Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Monumentos que reflejan las cualidades de un pueblo

 

 

 

 

 

 

Adaptación de conversación del 19-1-1973. Sin revisión del autor (*)

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La mentalidad, los modos de ser, de pensar y de actuar de un pueblo se reflejan en su arte y en todos los aspectos de su vida.

La escalera de la Catedral de Burgos que reproducimos más abajo, por ejemplo, refleja la idea de majestad como la concibe el español. Esa idea influye profundamente en su visión de Dios.

El imagina la majestad de una manera muy diferente a la de un francés o un alemán.

Posiblemente un alemán haría quitar todos esos adornos: para ellos la escalera tiene que ser simple, lisa y sin tantos arabescos.

El español comprende la majestad como inmensamente altanera y aislada. El pintor Claudio Coello refleja esta concepción en el retrato que hizo del Rey Felipe II. El Rey español ‒al contrario del Rey de Francia, que vive en medio de sus súbditos‒ se encuentra en un aislamiento sacral y místico, con una mirada que comunica movimiento, vida, amor y temor reverencial a sus súbditos. Estos, encantados y a distancia, admiran a un rey, tan rey y tan caballero. Un rey que se conduce rectamente, cercado de un protocolo, de una etiqueta, de una racionalidad. Un rey que, después de haber puesto orden en Castilla la Vieja, en Castilla la Nueva, en Andalucía, Galicia y otros lugares, piensa en grandes conquistas, en ciudades nuevas; en mandar un ejército para combatir a los protestantes. En resumen, dentro de un orden acompasado y solemne, piensa en grandes proezas.

El estilo del Rey francés es tener una sonrisa solar y comunicativa, que se derrama como los rayos del sol: el adorno, el lazo elegante, la alegría triunfal, la ligereza, la gracia y la convivencia constante con todo el mundo. Son dos concepciones totalmente diferentes.

El español ve a Dios como un Dios de Sabiduría, un Dios que está a una distancia infinita de los hombres, pero que lo invita a escalar esos espacios enormes. Cuanto más sube, más se aproxima de la grandeza divina y más se encanta. El Dios majestuoso es por excelencia el Dios de los españoles.

La escalera que reproducimos representa el fausto, la grandeza, lo que está por encima de todo y que no tiene comparación absolutamente con nada. El Dios justiciero encanta al español. Un Dios que mira y que pone una norma que quiere que se cumpla; que se deleita en premiar y también en castigar. Y que hace de la alternancia del castigo y del premio un juego de luces, que para el español es más bello que el mero premio.

Esta escalera tiene algo que invita a la tragedia. No se puede imaginar que detrás de ella exista un pequeño salón rosado, con muebles dorados y grandes ventanas de cristal, que dejan ver un parque con fuentes de agua y una luz entrando a borbotones. Por el contrario, ella invita a un recogimiento y a planear muchas y duras luchas, golpes fuertes y conspiraciones tenebrosas. También se percibe el misterio: es una intimidad llena de misterio; una intimidad de oración; una intimidad llena de secretos; que no es una intimidad abierta.

Es una puerta que se abre y el hombre se siente tragado por un plan divino, que va a exigirle enormes dedicaciones, enormes esfuerzos, enormes tragedias.

Esta escalera nos muestra, a través de este estilo de alma, uno de los modos por los cuales Nuestro Señor Jesucristo se mostró en esta Tierra. Una de las formas por las cuales Dios se muestra a nuestra adoración. El se manifiesta de muchas maneras y una de ellas es ésta.

La escalera dorada utilizada como excelente Monumento durante una Semana Santa

(*) Adaptación y traducción por Acción Familia (Santiago de Chile)


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