San Pedro González (15/04): conversión fulgurante que irrumpe de la humillación

“Santo del Día”, 14 de abril de 1967


A D V E R T E N C I A

Transcripción de grabación de una conferencia del Prof. Plinio a socios y colaboradores de la TFP brasileña, que no ha sido revisada por el autor. Traducción y adaptación por este sitio.

Si Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia en relación con el Magisterio tradicional de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Si, sin embargo, por descuido, hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contrarrevolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

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São Pedro Gonzalez, pintura de Alejo Fernández, en los Reales Alcázares de Sevilla

Mañana, 15 de abril, será la fiesta de San Pedro González, confesor, también conocido como «San Telmo», sobre quien tomamos algunas notas en el libro del Pe. Rohrbacher (Padre René-François Rohrbacher – Vidas dos Santos).

El resumen histórico es:

«Pedro González nació en el año 1190 en la ciudad de Astorga (*), España, de la que su tío era obispo. Tras unos estudios brillantes, fue nombrado, aún joven, canónigo de la catedral.

«Su tío le obtuvo de Roma la dignidad de deán del cabildo. Pedro debía tomar posesión del cargo en la fiesta de Navidad. Joven vanidoso, quería que todo se celebrara con pompa y que toda la ciudad asistiera al acto.

«Montado en un caballo magníficamente enjaezado, recorría las calles de la ciudad. Al llegar a un lugar repleto de gente, espoleó al animal para que trotara con más gracia y así aumentar la admiración del pueblo. Pero el caballo dio un paso en falso y arrojó al jinete a un charco lleno de barro. Los gritos de admiración se transformaron inmediatamente en abucheos y burlas.

«Cabe imaginar la confusión que sintió González. Sin embargo, esto le resultó saludable. En ese mismo lugar exclamó en voz alta: “¿Cómo? ¿Ese mismo mundo al que yo buscaba complacer se ríe de mí? Pues bien, yo me burlaré de él a mi vez. De hoy en adelante le daré la espalda para comenzar una vida mejor”.

«Y, de hecho, abandonó el mundo y entró en la Orden de Santo Domingo. Fue un excelente religioso y, más tarde, un predicador no menos excelente.

«Su fama llegó hasta el rey San Fernando, quien le pidió consejo sobre la guerra contra los sarracenos (…) Más tarde fue evangelizador de los pobres y, en particular, de los marineros, habiendo sido agraciado con el don de los milagros. (…) Predicó sin cesar, hasta sus últimos días (…).

«Predijo su muerte, falleciendo en Tuy el 15 de abril de 1246, asistido por el obispo de la ciudad, que le tenía en gran estima. Los marineros de España y Portugal lo invocaban en todas las tempestades bajo el nombre de San Elmo».

* Lo pintoresco de la tradicional «joyeuse entrée» y la belleza de la conversión «a la» española de San Pedro González.

Su vida es realmente pintoresca, empezando por esa manifestación de mundanalidad canónica. Como ven, era sobrino del obispo y había sido nombrado canónigo de la catedral, y su tío había conseguido que fuera nombrado decano del cabildo, es decir, la figura principal del cabildo.

Formaba parte de las costumbres de la época que, cuando una persona asumía un nuevo cargo, recorriera la ciudad ataviada con las insignias de su dignidad. Por ejemplo, cuando alguien era nombrado profesor universitario, recorría la ciudad, con fuegos artificiales, alumnos, etc., con la toga y el atuendo de profesor, a caballo.

Naturalmente, era necesario saber montar a caballo, porque la cosa no deja de entrañar algunos riesgos.

Cuando el estudiante se graduaba y regresaba a su ciudad natal, se ponía el atuendo de la profesión que iba a ejercer y desfilaba por el centro de la ciudad. Y toda la gente se quedaba mirando al nuevo profesional graduado, al nuevo doctor, con quien la ciudad quería adornar los círculos sociales e intelectuales de la pequeña ciudad a la que pertenecía el doctor.

Algo de esto se conservó durante algún tiempo en las pequeñas ciudades del interior [de São Paulo]. Hasta 1920, más o menos, si no me equivoco, cuando un joven del interior se graduaba en São Paulo capital, regresaba a su ciudad y era recibido con una banda de música, autoridades municipales, etc., y todos los que estaban en la estación de tren para recibirlo lo acompañaban hasta su casa, donde había algo que se llamaba de forma un tanto extravagante «boca libre», es decir, la familia ofrecía entonces, al menos cuando podía, una comida para todo el que quisiera comer todo lo que quisiera. Y así se entronizaba al nuevo doctor.

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Iluminación del parque de Versalles y del Gran Canal con motivo de la boda del delfín, futuro Luis XVI, con la archiduquesa María Antonieta

Esta tradición, que por cierto es muy razonable, muy pintoresca, muy auténtica y muy psicológica, se aplicaba incluso a los reyes. Cuando la reina se casaba con el rey y acudía por primera vez a su capital, se celebraba la «joyeuse entrée», la entrada festiva, con recepciones y pompa. Por ejemplo, Luis XVI y María Antonieta, tras casarse, hicieron una joyeuse entrée en París. ¿Por qué? Porque era la primera vez que ella iba allí oficialmente. Así que hubo una gran recepción, un gran revuelo, muy acorde con el orden natural de las cosas.

Así pues, nuestro canónigo estaba a punto de entrar a caballo en la ciudad y ustedes pueden imaginar que la entrada del canónigo debía ser algo de gran envergadura. Imagínense a un hombre apuesto, montado en un hermoso caballo con esos bellos trajes de canónigo, miembro del cabildo. Probablemente había clérigos acompañándolo, cofradías cantando a coro, etc., y el cargo completamente secularizado.

Era una época en la que no había anticlericalismo. Hoy en día ya no hay propiamente dicho anticlericalismo, pero a los ojos de la opinión pública no es destacable tener un cargo eclesiástico. Es mejor poseer un cargo eclesiástico que no tener ningún otro, ni siquiera civil. Pero se considera mucho mejor tener un cargo civil que un cargo eclesiástico más o menos en igualdad de condiciones. En aquella época, no. Los cargos eclesiásticos tenían un gran atractivo mundano.

Entonces entra nuestro canónigo a caballo. En un momento dado, decide hacer un gesto elegante y espolear al caballo para que trote con más gracia. Es que aún no existía el «devoto sentimental». A este no le gustaría que un canónigo trotara rápido. Va en contra de la caridad. No tiene buen corazón. Un hombre que va rápido a caballo no tiene piedad de las viudas, de los pobres —según el concepto del «devoto sentimental»—, de los animales, ni del caballo. El canónigo, incluso cuando joven, debería soltar las riendas y tener un animal muy dócil que fuera a su aire; y él también así… Entonces, todos dirían: «¡Qué bueno es! ¡Qué bueno es! Así es como él se canoniza».

Pero se ve que aún no había «devotos sentimentales» y que quedaba bien que un canónigo demostrara que montaba bien a caballo. Y la hora de la Gracia lo esperaba en ese momento de suma mundanalidad, y la peor de las mundanalidades, que es la mundanalidad de las cosas sagradas. Montaba a caballo, espoleaba al caballo, el caballo empezaba a trotar y él esperaba aplausos, empezaban a surgir aplausos, etc., y de repente se cae en un charco de barro.

Ya he contado aquí que Napoleón paseaba una vez por el Bois de Boulogne o por los Campos Elíseos, y el pueblo comenzó a aplaudirlo. Iba a caballo. Y el embajador de Dinamarca, que estaba a su lado, le dice: «Majestad, ¡qué trono tan sólido!». Él responde: «Señor embajador, se equivoca. Los pueblos se vengan de los aplausos que nos dan».

Quien aplaude está listo para abuchear. Esa es la miseria humana. La miseria de las miserias, la más miserable de todas, es esa. Y el resultado: estaban aplaudiendo, se cae de bruces, estalla el abucheo. Estalla el abucheo y llega la gracia de Dios y convierte al hombre. Lo toca mostrándole la futilidad de todas esas vanidades y dándole un sentido de desafío hacia ese pueblo: «¿Cómo es que esta gente que me abuchea, me aplaudía, y ahora me está abucheando? Romperé con ellos, y ya no tengo nada que ver con ellos».

Es una forma de la gracia operar en español. Porque la cosa se convierte inmediatamente en un desafío propio de la corrida de toros. Algo sumamente bonito, a mí me gusta —no sé si tendré unas remotas gotas de sangre española, tal vez—, pero a mí me gusta así.

¿Rompió? Desafíe y salte encima, vaya pronto, inmediatamente, hasta el final. Sea radical.

Así es como deben suceder las cosas. Así lo hizo nuestro santo. Fue tocado por la gracia y entró en una orden religiosa. Fue dominico, se hizo famoso como predicador y es hermoso verlo influir, con sus consejos sobre la Cruzada, al rey San Fernando.

* La biografía de San Pedro González nos hace añorar días que se han ido, pero que volverán.

Vean qué hermosa escena: un Jefe de Estado, un Rey, santo, que manda llamar a un predicador santo para conversar sobre la lucha contra los infieles. ¡Qué lejos queda todo eso! ¿Qué ha sido del predicador santo? ¿Qué ha sido del rey? ¿Qué ha sido, sobre todo, de un rey santo? ¡Cómo se ha desvanecido todo eso! ¡Y qué nostalgia debemos sentir por esos valores que tanto dicen a nuestras almas!

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Grabado medieval de San Fernando de Castilla

Imaginen ustedes el encuentro: un rey sentado en un sillón con respaldo y brazos sobre una tarima en la sala; el santo entra y le hace una profunda reverencia desde la entrada. Él le dice con amabilidad: «Fray, pase, siéntase como en casa». Entonces ambos comienzan a hablar y, de repente, la conversación se eleva de tono y al rato están tratando de religión, de cosas elevadas, etc. Todo ello dentro del palacio real.

¿En qué palacio ocurre hoy algo así? Cómo nos hace sentir la desgracia de nuestro distanciamiento respecto a tantas cosas magníficas que de esta forma podemos vislumbrar a la luz del pasado. Y qué útil resulta, por tanto, una ficha biográfica que nos brinde la posibilidad de recordar de este modo toda esa felicidad.

Dante dice que no hay mayor tristeza que recordar, en un día de miseria, la felicidad que ya no existe. Nosotros sufrimos eso en parte. Nos encontramos en un día de miseria y recordamos aquellos días que ya no están. Pero al menos sabemos que eso existió y que las cosas volverán a ser así. Y en este valle profundo, tan lejos de lo que fue y, al menos en el orden real de las cosas, no cronológicamente, tan lejos de lo que viene, lo evocamos con nostalgia.

* Las almas se convierten no mediante concesiones, sino por la santidad.

Ustedes ven después a este santo que ejerce varios oficios: evangelizador de los pobres y, sobre todo, evangelizador de los marineros. Los marineros eran una chusma sin fe ni ley, aventureros. Él se mete en ese ambiente y, sin ninguna necesidad de ser sacerdote obrero, sin ninguna necesidad de concesiones descabelladas, conmueve esas almas.

Ahora bien, ¿por qué conmueve a esas almas? Porque él es santo y tantos candidatos a sacerdotes obreros no lo son.

Alguien podría objetar: Pero, Dr. Plinio, a veces son almas muy difíciles de conmover. Yo digo: Es cierto, pero nuestro santo resolvió el asunto. Fue agraciado por Dios con el don de los milagros. Que los sacerdotes obreros se conviertan, que se enmienden y que obtengan de Dios el don de los milagros, y ellos también moverán las almas. Así es como se convierte a la gente, y no mediante las concesiones descabelladas propias de nuestros días.

* La relación entre el Cielo y la Tierra que existía antaño.

Predicó hasta sus últimos días. Y predijo su propia muerte. Una de las gracias especiales que Dios concede a algunos de sus siervos es la de prever su propia muerte. Es una forma de morir en la dulzura y la paz de Dios. Esto no les causa pánico, porque les da precisamente la esperanza de llegar al Cielo. Es el anuncio de que las puertas del cielo están abiertas para ellos. Y esto se hacía antiguamente con tal naturalidad que se cuenta que el P. Anchieta, aquí en nuestro pueblecito de São Paulo, supo de antemano el día de su muerte y entonces visitó a varias familias despidiéndose, y explicando con toda franqueza: «Voy a morir el día tal, he tenido una comunicación al respecto, y quería agradecer tanta amabilidad».

Es el aspecto mesurado y cortés —en el sentido noble de la palabra— del siglo XVI, hacer una visita de despedida: «Voy a morir, necesito despedirme de los amigos, ¿no es así?».

¡Pueden imaginarse el asombro! No causaba tanto asombro. Porque muchas veces, personas que no eran consideradas santas de altar, eran favorecidas con esa gracia y lo decían. Y la gente lo encontraba bastante probable que sucediera. Esas comunicaciones entre el Cielo y la Tierra eran naturales, no eran excepcionales.

Imagínense el susto si alguien llamara a nuestro timbre:

—Dr. Plinio, he venido a despedirme de usted porque voy a morir.

En un primer momento me sentiría tan desconcertado que me vería obligado a decir: «No, usted aún va a tener una larga vida», el estúpido happy end de las cosas modernas.

En aquellos tiempos:

—Ah, ¿va a morir? No me diga… ¿Ha tenido una visión? Mire, muchas gracias por haber venido a despedirse. Cuando llegue al Cielo, acuérdese de nosotros. Dígale de mi parte a Nuestra Señora tal cosa, hable con mi Ángel de la Guarda tal cosa; por favor, no se olvide.

—Ah, claro, claro, no hay duda, no lo olvidaré. Hasta luego.

—Hasta luego.

¡Es precisamente esa magnífica naturalidad! Naturalidad con lo sobrenatural. La armonía, la costumbre de lo sobrenatural que crea cosas magníficas como estas.

Entonces, imaginen, en el convento, al santo yendo de un lado a otro y, de repente, le dice al padre prior:

—P. Prior, consideraría necesario que Su Reverencia designara a alguien que me sustituyera en el apostolado de los marineros.

—¿Pero por qué?

—No, porque si Su Reverencia me da permiso, voy a morir. He recibido un aviso de que voy a morir.

—Ah, entonces, está bien, etc.

Y deja al sustituto designado. Muere en el momento previsto, la comunidad está allí, asiste a la muerte, muere en el Señor, lo entierran en paz. Una alegría general, una unción en el lugar donde se produce la muerte y, mirabile dictu, el obispo era muy amigo suyo y asistió a su muerte. Muere bajo las bendiciones y la mirada de su pastor y con esa naturalidad se va al Cielo.

Vean cómo el Cielo y la Tierra se acercan. ¡Qué abismos se suprimen dentro de este florilegio de la civilización católica! Y cuántas cosas bellas que desaparecieron y que en el Reino de María (**) las veremos.


NOTAS

(*) Algunos autores sitúan su lugar de nacimiento ora en Palencia, ora en la ciudad de Astorga. La duda se aclara en la obra «España Sagrada» (FLÓREZ, Enrique et al. – 1792, España Sagrada. Teatro geográfico-histórico de la Iglesia de España. Tomo XXIII, cap. 15), que sobre el nacimiento de este santo refiere:

«[Nació en] Villa de Fromista, capital del marquesado (…) así lo reconoció siempre la villa, según afirma Pulgar en la historia de la ciudad (…). La misma patria lo autoriza el Legendario de la S. Iglesia de Tuy: «De Villa que Fromesta dicitur Palentini Dioecesis in Diace extitit oriundus (…). Este documento es el más autorizado como propio de la Iglesia (…)»

(**) San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). Esa era la llama Reino de María. Esta profecía se entrelaza orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al fin, mi Inmaculado Corazón triunfará».

Para más detalles sobre San Luis María Grignion de Montfort y el Reino de María, véase:

Catolicismo n.º 53 – Mayo de 1955 – DOCTOR, PROFETA Y APÓSTOL EN LA CRISIS CONTEMPORÁNEA

Catolicismo n.º 55 – Julio de 1955 – EL REINO DE MARÍA, REALIZACIÓN DE UN MUNDO MEJOR

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