Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Oriente y Occidente:

acertada impenetración de valores

 

 

Catolicismo, Agosto de 1961

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La fotografía muestra los cuatro hijos del Maharajá de Kapurthala, a comienzos de siglo. El grupo impresiona agradablemente, por un algo quintaescensialmente noble, gracioso y delicado que se percibe en la actitud, en la expresión de las fisonomías y en los trajes de los principitos.

Se trata de auténticos príncipes, auténticos hindúes. Sin embargo, es fácil advertir que, sin perjuicio de esta autenticidad, algo de nuestra civilización penetró muy profundamente en ellos y en la atmósfera que los rodea.

El mejor fruto de las relaciones pacíficas que se debe establecer entre dos grandes civilizaciones que se encuentran es éste: un intercambio de valores realizado con discernimiento y equilibrio, de suerte que una y otra se enriquezcan y ninguna pierda su autenticidad. La peor fórmulaes, por el contrario, la destrucción de una por la otra.

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La Iglesia no se identifica con la civilización y la cultura de ningún pueblo. Sin embargo, está en la índole de aquélla promover la conservación y el incremento de todo cuanto haya de recto y sabio en las más diferentes civilizaciones y culturas, así como la eliminación de lo que en ellas haya de falso o malo. Bien se ve cuánto la inuencia católica tiende a promover aquella juiciosa interpenetración de valores. Cuando esta interpenetración se hace bajo la inuencia de la Iglesia, resulta de allí una unidad esencial pero armoniosamente variada entre las civilizaciones y culturas. Se llama civilización cristiana a esta superior unidad, basada en la Fe.

Si la acción de la Iglesia entre los pueblos de Oriente hubiese alcanzado su plena influencia, todo lo típico, elevado y recto en  la civilización y en la cultura hindú, habría sido conservado. Ciertos abusos innominables que coexistían con estos valores auténticos -la idolatría o la situación miserable de los parios y de muchos trabajadores, por ejemplo- habrían sido eliminados. Y hoy tendríamos una India bien hindú, bien embebida de su admirable tradición, y al mismo tiempo bien cristiana y favorecida por la aceptación de los mejores valores de Occidente. Y Occidente, a su vez, ¡cuánto podría ganar al entrar en contacto con una India así!

En alguna medida, este trueque de valores se estaba produciendo entre las clases altas de la India y Occidente, hasta la segunda guerra mundial, y a partir de allí se habría propagado sin demoras, normalmente, hacia los otros estamentos sociales.

Estos pequeños príncipes, que traen consigo una atmósfera de evocaciones de las “Mil y Una Noches”, pero que ya asimilaron algo de la delicadeza y de la nobleza del “aire de la corte” occidental, son una manifestación característica de esto.

Pero la Revolución entró en escena y destruyó las tradiciones, tanto en la India como en Occidente, pronunciándose contra todo cuanto era auténtico y orgánico. So pretexto de corregir abusos, construye una nación cosmopolita, anorgánica, que va pasando de la autoridad tantas veces excesiva de los marajás al despotismo de la máquina, de la burocracia y de la técnica de la propaganda.

¿La India ganó con esto? ¿Perdió? La pregunta daría margen para discusiones sin fin, y tendrá el inconveniente de desviar la atención hacia otro problema, inmensamente más interesante: ¿por qué aquel país no recorrió el camino seguro que, por lo menos bajo algunos aspectos, había comenzado a seguir?


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