Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Gracia y grandeza,

 

miseria y servidumbre

 

"Catolicismo", N. 93, septiembre 1958

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Como fondo de cuadro, el cliché de hoy nos presenta los torreones feéricos de la famosa Iglesia de San Basilio, en Moscú. Este edificio admirable, que fuera construido por Iván el Terrible en el siglo XVI, evoca con extraordinaria vivacidad lo que existía de más típico en la Rusia de los Zares. El mismo se divide en dos partes, separadas horizontalmente por una línea ideal. La mitad inferior -que va desde el suelo hasta la parte más baja de los torreones- es sólida, maciza y extremadamente pesada: un enorme conjunto arquitectónico, cuyas piedras se apilan de modo a formar un densísimo bloque, que hasta parece estar hundido en el piso.

Encima de esa línea ideal, inesperadamente, los torreones se diferencian del basamento colosal y, como si fuesen graciosas agujas, se levantan esbeltos hacia el cielo.

Las cúpulas bizantinas son tan leves, tan delicadas, que a nuestros ojos de occidentales modernos les parecen aeróstatos listos para levantar vuelo en cualquier momento.

Precediéndolas con estupendo arrojo, está, bien en lo alto, la mimosa cúpula, que parece arrastrar, irresistiblemente en pos de sí, como una cola de cometa, a un inmenso torreón triangular.

Uno de los factores de la belleza es la armonía de elementos sumamente diversos. Este factor se encuentra con excepcional riqueza en esta obra prima, en la que se concilian y se completan el súmum de la severidad, de la estabilidad y de la fuerza, con el súmum de la gracia, de la fantasía y de la levedad. Y en esto reside el encanto de este monumento, que retrata el alma un tanto inmadura y primitiva, pero espléndidamente matizada y artística de la gran Rusia, de la gloriosa Rusia… de la pobre Rusia que hubiera sido muy otra si el cisma no la hubiese arrancado de los brazos amorosísimos de la Esposa de Jesucristo.

Esta iglesia admirable, más asiática, tal vez, que europea, se sitúa en un cuadro urbano totalmente occidentalizado y de agradable aspecto. Y la mirada se detiene, embebida, en la consideración de un tan bello conjunto, adonde todo parece hablarnos de gracia, de delicadeza y de dignidad. 

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Sin embargo, la nota comunista está miserablemente presente.

El orden natural de las cosas pide que todos los valores particularmente ricos en gracia y delicadeza estén al servicio de la mujer. Pues ellos constituyen el ambiente propio para su fragilidad, el medio adecuado para que en el alma femenina se desenvuelvan las más nobles cualidades de esposa, de madre y de hija.

Por eso mismo, nada nos resulta tan desagradable como ver a una mujer encargada de trabajos cuya rudeza es incompatible con su naturaleza delicada: estibadora, mecánica, “soldada”…

Ahora bien, es justamente así que estas ciudadanas soviéticas aparecen en el cliché. Cinco barrenderas, expuestas a todos los inconvenientes morales de su duro menester, barren la nieve de la plaza. Calzadas con botas masculinas, empuñando grandes escobas, helasaquí con buen y mal tiempo, recorriendo las calles en ejercicio de una profesión que aún para los hombres es pesada. En último análisis, cinco esclavas del estado soviético, brutalmente tratadas, hijas infelices de un “orden” de cosas del cual la gracia, la delicadeza y la suavidad, son expulsadas como valores decrépitos, inauténticos, propios tan sólo de burgueses corruptos.

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Símbolos de dos épocas, de las cuales una fue ferozmente extinguida para dar origen a la otra, “sinceramente amiga de la masa”. ¡Terrible forma de “amistad”, que reduce al pueblo a una condición semejante, en la que hasta la delicadeza de corazón de la esposa o de la madre le es negada en toda la medida posible, bajo la presión de un régimen sin entrañas!


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