Plinio Corrêa de Oliveira

 

La ceremonia del Lavatorio en la

corte de Alfonso XIII, Rey de España

 

"Santo del Día" (*), 25 de noviembre de 1992

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A D V E R T E N C I A

Este texto es la trascripción de la cinta grabada con la conferencia del profesor Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a los socios y cooperadores de la TFP. Conserva, por tanto, el estilo coloquial y hablado, sin pasar por ninguna revisión del autor.

Si el profesor Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que fuera colocada una explícita mención a su filial disposición de rectificar cualquier eventual discrepancia en relación con el Magisterio inmutable de la Iglesia. Es lo que hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan escrupuloso estado de espíritu:

“Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a las enseñanzas tradicionales de la Santa Iglesia. No obstante, si por lapso, algo en él hubiera en desacuerdo con dichas enseñanzas, desde ya y categóricamente lo rechazo."

Las palabras “Revolución” y “Contra-Revolución”, son aquí empleadas en el sentido que se les da en el libro “Revolución y Contra-Revolución”, cuya primera edición apareció publicada en el número 100 de la revista “Catolicismo”, en abril de 1959.


Hoy vamos a comentar un texto muy interesante: la ceremonia del Lavapies en la antigua monarquía española. Les mostrará el verdadero sentido de la nobleza.

El texto que les va a ser distribuido fue retirado de la obra “Alfonso XIII”, escrito por S.A.R. la Princesa Pilar de Baviera y el Comandante Desmond Chapman-Huston (Editorial Juventud S.A., Barcelona, 1959, pp. 243 a 249). A lo largo de la lectura iré haciendo algunos comentarios. 

● A ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, esta ceremonia es lo contrario del pretendido desdén que reyes y nobles habrían sentido por los pobres.

Lo que va a ser leído es lo contrario de la idea que la Revolución procura esparcir entre las personas de poca cultura a propósito del pretendido orgullo de los reyes y la nobleza en general, así como el desdén que habrían tenido hacia los pobres.

Por el contrario, en la Corte de España se realizaba una ceremonia litúrgica de Lavapiés de mendigos. El propio rey lavaba los pies de los mendigos.

● Fernando III, El Santo, inicia da ceremonia del Lavapies

Sublimidad, humildad y servicio reflejados en una ceremonia multisecular: los Reyes, secundados por Grandes de España, lavan los pies de mendigos el Jueves Santo y les sirven la mesa.

Princesa Pilar de Baviera

 

“De todas las ceremonias de Semana Santa en la Corte española, la más emocionante y de sentido más profundo es el Lavatorio de Jueves Santo. Se practica hoy como se ha venido haciendo desde 1242, en el reinado de Fernando el Santo.

San Fernando, el conquistador de Sevilla, que dejó todo listo para que la toma de Granada fuera el siguiente paso de la completa Reconquista de la Península Ibérica, fue quien inició esta tradición.

“Su verdadera fundación, por supuesto, fué en la noche de aquel día en que, cansados de un largo viaje, los doce amigos estaban sentados tristemente en el Cenáculo, y Uno de ellos que, siendo su Rey, era también su servidor, ciñéndose una toalla, tomó agua y lavó a todos sus pies cansados y manchados de polvo; y el efecto refrigerante de esta sencilla acción llega hasta nosotros renovado a través de los siglos. Una vez cada diez años, miles de peregrinos acuden desde todas las partes del mundo para verla representada por los campesinos de Oberammergau en las montañas de Baviera; pero aquí, en Madrid, se puede ver todos los años una vez, y la bella acción se representa de rodillas, por el Rey y la Reina de España.

“En el reinado de Isabel II, ésta lavaba los pies de las mujeres, y su esposo, el Rey Francisco, los de los hombres. En el de Alfonso XII fué celebrada la ceremonia una vez por él, con la joven reina Mercedes a su lado; María Cristina, como Reina esposa, tomó parte en ella seis veces; durante la Regencia, la cumplió sola, sin participación de ningún hombre; tan pronto como llegó a la mayoría, asumió el Rey Alfonso XIII este antiguo privilegio, pero con hombres únicamente, hasta su casamiento cuatro años después.

Palácio Real de Madrid - Sala de Columnas - Comedor de Gala

 

La ceremonia se verifica en la magnífica cámara de piedra llamada Salón de las Columnas, dispuesta especialmente para el acto. El Lavatorio es precedido por la Capilla Pública; acabada ésta, los funcionarios de la Corte, los grandes y la Familia Real van en procesión de la Capilla Real al Salón de las Columnas. La muchedumbre en la Galería es más numerosa aún que el Domingo de Ramos. Después de ver entrar la procesión en la Capilla Real, los invitados privilegiados se apresuran a ir a ocupar su asiento reservado en el Salón de las Columnas y contemplan con sumo interés la ceremonia. En el entrepaño opuesto a la entrada principal se instala un altar provisionalmente, detrás del cual cuelga un sombrío tapiz con una hermosa representación de la última Cena, que precedió al primer Lavatorio. A cada lado del altar hay un gran asiento semicircular cubierto de bayeta, con un taburete bastante alto. A la derecha y a la izquierda del salón, pero más lejos del altar, se hallan unas largas mesas cubiertas con manteles blancos, y en cada una de ellas hay doce grandes jarros blanquiazules y doce grandes platos con pan, A cada lado del altar hay unos pequeños aguamaniles de oro y, cerca de éstos, una gran jofaina de plata, A lo largo de uno de los lados del salón se hallan dispuestas tres tribunas; la del centro, para la Familia Real; a su derecha, una para el Cuerpo Diplomático, y otra, a la izquierda, para el Presidente del Consejo, el Gobierno y otros. En el lado opuesto está el espacio reservado para el público, donde se apiñan gentes de todas clases, como las que entran a ver la Capilla Pública. El centro del gran salón se halla completamente vacío y está cubierto con una magnífica alfombra hecha en la Real Fábrica de Tapices, de Madrid.

Poco después, vistosos lacayos aparecen conduciendo, uno por uno, a doce ancianos y doce ancianas, colocándolos cuidadosamente en los asientos de a cada lado del altar. Es necesario tener cuidado, porque varios son ciegos. Las mujeres, vestidas de negro, llevan mantillas del mismo color. Los hombres tienen puesta la larga capa negra y llevan sombreros de copa a la antigua usanza. Tanto las mujeres como los nombres calzan recios zapatos y medias o calcetines de lana gris.

“Luego entra el Duque de Vistahermosa, introductor de embajadores, con el personal de su Departamento. Se sitúa en la entrada principal y acoge, uno por uno, a los embajadores extranjeros, a sus señoras y al personal. Las damas visten con magnificencia, algunas de blanco y otras de color, puesto que el Jueves Santo se permiten aún colores; pero todas con hermosas mantillas blancas. Entra el público; como siempre, hay alguien que conoce a todo el mundo y se empeña en nombrar a los varios personajes importantes conforme entren. Ése es el Nuncio de Su Santidad, Monseñor Federico Tedeschini, quien se enorgullece con el gran título de Arzobispo de Lepanto. El conde de Welczeck, cortés y digno, representa a Alemania en la magnífica Embajada del Paseo de la Castellana. Aquel señor alto y distinguido es Sir George Grahame, de apariencia increíblemente joven para ser embajador extraordinario de Su Majestad británica y ministro plenipotenciario, habiendo sido ya embajador en Bruselas antes de venir a Madrid. El caballero que sonríe tan amablemente, con sencillo frac negro, es el señor Irwing B. Laughlin, embajador de los Estados Unidos. No quisiéramos que inventara un uniforme fantástico, como hizo uno de sus colegas en otra capital de Europa; pero se impone la idea, a falta de uniforme oficial como embajador, de que podrían darle, como se hace a veces en Inglaterra, el título de coronel honorario de algún regimiento famoso de América. Un diplomático norteamericano vistiendo el bello e imponente uniforme de coronel de Infantería de Marina dejaría en la sombra a cualquier traje diplomático europeo (…).

“La tribuna gubernamental, a la izquierda de la regia, está llena también. Allí el Presidente del Consejo, Almirante Aznar; el Marqués de Hoyos, Ministro de la Gobernación y Alcalde de Madrid; el jefe liberal, Conde de Romanones, tres veces Presidente del Consejo y ahora Ministro de Asuntos Exteriores; el Marqués de Alhucemas, cuatro veces Presidente liberal del Consejo, ahora Ministro de Justicia; el Duque de Maura, Ministro del Trabajo, (...)el jefe conservador, Conde de Bugallal, Ministro de Fomento; (...)

Así era la Semana Santa en Palacio

El Lavatorio del Jueves Santo en la Corte de Alfonso XII [1]

«Ya Madrid se dispone a vivir su Semana Santa, y los altares de los templos están cubiertos por morados paños de luto. En Palacio se celebra, la mañana del Domingo de Ramos, la procesión de las Palmas. Desde la cámara real un breve cortejo se dirige hacia capilla. Los Reyes, las Infantas, los palatinos portan las palmas simbólicas.

Las horas de la Pasión se conmemoran profundamente en Palacio. El Jueves Santo, a las dos de la tarde, en el salón de Columnas —donde se celebró el banquete de las bodas reales, donde tantas veces sonaron músicas y brillaron joyas y uniformes—, se verifica el Lavatorio de los Pobres. Es una vieja costumbre de la Corte de España, manifestación de humildad y amor que en ese día hacen los Reyes hacia los desvalidos.

Son doce hombres y doce mujeres, vencidos por la edad, los que allí se hallan reunidos. El señor Obispo les ha mojado los pies, y el Rey, de rodillas, seca y besa las pobres plantas rugosas. Después, de rodillas, Alfonso XII se dirige al anciano inmediato y sigue, una u otra vez, la tarea. Un grande de España, a continuación, calza al viejecillo.

Es la primera vez que la Reina vive esta ceremonia palatina, y se halla, arrodillada ante las ancianas, bajo una emoción muy honda. Se levanta, de una a otra, y pone en el hecho de secar y besar los pies un acento de unción silenciosa.

A cada pobre le es entregada en Palacio ese día una gran cesta con viandas hechas en la cocina de Palacio. Y un traje nuevo, y unas ropas interiores, y unos cubiertos, y unas monedas.

Al empezar la tarde del Jueves es la visita a los sagrarios, en los templos de la zona próxima a Palacio. Los Reyes van a pie, acompañados por las hermanas de Alfonso, por ayudantes y palatinos. Algunos servidores llevan, cerca del pequeño grupo, las sillas de mano: más por protocolo y por tradición que porque en verdad vayan a ser utilizadas. Recorren las iglesias del Sacramento, de San Justo, de San Isidro, de San Ginés, de Santiago, de la Encarnación...

Al regresar a Palacio, María de las Mercedes se siente cansada: la emoción del Lavatorio, el paseo a pie, la propia debilidad de su organismo (...).

En la tarde del Viernes Santo, los Reyes presencian desde el balcón principal el desfile de la procesión. Entre los pasos figura el Cristo de los Alabarderos, al que éstos acompañan con un andar característico, lento, silencioso, ritual. Llevan los soldados las armas a la funerala, enfundados de luto los tambores. Una marcha fúnebre compasa gravemente el desfile ante Palacio. En el balcón, es más pálida la cara de la Reina Mercedes entre las ropas negras».


[1] José Montero Alonso, Sucedió en Palacio. Ed. Prensa Española, Madrid, 1976, págs. 225 y 226, in “Covadonga Informa”, Núm. 152, Marzo de 1991 - Boletín oficial de la Sociedad Española de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad - TFP-Covadonga.

 

“Excepto la tribuna real y el centro del piso, todos los rincones del Salón de las Columnas están ahora ocupados. Se han encendido los cirios del altar; los veinticuatro ancianos vestidos de negro quedan sentados, impasibles; se produce un ligero movimiento; todos se levantan y la Familia Real entra. Saludando, primero a los diplomáticos y luego a la tribuna gubernamental, toman sus asientos uno por uno. Predominan los de la rama bávara. La Infanta Paz está en el centro, con traje de plata y cola color melocotón, diadema y mantilla blanca y, sobre el pecho, la cinta violeta de la Orden de Alfonso XII, que le ha concedido su sobrino en reconocimiento de su labor educativa social en favor de los españoles residentes en Baviera. A su lado, su hijo mayor, Infante Fernando, con su esposa la Infanta Luisa, y su hermana la Princesa Pilar, quien lleva también diadema, mantilla blanca, varias condecoraciones, entre ellas la de la Orden de María Luisa, y una larga y brillante cola. A la izquierda de la Infanta Paz, sus tres nietos: doña Mercedes, don José y don Luis, hijos del Infante Fernando; al lado de ellos, dos de los hijos del Rey, Doña Beatriz y Don Juan, cuyo sencillo uniforme de cadete naval contrasta con la magnificencia que lleva el Almirante Aznar, en la tribuna adyacente.

"Unos funcionarios de la Corte asoman ahora por el umbral y se sitúan juntos. Desfilan los Grandes de España y ocupan sus puestos en hilera, los caballeros a la izquierda y las señoras a la derecha, formando así, una larga avenida desde la entrada hasta el altar. Llega el clero, con el Obispo de Sión, quien ocupa el sitio central en las gradas sacras. Los últimos son el Rey y la Reina. En este momento el espectáculo es grandioso. Las damas más nobles de España, con vestidos de Corte de largas colas, diademas y condecoraciones; al lado opuesto, los Grandes con toda clase de uniformes y condecoraciones de todas las órdenes, algunos ancianos, todos distinguidos, todos portadores de nombres y títulos ilustres, muchos de ellos servidores, en diversas ocasiones, del Estado. Se reza en latín el Evangelio del día:

 «Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que se acercaba la hora de pasar Él dé este mundo al Padre, habiendo amado tanto a los suyos que en el mundo estaban, los amó hasta el fin…

Y acabada la cena, se quitó sus vestiduras; y tomando una toalla, se la ciñó.

Echó después agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a limpiarlos con la toalla con quo estaba ceñido...

Y después que les hubo lavado los pies y tomado su ropa, volviéndose a sentar a la mesa, les dijo: ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?

Vosotros me llamáis Maestro y Señor: y bien decís, porque lo soy.

Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también os los debéis lavar unos a otros.

Porque ejemplo os he dado para que, como yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.

En verdad, en verdad os digo: el siervo no es mayor que su Señor, ni el enviado es mayor que aquel que le envió.

Si esto sabéis, bienaventurados seréis si lo hiciereis.»

“Entonces se bendice a la asamblea; el Rey y la Reina son rociados con agua bendita y, dando la espalda al altar, se vuelven de cara al público. El Rey, atendido seguidamente por el Duque de Miranda, su gran chambelán, entrega su leopoldina a un caballerizo y, quitándose los guantes blancos y la espada, los da a otro. La Duquesa de San Carlos, madre del Duque de Miranda, está de servicio con la Reina. Su Majestad confía su bolso y sus guantes a una de sus damas y, en este mismo momento, le ciñen a ella y al Rey unas amplias toallas blancas ofrecidas en bandejas de oro por el clero a los ayudantes para tal propósito. Mientras tanto, un Grande de España se ha arrodillado ante cada anciano y le quita el zapato y el calcetín.

Fíjense: es un Grande de España, la más alta distinción de la nobleza española.

“Una Duquesa, Marquesa o Grande de España, todas damas de Su Majestad la Reina, está de rodillas también ante cada anciana, cumpliendo la misma función para con ella.

“Unos funcionarios traen aguamaniles de oro de las mesas que hay a los lados del altar. El Rey, con la toalla blanca por encima del uniforme y en la mano una gran servilleta blanca, se arrodilla ante el anciano más próximo al altar, que mantiene el pie sobre la gran palangana de plata del suelo; el Obispo le vierte un poco de agua y el Rey lo seca cuidadosamente y lo besa.

¡Besa el pie del mendigo!

“Arrastrándose de rodillas, repite la ceremonia con cada uno de los otros once; (...)

Véase bien: el Rey va de rodillas, de un pobre a otro.

● Perfecto equilibrio: el Rey, en el mismo acto de practicar el auge de humildad, tiene a un Grande de España que le sirve.

“(…) algunas veces tocan sus labios un empeine; otras, un dedo gordo, estropeado por la enfermedad o convertido en repugnante por los años y el trabajo. Conforme pasa el Rey, el Grande encargado de cada pobre le vuelve a poner el calcetín y el zapato.

Es muy bonito el equilibrio, porque el Rey llega a la suprema humildad: besar los pies descalzos, muchas veces enfermos y repugnantes, de los pobres a los que va a servir, en recuerdo del excelso ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo.

Por otro lado, el ceremonial no pierde de vista que se trata del Rey. Y así, mientras el Rey besa y seca los pies del mendigo, ya está todo previsto para que otros les pongan los calcetines y los zapatos. Dando a entender que el Rey no deja de ser el Rey y que tiene quienes le sirven.

El que ayuda al Rey es también un Grande de España. Siguiendo su ejemplo, también sirve al pobre poniéndole calcetines y zapatos.

El Lavapies en la Corte de Alfonso XII

(La Ilustración Española y Americana - El día 25 de marzo de 1880, Jueves Santo )

En la antigua y católica España, el pobre era tratado con dignidad por ser igual —como hombre y católico— que el rico. Lo contrario de eso es la mentalidad de un “grande de Hollywood”

“La ceremonia es profundamente significativa, de emoción increíblemente punzante: así es España. En ningún otro país podría asumir valor o significado tan vivaz. En España pobreza no es innoble; si el transeúnte no puede asistir al mendigo, le debe, en su lugar, una disculpa cortés.  (...)

“Sobre todo, el fracaso en las cosas de este mundo no se considera como un crimen, pues todo buen español sabe que el éxito mundano, la eminencia, la gran riqueza, tienen que conquistarse, como todo lo de esta vida, y que muchas veces sólo se logran por el egoísmo, la arrogancia y la dureza de corazón...

 Está muy bien formulado esto en el siguiente sentido: es lo contrario de la mentalidad “hollywoodiana” en cuanto aplicada a los negocios.

Según la mentalidad “hollywoodiana”, la finalidad de la vida es gozarla. El medio para gozarla es tener dinero. Y, por lo tanto, el medio de tener dinero es aplicarse a los “business”, en cierto tipo de negocios en los que, de un modo rápido y lucrativo, en poco tiempo, se obtiene bastante dinero y se hace uno rico.

Estos son los realizados de la vida y son –por así decirlo— no los Grandes de España, sino los “grandes de Hollywood”. Según la mentalidad de Hollywood, esos son los “grandes”.

Ahora bien, en España, en aquel tiempo, mucho más impregnada aún por la Civilización Cristiana que por desgracia hoy, el modo de considerar al pobre era completamente diferente.

Hay el pobre. El pobre puede ser un fracasado. Procuró hacer fortuna, pero las circunstancias no le fueron favorables. Sigue, en cuanto pobre, objeto de atenciones especiales.

Por ejemplo, a un mendigo que pide dinero en la calle, no se pasa por delante sin decirle algo. No teniendo en el momento alguna moneda para darle, es necesario, por lo menos, dirigirle una palabra amable, un pedido de disculpa, algo así. Pues es una criatura humana y tiene todos los derechos a ella debidos. Mostrando la miseria en la que se encuentra y pidiendo auxilio, es propio a la naturaleza humana que el pobre tenga derecho, al menos, a una palabra amable del otro que tiene más recursos, pues ambos son hijos de Dios, y, por lo tanto, con esa palabra amable se está reconociendo y respetando en él esa dignidad de hijo de Dios.

Eso dignifica la condición humana. Pero, además, realza un valor más importante: la finalidad de la vida no es ganar dinero sino ser digno. Por eso, es del todo comprensible que quien se ve en la triste coyuntura de pedir limosna, reciba un trato cortés y gentil.

Esto choca con la mentalidad “hollywoodiana” (1). Según dicha mentalidad, si un hombre hace fortuna en los negocios, tiene derecho a todo y no tiene que responder a un “miserable fracasado”, que no entiende de negocios, no sabe ganarse la vida, y por tanto sería “despreciable”.

Después hay otro aspecto: el “frenesí” del “hollywoodiano” en la búsqueda de la rentabilidad, porque “time is Money” (el tiempo es oro). Y, por tanto, detenerse para dedicar una palabra amable a un pobre infeliz, un saludo de “buenas tardes” o un “que Dios le ayude”, es un gramo de oro, un minuto que se pierde inútilmente con un hombre así. Dos concepciones completamente diferentes.

● Los revolucionarios, que deberían detestar la actitud “hollywoodiana”, odian la ceremonia del “Lavapiés” por su belleza

 Lo curioso es que los revolucionarios odian esta ceremonia más que la actitud de "Hollywood". Sin embargo, esta actitud "hollywoodiana" es mucho más contraria al igualitarismo revolucionario que esta ceremonia. ¿Por qué? La ceremonia descrita aquí es bella y el espíritu revolucionario odia la belleza. Constituye un acto de humildad profundo, asombroso, incluso desconcertante, tan profundo es, tan marcado es. Pero esto es natural, pues se trata de imitar a Nuestro Señor, que asombraba a sus propios Apóstoles por lo que hacía. Lo aceptaron porque vieron que Nuestro Señor lo imponía, con los altísimos propósitos que todos conocen.

● Le es propio a la grandeza y al espíritu caballeresco humillarse ante el dolor y la desventura.

El aire de grandeza y cortesía que se empleaba en esta ceremonia pretendía precisamente hacer entender que, por muy grandes que fueran aquellos hombres que iban a lavar los pies a los mendigos, desde la perspectiva del Evangelio y del ejemplo dado por Nuestro Señor, ellos —en esa grandeza, sin perder esa grandeza, al contrario, revestidos de ella— debían realizar actos de profunda humildad. Porque es proprio a la naturaleza de la grandeza humillarse ante el dolor, humillarse ante la desventura. Eso forma parte del espíritu caballeresco.

De esta manera, la verdadera tradición católica establece un equilibrio, difícil de imaginar fuera de la Civilización Católica.

● Terminado el acto de humildad, todo vuelve a su natural: el Rey y la Reina lavan las manos en aguamaniles de oro.

“Mientras el Rey lava los pies de los ancianos, la Reina lava de modo análogo los de las ancianas. Tarda más, porque después de cada lavatorio tiene que levantarse y volver a ponerse de rodillas, puesto que su largo vestido hace imposible el procedimiento más expeditivo del Rey. Éste, al terminar, se queda esperándola en el centro del salón, ante el altar; al cabo de un rato, se le acerca ella, seguida del chambelán que lleva su largo manto azul celeste forrado de tisú de oro y orlado de cebellina. Se traen los aguamaniles de oro, y los Soberanos se lavan las manos, atendida la Reina por la Duquesa de San Carlos, y el Rey por el Duque de Miranda.

 Qué cosa bonita: después de haber lavado los pies a los mendigos, se lavan las manos —natural—, pero en aguamaniles de oro. Porque la realeza es la realeza.

● Grandes de España acompañan a los mendigos a tomar asiento en la mesa

“Mientras tanto, cada dama y cada Grande escolta ceremoniosamente a su anciano o anciana hasta dejarlo en un asiento de la larga mesa preparada de antemano;(…)

 Consideren la belleza de la escena. Cada uno de esos pobres va acompañado por un Grande de España, o una dama, hasta la mesa. Varios eran incluso ciegos, por lo que necesitaban este acompañamiento. Pero entonces es el Grande de España quien guía al pequeño, y van juntos a la mesa del banquete...

● El Rey sirve a los hombres y la Reina a las mujeres.

 “(...) el Rey se dirige a la de los hombres, y la Reina a la de las mujeres.

Siempre hombres por un lado y mujeres por otro.

“Los chambelanes ofrecen los platos a los Soberanos, que los colocan ante los huéspedes.

¡El Rey ejerciendo de camarero!

“Luego, vuelve el Rey a la cabecera de la mesa y, a partir de allí, va recogiendo, uno por uno, los platos, que entrega al chambelán, el cual los hace pasar, de maño en mano, hasta fuera del salón. De esta manera, los ocho o nueve platos son rápidamente servidos. El primero es una tortilla española de cebolla y patata, apetitosa y nutritiva; vienen a continuación dos o tres platos de pescado (pues es vigilia); después un queso de bola entero. (...)Se sirve luego a los ancianos un pequeño barril de aceitunas, grandes cantidades de ciruelas, melocotones confitados y, por fin, algo que parece una torta de arroz. (...)

“Al final se quitan los jarros, cada uno de los cuales contiene dos litros de vino, y las fuentes del pan, así como los vasos y los saleros, porque toda la comida, todo el servicio de vajilla, los jarros, los saleros, etc., se regalan a los ancianos, que se los llevan, conservándolos como valiosos recuerdos, mientras los alimentos mantendrán a sus respectivas familias durante una semana o más.

  ¡Camarero eficaz y amable, su Majestad Católica, el Rey de todas la Españas!

“Entonces el Rey, con un gran movimiento del brazo, quita el mantel de la mesa y lo pasa al chambelán. Su tarea ha terminado, y se hizo con eficacia y amabilidad, como casi todo lo emprendido por Don Alfonso.

Eficacia y amabilidad. ¡Camarero eficaz y amable, su Majestad Católica, el Rey de todas la Españas!

“A la manera tan suya e inimitable, ha hecho sentir a todos en aquel gran salón no sólo que están en su casa, sino, además, que han tomado parte personalmente en todos los incidentes de la incomparable ceremonia. Es el Rey de las Españas actuando a la perfección, como representante de todos los católicos del mundo, poniendo ante ellos una vez al año, en esta pintoresca ceremonia secular, el alto ideal de humildad y servicio.

¿Qué significa la palabra “pictórica” (2)? Lo que merece la pena ser pintado. En nuestro caso es una ceremonia tan hermosa que valdría la pena plasmarla en un lienzo.

  El Rey y la Reina se despiden con reverencias: es la afabilidad de los que tienen categoría.

“Sin embargo, el hombre nunca se pierde en el Soberano, y Alfonso de Borbón y Habsburgo, que siempre sabe dar ese toque mágico que humaniza todos los deberes y todas las relaciones de la vida, (...)

Hace pensar en la alocución de Pío XII a propósito del modo noble de hacer las cosas y la cuestión del tipo humano.

“(...) llena la asamblea entera de una humanidad cálida y comprensiva.

“[El Rey] Se lava de nuevo las manos, vuelve ante el altar, toma su sable, sus guantes y su casco, y espera a la Reina. (...)

“La magnífica procesión vuelve a formarse y sale, cerrando los soberanos la comitiva. Al dejar el salón, el Rey se inclina, y la Reina hace profundas reverencias a la tribuna del Gobierno, a la regia y a la diplomática. El grupo real deja entonces sus asientos, inclinándose a derecha e izquierda.

Este es otro aspecto que registrar: el Rey y la Reina se inclinan ante personas de menor categoría, diplomáticos, etc. Es la afabilidad de los grandes, la afabilidad de los que tienen un gran estilo. Esto encaja con muchos de los textos de Pío XII que se encuentran en el libro Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pío XII al Patriciado y a la Nobleza romana

“Los siguen los diplomáticos, los Ministros de la Corona y el público en general… Ha terminado el Lavatorio.

• En el extremo opuesto a la ceremonia del “Lavapiés” está el igualitarismo “hollywoodiano”

En el extremo opuesto está, por ejemplo, la toma de posesión de un presidente de los EEUU (ver, por ejemplo, el artículo “Ceremonias de toma de posesión de Eisenhower a la luz de la doctrina católica” aparecido en “Catolicismo”, núm. 27 de marzo de 1953. 

Alfonso XIII

 

• Alfonso XII, arquetipo de hombre fino.

Le faltaba algo a Alfonso XIII?

Su figura era la de un hombre fino y aristocrático. Altanero, alto y delgado, con un fino bigote en punta que completa ese aire de firmeza, delicadeza y naturalidad. Modelo de elegancia, sea con uniforme o de paisano.

En las calles de París, capital de la república donde Luís XVI e Maria Antonieta habían sido decapitados, era aclamado cuando iba, precisamente por el tipo humano que representaba.

• La valiente actitud de Alfonso XIII en el atentado en la comitiva real, el día de la boda

¿Le faltaba algo? Sí, y esto no se niega en los discursos de Pío XII. ¿Fue Alfonso XIII un hombre valiente?

Sólo corrió riesgo personal en una ocasión de su vida. Fue con motivo de su matrimonio con la reina Victoria Eugenia de Battenberg. La familia Battenberg era una pequeña casa principesca alemana a la que la reina Victoria de Inglaterra apoyaba mucho. En aquella época, Inglaterra intervenía en los asuntos portugueses y españoles de forma desagradable.

Atentado del 31 de mayo de 1906, en la Calle Mayor, en que una bomba lanzada contra la carroza de Alfonso XIII estalló junto al público que asistía al cortejo

 

Se celebraba la ceremonia de la boda real y el carruaje dorado en el que iban él y su esposa regresaba de la iglesia, cuando cerca del palacio real se produjo un atentado anarquista, habiendo caído una bomba de dinamita que mató a algunas personas, pero que en realidad pretendía matar a los Reyes.

En medio de todo el estruendo, con la sorpresa e indignación que el hecho había provocado en la población, saltó inmediatamente del coche, se descubrió y, ante el peligro de que le dispararan de nuevo, gritó: "¡Arriba España!" Para dar a entender que un acto infame como aquél no abatía su ánimo. 

• Alfonso XIII carecía de la mano firme, propia del tipo humano de un Rey

Este gesto suyo es muy bonito, pero no es suficiente. El pueblo tenía que sentir en sus acciones posteriores que actuaría —mediante una sanción, que podría ser incluso la pena de muerte— contra el crimen que se había cometido.

Este lado punitivo contra el crimen, contra la injusticia, junto con la práctica de la verdadera humildad, constituye el tipo humano del noble, el tipo humano del Rey, que es el noble de los nobles.

Preciso lo que dije: quise mostrar lo que le faltaba al tipo humano de Alfonso XIII. Su tipo humano tenía mucho de perfecto, admirable, extraordinario, pero le faltaba ese pulso.

 


NOTAS

(*) Se llamaba “Santo del Día” a una conferencia semanal para jóvenes, en la que el profesor Plinio Correa de Oliveira comentaba un trecho de la vida de algún santo, o personaje ilustre.

(1) Sobre el espíritu “hollywoodiano” o “El mito norteamericano” ver “El Cruzado del Siglo XX”, del Prof. Roberto de Mattei, Cap. I, 7 página 44. Esta obra puede ser consultada aquí.

(2) El comentario del Prof. Plinio estaba basado en una traducción del texto original al portugués. En este caso se había traducido el original “pintoresco” por “pictórico”, que en portugués tiene el sentido como comentado. De todos modos, los términos son asemejados y el comentario cabe perfectamente a “pintoresco”.