“Reunión Normal”, 3 de enero de 1975
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
Castillo de La Mota – Medina del Campo – Valladolid – España
Marco conceptual: ¿qué es “trascender”?
Nota del Sitio: Trascender, en el pensamiento de Plinio Corrêa de Oliveira, es ir más allá de lo sensible en las cosas creadas para percibir en ellas un reflejo de las perfecciones infinitas de Dios (el Ser trascendente por excelencia).
Para ello propone los “ejercicios de trascendencia”: partir de experiencias y objetos comunes (naturaleza, sonidos, un árbol, etc.) y ascender desde su belleza o significado inmediato hacia realidades más altas (gloria, lucha, paz, contemplación, anhelo de eternidad). La idea se apoya en que los seres se superan unos a otros (planta/piedra, animal/planta, hombre/animal) y que el alma humana tiene una sed insaciable de algo más perfecto y elevado.
Al mirar un árbol determinado, puedo ver en él «aquello que, según la razón, es un bien: la ligereza, la altivez, la elegancia. Así, mis sentidos me conducen a un acto de amor; y, a continuación, me veo llevado a desear la vida eterna, donde veré, cara a cara, en la suma perfección, insondable y eterna, la elegancia, la altivez, la ligereza increada. Habría realizado, de este modo, un ejercicio de trascendencia».
Contexto histórico: el Castillo de La Mota
El Castillo de La Mota se encuentra en la ciudad de Medina del Campo (provincia de Valladolid, España). Situado en una pequeña colina rocosa —mota—, domina la ciudad y toda su extensa comarca. Se construyó a lo largo de los siglos XIII, XIV y XV, sobre los restos de una fortaleza musulmana del siglo XII. El castillo actual fue mandado construir por el rey Juan II de Castilla en 1440. En la época de los Reyes Católicos (último cuarto del siglo XV, principios del siglo XVI) fue fortificado y se convirtió en el mejor castillo europeo de su tipo. En él se utilizó el ladrillo rojizo característico de la región, aplicándose piedra solo en algunos detalles.
Habla el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira:
Recuerden ustedes que el método para hacer un ejercicio de transcendencia consiste en una descripción; a seguir, lo que he llamado una exclamación o impresión definida; y después, en tercer lugar, en una trascendencia.
1 — Descripción: : elementos del panorama y nota dominante
Siendo así, en primer lugar, haremos la descripción. La descripción señala tres elementos en el panorama. En primer lugar, el castillo; en segundo lugar, el árbol; y, en tercer lugar, el cielo. Este orden es totalmente arbitrario. Incluso sería más lógico colocar el cielo y luego el árbol, que entra de forma muy secundaria, solo como marco.
De estos elementos encontramos en el castillo, que es evidentemente la nota dominante de la diapositiva, dos tipos de elementos también: las murallas, incluidas las torres que destacan en él, y el gran muro de esquina, que sobresale aquí y que es un elemento totalmente distinto de las murallas. Y, evidentemente, esa torre es la nota dominante de las murallas, el elemento distintivo del conjunto.
Debemos, pues, centrar nuestra atención en la torre, secundariamente en las murallas y a seguir, vagamente, en el árbol y en el cielo. Y ya tendremos la descripción.
Pero en este caso concreto parece más interesante que empecemos por los elementos secundarios para pasar luego a los principales. Los elementos secundarios son las murallas y las torres que las integran.
Las murallas son altas, están bien trabajadas, son bellas, son dignas, son altivas. Pero si solo hubiese esas murallas, en mi opinión, no tendrían nada de extraordinario. No tendrían más que la belleza real, pero frecuente, de muchos monumentos medievales de este tipo.
Las murallas: belleza real, pero secundaria
Hay murallas mucho más bellas que estas. De hecho —al menos a mi gusto— una muralla de piedra sombría, de granito compacto y severo, expresa mucho mejor aquello que una muralla debe significar que esta piedra algo blanquecina, que la luz del sol vuelve aún más resplandeciente y que, en vez de militar, parece festiva, cuando lo militar es precisamente la finalidad de la muralla.
Así que la muralla en sí no diría gran cosa. Incluso yo llegaría a llamarla una muralla plácida, una muralla tranquila. Se extiende a modo de rectángulo, sin grandes movimientos, con las torres intercaladas simétricamente, sin mayor fantasía, obedeciendo simplemente a una necesidad militar, pero sin ninguna preocupación por una estética más particular.
La torre: altivez, firmeza y desafío al tiempo
Ahora bien, en contraste exacto con esto, y por lo tanto resaltándolo, surge la torre alta, la torre imponente, la torre que desafía, que se eleva muy por encima de la muralla, y que la convierte casi en el manto que cuelga de la cabeza o de la corona de la reina. Es el séquito; la nota verdaderamente dominante es la torre.
Como les decía, la muralla se eleva altiva. Pero al mismo tiempo, la altivez de la torre se ve realzada por esas torretas en las esquinas que le dan una fisonomía especial a la torre, que se yergue altiva, pero al mismo tiempo robusta, fuerte, firme, como quien dice lo siguiente: “Miro desde arriba, desafío, pero resisto. No le tengo miedo a nada. Mi esquina, mi proa, está dispuesta a cortar las olas de los adversarios como la proa de un barco corta los mares. Para mí no hay duda alguna. Estoy dispuesta a resistir de cualquier manera, ante cualquier adversidad. A mí nadie me derriba. Ni después de ser abandonada, ni después de ser aislada, ni después de perder cualquier uso militar dejo de ser una proclamación viva de los ideales a los que serví”.
Y casi se diría que, a lo largo de los siglos, espera a nuevos adversarios para prestar nuevos servicios a esos mismos ideales. Está intacta. Para ella, el tiempo no significó nada. El abandono de los hombres no ha significado nada. El cambio de circunstancias no ha significado nada. Ella es, ella está. Y espera tranquila el fin del mundo y no teme el juicio de Dios. Es una afirmación de un estado de ánimo, de la conciencia tranquila de quien camina hacia la muerte y hacia la eternidad sin preocuparse por ella.
Así veo yo la fisonomía de esta torre.
Les repito y mantengo el punto de vista que he defendido más arriba; al menos creo que la diferencia de elevación, de poesía, de fantasía, de imaginación que va de la torre a las murallas es enorme. Y es de esta forma como la torre destaca extraordinariamente.
El cielo tan azul, la luz que incide sobre el castillo, ¿de qué manera contribuyen a dar esa impresión?
La luz y el cielo: entre melancolía, ruina y esperanza
En mi opinión, ese castillo, tal y como está, da la impresión de ser un esqueleto calcinado por el sol. Se nota que la vida cotidiana ya no transcurre en él. Da la impresión de que por dentro está más o menos abandonado. Pero también da, por eso mismo, la sensación de una especie de inmenso naufragio, cuya tristeza y abandono se acentúan por el esplendor del sol, por el esplendor de la luz. Como si dijera: la luz incide, toda la naturaleza se alegra, indiferente a la tristeza del castillo. El castillo es altivo, pero el castillo es triste. Hay en él algo que no tiene nada de ruinas, pero que anuncia la ruina de un orden de cosas que hubo en su interior.
Eso, por un lado. Por otro lado, hay una cierta alegría que el sol y la luz transmiten al castillo. Y algo que da la impresión de una esperanza de revivir. Hay una melancolía y un «volveré» en el castillo, juntos, que producen una impresión un poco indefinida. No sabemos muy bien si es de victoria o si es de tragedia. En el fondo es la combinación de ambas cosas, en mi opinión.
El árbol transmite un poco de vida al conjunto del paisaje. Si nos lo imagináramos sin el árbol, esa impresión de desubicación se acentuaría aún más. Se diría que un poco de savia, un poco de sonrisa de vida concreta, que se recuesta junto al viejo castillo y que da un poco de animación a aquello tan rígido y tostado por el sol.
2 — La exclamación : estabilidad y altivez
Esa es la descripción. ¿Cuál sería la exclamación? La exclamación, en mi opinión, es la exclamación inherente a la estabilidad.
Una fórmula de resistencia: “J’y suis, j’y reste”
Recuerdo una exclamación que, si no me equivoco, es de Pétain, durante la Primera Guerra Mundial. Disculpen la bajeza de comparar a Pétain con algo tan elevado, pero tiene la concisión francesa. Estaba siendo atacado violentamente; sobre sus tropas se producían sucesivas embestidas de los alemanes. Defendía Verdún. Y le preguntaron qué haría en esa emergencia. Él dice: J’y suis, j’y reste (Estoy aquí, me quedo aquí). Y, de hecho, las oleadas alemanas se estrellaron inútilmente contra la resistencia de ese hombre y de sus tropas, y tuvieron que retroceder. Yo diría que aquí también se podría decir eso.
¿Qué hay en esa fórmula «J’y suis, j’y reste»? Hay altivez porque, en su simplicidad, es una afirmación muy altiva, y hay estabilidad. La torre mira desde muy arriba a todos los adversarios. Pero está aferrada al suelo, y dice: “Este suelo es mío, y de aquí nadie me saca”. Me quedo.
Así es como yo vería esa torre. Es decir, determinación altiva y firme, desdeñosa y firme. Así es como yo lo vería; es la exclamación de la torre.
De la altivez humana a la altivez de una civilización; estabilidad como reflejo de la fe católica
¿Pero solo eso? ¡No! Porque una cosa es la altivez de Pétain, y otra es la altivez de una torre medieval. Es decir, hay que comprender la altivez, hay que comprender la resistencia, la estabilidad, no como la resistencia y la estabilidad de un hombre, como en el caso de Pétain, durante la Guerra Mundial, sino como la de una era, la de una civilización, la de una cultura.
Es, en última instancia, la estabilidad y la altivez de la fe católica. Es decir, quien no cree en la vida eterna es incapaz de tener este tipo de altivez y estabilidad. No es quien se compara con el adversario para decir: “Yo soy más”. Sino quien, por así decirlo, toca el cielo y dice: “El cielo que toco es incomparablemente más. Yo represento aquí el cielo. Yo represento a Dios Nuestro Señor. Yo represento la sacralidad frente a las hordas de mahometanos que invaden”. Es, por tanto, una altivez sacral. La sacralidad me parece estar muy presente ahí.
Así definiría yo ese castillo.
3 — La trascendencia: del castillo al Espíritu Santo y a la esperanza futura
La trascendencia se puede hacer aquí de la siguiente manera: intentemos recordar que en este lugar estuvieron los cruzados, que este castillo se erigió contra los moros. Ustedes ven claramente el alma católica que ahí se expresa.
Ustedes dirán: pero ¿dónde se expresa el alma católica?
Por ejemplo, en la parte superior de esta torre. Es muy lisa, y sobre ella se acumulan las almenas y las torretas, y hay algo…, algo difícil de expresar, que se eleva hacia lo alto. Y marca la sacralidad del castillo. Ese contraste armónico entre la altivez y la estabilidad marca de alguna manera también la sacralidad del castillo. Hay algo indefinible del alma católica presente aquí. Solo las personas bautizadas, que por lo tanto recibieron el Espíritu Santo y entraron en la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, pueden haber imaginado esto y pueden haber luchado aquí y allá contra los enemigos de esto y con el espíritu de esto.
De ahí que entonces pudiéramos decir: ¡Oh altivez católica, oh estabilidad católica, oh, Divino Espíritu Santo, estable y altivo al mismo tiempo!, e imaginar, por ejemplo, Pentecostés, con las lenguas de fuego cayendo, en las que están simbolizadas todas las virtudes. ¿Cómo sería allí la altivez y cómo sería la estabilidad? Es una verdadera maravilla.
O bien, cuando llegue el Reino de María (*), y cuando de nuevo la luz del Espíritu Santo brille en la tierra, ¿cómo serán la altivez y la estabilidad? Si el Reino de María será más de lo que hay aquí, será más que la Edad Media, ¿qué altivez tendrá y qué magnífica estabilidad tendrá? Es hacia esto que debemos dirigir nuestra mirada. Es la trascendencia que llega hasta el Espíritu Santo, y tiene una proyección profética hacia el futuro.
(Aparte: Desde el punto de vista de “Revolución y Contra-Revolución“, ¿se podría recordar una altivez durante el siglo XVIII, cuando ya habían desaparecido esas construcciones y los castillos y fortalezas se habían reducido a esa parte inferior de la muralla?)
Es muy cierto. Hoy mismo estaba pensando en ello. La ofensiva de la fealdad en el mundo comenzó por disminuir la belleza. No comenzó directamente con la fealdad, sino que comenzó por disminuir la belleza. Haciendo cosas bonitas, pero cada vez menos bonitas, elevadas, pero cada vez menos elevadas, hasta llegar a lo anodino y desde lo anodino precipitarse en la fealdad.
En todo caso, aunque el uso de la torre aún estuviera vigente —y aquí hay un problema de arte militar que discutir—, es discutible que esos castillos se hayan vuelto inútiles con las armas de fuego. Basta recordar que los cañones de la Bastilla, disparados desde lo alto de sus torres al servicio de la Fronda, fueron muy mortíferos: ¿por qué, entonces, un arma de fuego no sería útil desde lo alto de una torre? He ahí materia para debate y análisis.
Pero, en fin, empiezan por construir castillos sin torres. Y luego, naturalmente, dejan de construir castillos. Entonces se observa algo curioso: en las batallas del siglo XIX, Napoleón, por ejemplo, libraba de vez en cuando encarnizadas batallas por la posesión de una aldea situada en medio de un campo de batalla. ¿Por qué la posesión de la aldea? Porque esas construcciones son estratégicas para el ataque o para el contraataque, es decir, para la defensa. Pero si son estratégicas para el ataque o para la defensa, ¿entonces no lo sería un castillo? Es decir, la desaparición gradual de los castillos, de las fortalezas, luego el arte militar se traslada a las trincheras, y comienza la guerra de las cucarachas y del barro.
Todo esto tiene una cierta razón técnica que es evidente. ¿Solo hay razones técnicas? Eso sería discutible.
(Aparte: Monte Cassino, en la última guerra, por ejemplo…)
(Aparte: El Alcázar de Toledo…)

Sí, el Alcázar de Toledo y Monte Cassino son dos ejemplos flagrantes. El Alcázar de Toledo quedó totalmente bombardeado. Hoy se ha reconstruido, pero el hecho concreto es que defendió eficazmente a la población que se encontraba allí. Monte Cassino, como se ha recordado, ni siquiera hace falta mencionar cuán útil fue en la defensa, y por qué fue tan bombardeado.
NOTAS
(*) Reino de María – San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). Esa era la llama Reino de María.
Esta profecía encaja orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». O sea, será una obra de Ella y la posición del Prof. Plinio era la de trabajar para que el mayor número de almas estuviese en condiciones de acceder a esa conversión.
No es milenarismo ni utopía; el Prof. Plinio insiste en que No se trata de un paraíso terrenal perfecto ni de una fase final antes del fin del mundo (en el sentido milenarista condenado por la Iglesia). Es una era histórica mejor, pero aún dentro de las limitaciones humanas.
Para más detalles sobre San Luis María Grignion de Montfort y el Reino de María, véase:
— Catolicismo n.º 53 – Mayo de 1955 – Doctor, Profeta y Apóstol en la crisis contemporánea
— Catlicismo n.º 55 – Julio de 1955 – El Reino de María, realización de un mundo mejor