Plinio Corrêa de Oliveira

AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES

Masculinidad y extravagancia

en el perfil femenino ultramoderno

 

"Catolicismo" Nº 95 - Noviembre de 1958

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Uno de los efectos más deplorables del neopaganismo naturalista, igualitario y sensual de nuestra época consiste en degradar la vejez, "adornándola" con las apariencias de la juventud, y en "realzar" a la mujer induciéndola a ostentar la desenvoltura de maneras y el aire de independencia propios del hombre.

Ahí tenemos a tres señoras muy modernas que han llegado a una edad… muy madura. En su conjunto hay algo de másculo en ellas, una robustez, un hábito de guiarse por si e imponer la propia voluntad, de afirmarse con boato en público, una alegría ruidosa y triunfante que recuerda de algún modo a un "self-made man" pletórico que ha hecho buenos negocios y al que le gusta presumir... cuanto más, mejor.

Además del aire másculo, el género "juvenil" se hace sentir. Mientras cae bien a la vejez una cierta gravedad en el semblante y en los modales, que hasta en las horas de entretenimiento es el telón de fondo, estas señoras ríen, comen y se divierten con la garrulidad de tres jovencitas. Los vistosos diseños de sus vestidos, y sobre todo la extravagancia festiva de sus sombreros, aumentan la impresión. La figura del centro lleva en la cabeza un rebuscado y heterogéneo conjunto de flores y cintas, todo en tonos claros. La persona de la izquierda adorna su pelo con una fantasiosa fuente de plumas que se mueven al menor soplo de viento o al menor movimiento de la cabeza.

En definitiva, todo lo que en este cuadro puede llamarse típicamente moderno tiende a despojar a la vejez de sus verdaderos atractivos, y a revestirla de falsos atractivos.

Cuánta simpatía, cuánta confianza, cuánto respeto tenían aquellos ancianos de antaño que no ocultaban su decrepitud física ni se avergonzaban de ella, porque sabían que a través de las exterioridades de la decadencia orgánica brillaba el apogeo moral de un alma que había alcanzado la plenitud de sus valores.

¿Quién se siente inclinado a ayudar a las autosuficientes "señoritas" de nuestro tópico? ¿Quién se imagina poder recibir de ellas consejos llenos de sesudez, ponderación y serena elevación de alma?

¡Oh, los bondadosos, solícitos y sabios consejeros que eran en cada familia el abuelo o la abuela de antaño, que no tenían otros placeres que los del hogar, ni otra preocupación que la de meditar sobre la vida y prepararse para la muerte!

Meditar sobre la vida, sus vanidades, sus ilusiones, prepararse para la muerte: la vejez es por excelencia la época más adecuada para ello. Sin embargo, la Iglesia lo recomienda a todos sus hijos. Y así Ella forma las almas de tal manera que la propia juventud no debe tener los aires de despreocupación superficial y exuberancia sin límites, sino que, por el contrario, debe brillar con las virtudes que en la vejez suelen estar en su apogeo.

Un ejemplo extremo, y por eso mismo sublime, de lo que la Iglesia realiza en este sentido, es el recogimiento, la austeridad, la inconmensurable elevación de miras a que la Regla invita a las Carmelitas, incluso a las más jóvenes.

Nuestra imagen muestra un aspecto parcial de un refectorio Carmelita (en el Carmelo de la Via Borgo Vado, Roma). Las monjas que aparecen en él llevan el rostro cubierto por un velo debido a la presencia del fotógrafo. Están a punto de comenzar su comida. La lectora está en el púlpito, para entretener a la comunidad con un libro piadoso.

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