulso sublime de caridad cristiana. Pero, bajo el soplo mortífero del marxismo, radicalmente opuesto al concepto mismo de caridad, en los medios de izquierda católica se acentúa siempre más la tendencia a basar todo ese aún "cristiano", no en la caridad sino en la justicia.

A ese respecto, conviene hacer notar que el tono de esa divagación va mudando. De dulzón y declamatorio pero pacífico, como "corresponde" a la caridad, se fue volviendo reivindicativo, ácido y hasta agresivo, como "corresponde" a la justicia. Y el canturreo algo quejumbroso del sentimentalismo de otrora viene siendo substituido gradualmente por un grito de guerra. El grito de guerra de la lucha de clases. 

5. En la difusión de ese canturreo, el socialismo utópico y el socialismo científico desempeñan papeles diferentes

¿Qué juicio debemos hacer del contenido doctrinal, al mismo tiempo tan pobre y tan envolvente, del viejo canturreo sociosentimental característico de los utopistas del siglo pasado?

La vaporosa temática de ese canturreo tiene algo de la fuerza de expansión indefinida de los gases. Es decir, la explanación cabal de su contenido, sobre todo si es acompañada de la respectiva refutación, podría llenar volúmenes.

Análoga afirmación se podría hacer del contenido doctrinal del grito de guerra marxista. Es más denso de pensamiento que el socialismo utópico que lo antecedió. Pero no por eso la respectiva refutación sería más sintética y breve.

Conviene además agregar que el pensamiento marxista ejerce, en la propulsión gradual de casi todo Occidente rumbo al comunismo, un papel considerablemente menor que el del socialismo utópico. El marxismo mueve hacia la lucha de clases a la mayor parte de los efectivos de los partidos socialistas y comunistas. Sin embargo, éstos constituyen contingentes minoritarios en las naciones en que se radican. Y si las respectivas reivindicaciones encuentran amplio eco fuera de esos partidos, es porque el utopismo socio-sentimental del siglo pasado, aún vivo en personas carentes de formación científica —de condición económica alta, media o baja— hacen que éstas imaginen que el marxismo no es sino una justificación científica eficaz del estado de espíritu con que ellas ven el problema de las desigualdades sociales.

En la imposibilidad de desarrollar aquí tan amplia materia, algunas ponderaciones sucintas ayudarán a elucidar sobre ella al lector medio. 

6. Los problemas efectivamente creados por la Revolución Industrial se fueron atenuando poco a poco

En la crítica del canturreo del socialismo utópico, y del grito de guerra del socialismo habitualmente apodado científico, hay sin duda una queja común que corresponde a la realidad de las cosas.

El desarrollo del proceso de industrialización, a lo largo de los siglos XIX y XX, originó en amplia escala el desempleo y el pauperismo. Y, como consecuencia, privó a masas humanas enteras de las condiciones de existencia suficientes y dignas que corresponden a la naturaleza del hombre.

Pari passu, la misma industrialización fue ocasionando una inmensa concentración de capitales a favor de algunos beneficiados más aptos, por instinto o por formación técnica, a manosear las artes complicadas con las que se gana dinero.

De ahí provino un desnivel estridente entre las clases situadas en los dos polos de la sociedad capitalista. Y —la verdad histórica manda que se diga— sobre todo los capitalistas de la primera fase del proceso de industrialización conexo con la irrupción de la red bancaria y comercial, se mostraron, ora indiferentes, ora censurablemente lentos en socorrer a las víctimas de un curso de cosas del cual, sin embargo, ellos eran los grandes beneficiados.

No obstante, la verdad histórica también manda que se reconozca que se fue verificando paulatinamente, a partir del siglo XIX, en muchos y amplios sectores capitalistas, una transformación favorable de mentalidades.

Después de la agitada carrera y de los lucros embriagadores de la fase inicial del capitalismo, éste fue adquiriendo creciente estabilidad. Lo que proporcionó a muchos capitalistas la tranquilidad necesaria para pensar sobre la situación socio-económica que su enriquecimiento había creado. Así, cada vez fue ganando más terreno entre ellos la propensión a ayudar económicamente a los desvalidos, entre los cuales, de preferencia, a sus propios trabajadores.

De este modo se iniciaba la opción preferencial por los pobres no exclusiva ni excluyente, posteriormente tan encarecida por el Pontífice reinante [Juan Pablo II].

Ese impulso, muchas veces espontáneo, era acentuado, ora por vestigios de tradiciones familiares cristianas, ora por observaciones científicas objetivas —pero también egoístas— sobre la propia ventaja del capitalismo en mejorar las condiciones de las clases populares: mayor productividad del trabajo, ampliación del consumo por la transformación de indigentes en consumidores, etc.

También concurrió para esta evolución innegablemente, el temor de la venganza popular que surgía de las amenazas de revolución social nacidos de los medios socialistas y comunistas. 

7. Acción benéfica de la Iglesia, rechazando simultáneamente el egoísmo capitalista y el igualitarismo revolucionario

Pero sobre todo contribuyó para atenuar la voracidad capitalista de las primeras décadas la enseñanza social de los Papas, a partir de la memorable Encíclica Rerum Novarum, de León XIII.

Por efecto de ella se constituyó un vasto y pujante movimiento social católico, que dio origen, principalmente en Europa, a la formación de grandes corrientes patronales y obreras, las cuales dándose las manos —y rechazando simultáneamente el egoísmo capitalista y el igualitarismo revolucionario— levantaron bien alto el ideal de una organización social sabia y templadamente jerárquica. Tales corrientes se mostraron celosas en aclarar a todas las clases sociales sobre los derechos de los obreros y condiciones de vida que les proporcionasen lo necesario y lo conveniente a la dignidad humana; pero, una vez eso atendido, también fueron firmes en reivindicar la legitimidad del derecho de propiedad, la relación de éste con la familia, la consecuente hereditariedad de los bienes, etc. etc.

Las mejoras así alcanzadas en el relacionamiento patrón-trabajador y capital-trabajo fueron tales que, en su primera Encíclica, Juan XXIII ya constataba con júbilo el auspicioso declinar de las tensiones entre las clases sociales.

Se debe reconocer como señal auspiciosa la disminución verificada, desde hace algún tiempo y en ciertos lugares, de la tensión entre las clases sociales. Ya lo afirmaba Nuestro Predecesor inmediato en discurso a los católicos alemanes: La terrible catástrofe que se abatió sobre vos con la última guerra habrá comportado por lo menos una ventaja: ella permitió que muchos ambientes se libertasen de los prejuicios y de la preocupación excesiva con las ventajas personales, y que así disminuyese la aspereza de la lucha de clases y que los hombres se aproximasen unos a los otros. La desgracia común es maestra dura, pero benéfica (Radiomensaje al 73° Congreso de los Católicos Alemanes, 1949).

Efectivamente, la separación entre las clases sociales es menor, pues éstas no se limitan más a los dos bloques en que se oponían capital y trabajo. Ahora ya son más variadas y abiertas a todos. El trabajo y el talento permiten subir los peldaños de la escala social.

En lo que se refiere más directamente al mundo del trabajo, es consolador constatar las mejoras recientemente introducidas en las propias condiciones del trabajo y el hecho de que no se piensa más solamente en las ventajas económicas de los obreros, sino que también en proporcionarles un género de vida más elevado y más digno". 

8. La "izquierda católica" renacida de las cenizas de la herejía modernista, vuelve a dar calor a la agitación ideológica, filosófica y socio-económica

Infelizmente, en la inminencia de alcanzar así esa victoria, un factor de carácter ideológico la alejó de los labios sedientos de Occidente. Fue la aparición —o, tal vez mejor, la reaparición— en medios católicos, de la agitación ideológica, filosófica y socioeconómica que había comenzado a despertar con el modernismo, nebulosa herejía que el Papa San Pío X aplastó con firmeza angélica con la Encíclica Pascendi del 8 de septiembre de 1907.

Renacida de sus propias cenizas, esa herejía fue ganando terreno discretamente en los Pontificados de Pío XI (1921-1939) y de Pío XII (1939-1958). Y de ella se originó la famosa izquierda católica, ya pujante en la fase preconciliar y casi triunfante en las agitaciones de estos 22 años post-conciliares.

Pero es en este último cuarto de siglo cuando, de un modo especial, no sólo se viene usando, sino que principalmente se viene abusando, de las palabras función social de la propiedad.

Y, como siempre, el caldo de cultivo para la expansión de esos terribles gérmenes de descomposición religiosa y social, es el socio-sentimentalismo ya descrito. A tal punto que, generalizada la divulgación de la enseñanza de la Iglesia, contraria a éste, o renovado en nuevos documentos pontificios el rechazo de él, se pudo esperar que el germen de movimientos como el de cierta Teología de la Liberación perderían su fuerza de expansión en escala de grandes masas humanas. La expresión función social de la propiedad sería entonces liberada, desde ese momento, de su atractivo talismánico postizo. Y el verdadero concepto de función social de la propiedad se expandiría sin mayor obstáculo, para el bien espiritual y temporal de los hombres.


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