Plinio Corrêa de Oliveira

AMBIENTES, COSTUMBRES, CIVILIZACIONES

Tono aristocrático en los

aspectos cotidianos de la

intimidad doméstica

"Catolicismo" Nº 162 - Junio de 1964

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En una verdadera democracia, como afirmaba Pío XII (cf. Alocución a la nobleza y al patriciado romano del 16-1-1946), deben existir instituciones de tono aristocrático. Si el inmortal Pontífice no lo hubiera dicho, se habrían desatado los apodos, las difamaciones y las persecuciones del democratismo revolucionario contra quien lo dijera. Como fue Pío XII quien lo dijo, el democratismo revolucionario hace todo lo posible por silenciar esta frase y echarla al olvido. Y si alguien la cita, mantiene un silencio disgustado y furioso, con la boca cerrada por supuesto, pero como que mordiendo con los ojos contra el insolente que exhumó el incómodo texto pontificio.

Acostumbrados a no dar la menor importancia al furor del democratismo revolucionario, no sólo exhumamos este texto, sino que lo comentamos. Y no sólo lo comentamos, sino que —más irritante aún— lo ilustramos.

El tono aristocrático del que hablaba Pío XII constituye, desde cierto punto de vista, la más alta afirmación de la dignidad humana, la manifestación de lo que en ella hay de profundamente respetable. En este sentido, las instituciones literarias, artísticas, sociales y de otro tipo (incluidos, a su manera, los gremios de trabajadores), imbuidas de una nota aristocrática, por el hecho mismo de que estimulan la selección de verdaderas élites en los diversos campos de la actividad humana, benefician, elevan y dignifican a todo el cuerpo social, y constituyen un factor de dignificación del hombre en cualquier nivel de la jerarquía social en que se encuentre.

El hombre se sienta a la mesa no sólo para alimentarse, sino para descansar con los suyos en una convivencia despreocupada, agradable y placentera.

Por eso mismo, los objetos que le rodean en las comidas deben invitarle al reposo, a la distensión, al sonriso propios a una digna intimidad.

Nuestros clichés muestran una serie de pequeños objetos de mesa del siglo XVIII en los que los lectores con sensibilidad artística no dudarán en reconocer auténticas pequeñas obras maestras diseñadas para dar placer al espíritu del hombre cuando ve los objetos en su mesa o cuando los utiliza. Delicadeza, distinción, gracia, todo en ellos atestigua la presencia de un tono verdaderamente aristocrático, que indica un alto respeto por las conveniencias espirituales del hombre incluso en el prosaísmo de su existencia cotidiana.

Este alto nivel se extendió en aquella época, naturalmente, por todo el cuerpo social, con los competentes matices. Él no era monopolio de los grandes, sino que representaba, por el contrario, un estímulo para que todos se inspiraran en él, guardadas las debidas proporciones. De ahí la belleza de los objetos domésticos de la época incluso en estratos muy modestos de la población.

Las propias piezas expuestas aquí son una prueba de hasta qué punto este espíritu impregnaba todo el cuerpo social.

En efecto, si estos objetos eran para el uso de los grandes, expresaban no sólo el tono que éstos sabían dar a su existencia, sino también el maravilloso gusto de los artistas y artesanos —todos ellos, por lo general, salidos del pueblo— que concebían y ejecutaban estas pequeñas obras maestras.

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