Plinio Corrêa de Oliveira

 

 

Trasbordo ideológico inadvertido

 

y DIALOGO

Madrid, 1971

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Notas de la redacción del sitio: el texto de la edición española de 1971 ha sido ilustrado con imágenes de fechas posteriores a su publicación; algunas notas también han sido actualizadas conforme la 5ª edición brasileña de 1974 y 1ª edición chilena de 1985; ídem para la biografía sumaria del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en la última portada. Para ver detalles editoriales de la edición pinche aquí.

Para una explicación de la portada ver la nota [28].



Índice

 

Introducción

1. Distorsión de vocablos al servido de la propaganda comunista

2. Desenmascarando un proceso

3. Acción ideológica implícita, nota capital del proceso

4. El trasbordo ideológico inadvertido: sumario de lo que se dice sobre él en esta obra

Capítulo I — La nueva táctica comunista: acción persuasiva en el subconsciente

1. Una concepción caduca sobre la eficacia de las técnicas de persuasión, y de la violencia, en la estrategia comunista

2. Las técnicas de persuasión, más importantes que la fuerza

3. El trasbordo ideológico y su importancia actual

4. El comunismo, secta imperialista

5. Obstáculos con que se enfrenta el imperialismo comunista

A. Insensibilidad de las multitudes

— Respondiendo objeciones

B. Fracaso para organizar y promover la producción

6. Inutilidad del poderío termonuclear en la expansión del comunismo por la violencia

7. El imperialismo comunista en un “impasse”

8. Cómo salir del “impase”: un camino nuevo, la técnica de la persuasión implícita

9. Condiciones propicias a la técnica comunista de persuasión implícita

A. El miedo

B. La simpatía

C. El binomio miedo-simpatía

10. El entreguismo y el amor a la verdadera paz

11. Miedo y simpatía, persuasión implícita y explicita, conjugados al servicio del comunismo

12. En orden al capítulo II

Capítulo II — El trasbordo ideológico inadvertido

1. La técnica comunista de persuasión, clásica

2. Los matices de la opinión pública y el trasbordo ideológico inadvertido

3. El método del trasbordo ideológico inadvertido: sus tres intensidades y sus tres fases

4. Definición de trasbordo ideológico inadvertido; sus artificios

5. Ejemplo concreto de trasbordo ideológico inadvertido

6. Las reformas de estructura en cuanto instrumentos accesorios del trasbordo ideológico inadvertido

7. Una objeción: incompatibilidad entre liberalismo y socialismo

8. Lo que hay de nuevo en el trasbordo ideológico inadvertido

Capítulo III — La palabra-talismán, estratagema del trasbordo ideológico inadvertido

1. Estratagema de las más eficaces

2. Método de utilización de la palabra-talismán

A. Un punto de impresionabilidad

B. Un punto de apatía

C. Una palabra-talismán

D. ... que suscita una constelación de simpatías y fobias

E. ... dotada de grandes cualidades publicitarias

F. ... de cuya elasticidad se abusa con fines publicitarios

G. ... pasible de ser fuertemente radicalizada

H. ... que opera de esta forma el trasbordo ideológico inadvertido

3. Cómo impedir el éxito de la estratagema de la palabra-talismán

A. La palabra-talismán rehúsa explicitarse

B. La explicitación “exorciza” la fuerza mágica de la palabra-talismán

4. Salvedad en cuanto al uso de la palabra impregnada de significación talismánica

Capítulo IV — Un ejemplo de palabra-talismán: “Diálogo”

1. “Diálogo”: sentidos legítimos

A. El método adoptado

B. Los significados naturales y legítimos

a. Carácter propedéutico de su estudio

b. Multiplicidad de los significados legítimos

c. Cómo estudiar esos significados

d. Criterio de clasificación

e. Terminología

f. Selección de los significados

g. Salvedad importante

h. Etimología de “diálogo”

i. Modalidades de diálogo según sus fines

j. Correspondientes diferencias de actitud emocional

k. Diálogo “lato sensu”, diálogo “stricto sensu” y discusión

l. Discusión-diálogo, discusión pura y simple, polémica

m. Cuadro esquemático de los sentidos legítimos de “diálogo”

n. Rasgo común a los diversos sentidos de “diálogo”

C. La pugnacidad en las diversas modalidades de discusión

D. La discusión pura y simple y la polémica, ¿tienen un carácter peyorativo?

a. Relación del problema con el pecado original

b. La lógica, medio de conquistar la verdad y el bien

c. La influencia de los factores emocionales

d. Factores de persuasión colaterales a la argumentación

e. Legitimidad de la ira en la discusión pura y simple

f. El contraste y la pugnacidad, necesarios para demostrar la verdad

— … sea en lo que se refiere a las ideas

— … sea en lo que se refiere a las personas

g. Artificialidad de la abolición de la discusión pura y simple

h. Artificialidad, causa de confusión y de lucha

i. La discusión pura y simple, ¿no perjudica la caridad?

j. Consecuencia: la discusión pura y simple no tiene carácter necesariamente peyorativo

k. La polémica tampoco tiene necesariamente carácter peyorativo

l. La discusión pura y simple, la polémica y la opinión pública

m. La discusión pura y simple, la polémica y el carácter militante de la Iglesia

2. La fermentación emocional irenista

A. Un orden de cosas evolucionado y paradisíaco: la “era de la buena voluntad”

B. La era de la buena voluntad, el utopismo anarquista inherente al comunismo, y la república universal

C. El irenismo religioso en la era de la buena voluntad

D. Irenismo, ecumenismo y modernismo

E. Otras formas de irenismo ideológico

F. Irenismo, relativismo y hegelianismo

G. Colaboración con la “elite” de los hermanos separados, en la lucha contra el relativismo irenista

H. Irenismo, diálogo y utopismo evolucionista

I. Importancia de los aspectos emocionales del utopismo irenista

J. La rebelión, elemento emocional típico del utopista irénico

K. El utopismo irenístico, rasgo común al mundano burgués y al mundano proletario

L. El binomio miedo-simpatía opera en el mundano burgués

M. El binomio miedo-simpatía prepara al mundano burgués para el trasbordo ideológico inadvertido

3. “Diálogo”: sentidos talismánicos

A. Puntos de impresionabilidad y de apatía en el espíritu mundano: cuadro psicológico en que actuará la palabra-talismán

B. Multiplicidad de efectos de la palabra-talismán

C. Efectos directos de la palabra-talismán

a. Primer efecto. El diálogo lo resuelve todo

b. Segundo efecto. Una constelación de impresiones y emociones unilaterales

Odio a los católicos más ardorosos

Admiración y confianza incondicionales para los que están fuera de la Iglesia

c. Tercer efecto. Simpatía y notoriedad producidas por la resonancia publicitaria de la palabra “diálogo”

d. Cuarto efecto. Se despierta el espejismo de la era de la buena voluntad

e. Quinto efecto. La propensión a abusar de la clasificación de la palabra “diálogo”

D. Efectos indirectos y reflejos de la palabra-talismán

a. Primer efecto. La radicalización de la palabra “diálogo”: sentidos talismánicos nuevos y más radicales

b. Segundo efecto. Las cuatro fases del proceso nimbo al relativismo hegeliano

1ª fase — Hipertrofia de la cordialidad en la discusión-diálogo: nace la palabra-talismán

2ª fase — La cordialidad irenística invade el diálogo-entretenimiento y el diálogo-investigación: la palabra-talismán amplia su sentido

3ª fase — La cordialidad irenística desemboca en el relativismo: la palabra-talismán asume un sentido enteramente relativista

4ª fase — El relativismo irénico se estructura en términos de hegelianismo: la palabra-talismán asume el sentido del “ludus” hegeliano

Conclusión

1. La palabra-talismán “diálogo” y el comunismo

2. Ecumenismo, irenismo y comunismo

3. Diálogo, relativismo dialéctico y coexistencia pacífica con el comunismo

4. Diálogo, irenismo y persecución religiosa

5. El pacifismo irenista y el diálogo

6. Constelación de palabras-talismán trasbordadoras

7. El diálogo y la línea italiana del comunismo

8. Utilidad del presente trabajo: la posibilidad de “exorcizar” la palabra-talismán, inutilizando la estratagema comunista

 

Plinio Corrêa de Oliveira: una breve biografía

 



 

Introducción

 

A veces, una circunstancia de pequeña monta puede esclarecer y explicar todos los aspectos de una intrincada situación. Esto, que se ve tan frecuentemente en las novelas, ocurre también en la realidad de la vida. El presente estudio nació de una de esas circunstancias.

1. Distorsión de vocablos al servicio de la propaganda comunista

Desde hace mucho sonaban a falso en nuestros oídos los múltiples empleos que en ciertos medios vienen siendo dados a la palabra “diálogo” . En torno del eje fijo de un significado residual legítimo, notábamos que ella era manipulada en el lenguaje cotidiano de esos medios, y en ciertos comentarios de Ia prensa, de modo tan forzado y artificial, con osadías tan desconcertantes, y sentidos subyacentes tan variados, que sentíamos la necesidad —vehemente como si fuera un imperativo de conciencia— de protestar contra esa transgresión de las reglas del buen lenguaje.

Poco a poco, impresiones, observaciones, notas recogidas aquí y            allá, iban creando en nuestra mente la sensación de que esa multiforme distorsión de la palabra “diálogo” tenía una lógica interna que dejaba ver algo de intencional, de planeado y de metódico. Y que ese algo alcanzaba no sólo a ésta, sino también a otras palabras usuales en las lucubraciones de los progresistas, socialistas y comunistas, como son “pacifismo”, “coexistencia”, “ecumenismo”, “democracia cristiana”, “tercera fuerza”, etc. Tales vocablos, una vez sometidos a análoga distorsión, pasaban a constituir como una constelación, en que unos apoyaban y complementaban a los otros. Cada palabra constituía una especie de talismán destinado a ejercer sobre las personas un efecto psicológico propio. Y el conjunto de los efectos de esa constelación de talismanes nos parecía capaz de operar en las almas una transformación paulatina más profunda.

Esa distorsión, a medida que se nos presentaba más clara por la observación, se verificaba siempre en un mismo sentido: el de debilitar en los no comunistas la resistencia al comunismo, inspirándoles un ánimo propenso a la condescendencia, a la simpatía, a la no resistencia, y hasta al entreguismo. En casos extremos, la distorsión llegaba hasta el punto de transformar a los no comunistas en comunistas.

Y a medida que la observación nos iba haciendo vislumbrar una línea de coherencia nítida y una lógica interna invariable en el empleo variado y hasta desconcertante de aquellas palabras —eficaces y sutiles como un talismán— se iba afirmando en nuestro espíritu la sospecha de que, si alguien llegase a descubrir y a explicitar en qué consiste esa línea de coherencia o esa lógica, habría quitado la máscara a un artificio nuevo y de gran envergadura, empleado por el comunismo en su incesante guerra psicológica contra los pueblos no comunistas.

Pero ni aún así pensábamos dedicamos especialmente al estudio del asunto. Un hecho, con todo, nos llevó a tal decisión.

2. Desenmascarando un proceso

En 1963 publicamos un estudio intitulado La libertad de la Iglesia en el Estado comunista. Traducido a varios idiomas, ese trabajo traspuso la cortina de hierro, y el señor Zbigniew Czajkowski, uno de los dirigentes de movimiento “comuno-católico” Pax, de Polonia, juzgó necesario inmunizar al público de su país contra él, dando a luz en los periódicos “Kierunki” y “Zycie i Mysl” de Varsovia, de los cuales es colaborador, una carta abierta y dirigida a nosotros, en la que procuraba oponerle amplia refutación [1]. Respondimos por el conocido periódico mensual de cultura brasileño “Catolicismo”, derivando de ahí toda una polémica que aún no se ha cerrado.

En una parte de su argumentación, en artículo publicado en el periódico “Kierunki” y reproducido en “Catolicismo” (N° 170, de febrero de 1965), el señor Z. Czajkowski enumeró las ventajas que veía en el simple hecho de que discutiéramos, ventajas esas que derivarían de la discusión en cuanto tal, aun cuando no hubiéramos llegado a un acuerdo. En las entrelíneas de lo que el periodista de “Pax” escribió a este propósito, se traslucía una imponderable pero real influencia hegeliana. Y —pequeña circunstancia rica en perspectivas— aplicando el presupuesto hegeliano y dialéctico a todas las palabras cuya desvirtuación nos impresionaba, el sentido de esa desvaluación se esclarecía de modo sorprendente. Quedaba ipso facto explicitado para nosotros el punto de referencia que explica y ordena todo el conjunto de nuestras anteriores observaciones, y quedaba puesto al desnudo el artero proceso de guerra psicológica que, hasta entonces, apenas nos había sido dado entrever.

Como el señor Z. Czajkowski se refería propiamente a la discusión, nos vino a la mente, por una explicable asociación de ideas, que todo cuanto él decía sobre el asunto era estrechamente semejante a lo que oyéramos o leyéramos sobre el diálogo, palabra ésta de un significado multiforme y enigmático que así se nos tornaba claro.

En consecuencia, se develaba para nosotros la importancia de ciertos vocablos, y especialmente de “diálogo”, como ardid de la guerra psicológica.

Las lucubraciones de ahí derivadas nos llevaron a redactar el presente estudio, que sometemos a la apreciación del lector.

En rigor, para ser completo, este estudio debería dar igual desarrollo al análisis del vocablo-talismán “diálogo” y al de cada uno de los términos correlativos distorsionados por el comunismo, esto es, “pacifismo”, “coexistencia”, “ecumenismo”, etc. Nos pareció suficiente, sin embargo, para desenmascarar el sistema, tratar a fondo sobre uno de ellos —”diálogo”— y, a propósito de éste, decir lo indispensable sobre los otros. Así procederemos, pues, para ahorrar tiempo y esfuerzo al lector.

Quede bien entendido desde luego —y volveremos sobre este punto más adelante— que no es en el diálogo en sí, ni en el ecumenismo en sí, y menos aún en la paz en sí, que señalamos algo censurable: seria esto de nuestra parte una aberración. Nuestro estudio no alcanza a esos vocablos en su sentido normal y correcto, ni a las realidades a que ellos se refieren, sino tan sólo a esos mismos vocablos en la acepción muy especial que los convierte en talismanes de la estrategia comunista.

3. Acción ideológica implícita, nota capital del proceso

Parece importante destacar desde ya que el proceso de que nos ocuparemos se destina a predisponer favorablemente en relación a la doctrina y a las tácticas del comunismo —y, pues, a transformar finalmente en idiotas útiles, cuando no en comunistas convencidos— a personas que de por sí son refractarias a la prédica explícita. Por esto mismo, el proceso en cuestión actúa en las mentalidades de modo implícito.

Es nota esencial y característica de ese proceso que, a lo largo de toda o casi toda su extensión, los pacientes no perciben que están sufriendo una acción psicológica por parte de quienquiera que sea, ni que el rumbo hacia el cual caminan sus impresiones y sus simpatías es el comunismo. Ellos tienen conciencia, con claridad mayor o menor, conforme cada individuo, de que están “evolucionando” ideológicamente. Pero se les figura que esa “evolución” es tan sólo el descubrimiento o la profundización —hecha paulatinamente por ellos mismos, sin concurso alguno de otro— de una “verdad” o de una constelación de “verdades” que reputan simpáticas y generosas.

Por regla general ni siquiera pasa por la mente de esos pacientes, a lo largo de casi todo el proceso, que poco a poco se van volviendo comunistas. Si en determinado momento este riesgo se les apareciese notorio, se darían cuenta, ipso facto, del abismo al que iban cayendo, y retrocederían.

Es sólo en la etapa final de esa “evolución” que la evidencia de su transformación interior les hace ver que es hacia el comunismo a donde tienden. Entretanto, a esa altura su mentalidad ha “evolucionado” de tal manera, que la hipótesis de convertirse en adeptos del comunismo ya no les causa horror, sino más bien simpatía.

4. El trasbordo ideológico inadvertido: sumario de lo que se dice sobre él en esta obra

Ese fenómeno —o mejor, ese sutil proceso de la propaganda comunista— lo denominamos aquí trasbordo ideológico inadvertido. Nos proponemos describirlo sucintamente en lo que tiene de esencial, y como comporta diferentes modos de realización, lo estudiaremos especialmente en cuanto desarrollado a través de lo que llamamos la estratagema de la palabra-talismán. Luego ilustraremos el estudio de esa estratagema con un ejemplo concreto, o sea, con el empleo del término diálogo para hacer evolucionar inadvertidamente hacia el comunismo a un número incontable de personas no comunistas.

El fenómeno del trasbordo ideológico inadvertido —bueno es decirlo desde un principio— presenta varias modalidades. Puede desarrollarse en toda su amplitud y en su sentido más radical, esto es, puede llevar al paciente hasta el fin del nuevo camino, que es la aceptación del comunismo. El mismo proceso ocurrirá de modo menos amplio y radical cuando su víctima, en lugar de volverse comunista, queda, por ejemplo, simplemente socialista. En uno y otro caso el trasbordo es ideológico en todo el sentido de la palabra. Puede aún el fenómeno no producirse propiamente respecto de una concepción filosófica del universo, de la vida, del hombre, de la cultura, de la economía, de la sociología y de la política, como lo es el marxismo, sino solamente de teorías y métodos de acción. Así, un anticomunista fogoso puede ser “trasbordado” a un anticomunismo adepto exclusivamente a las contemporizaciones, a las concesiones y a los retrocesos. Este es un trasbordo ideológico en un sentido diminutae rationis de la palabra “ideológico”.

Finalmente, en la última parte del trabajo, consideramos necesario exponer de qué manera se puede destruir la acción de la palabra-talismán y el proceso de trasbordo ideológico inadvertido, en las personas en que una y otro se van desarrollando, y hasta prevenir a tiempo contra ellos a los incautos.

 

Capítulo I

La nueva táctica comunista:

acción persuasiva en el

subconsciente

 

Antes de estudiar el trasbordo ideológico inadvertido, parece útil poner de relieve toda la importancia y la actualidad del tema, en función de la más reciente estrategia de los comunistas para la conquista del mundo.

1. Una concepción caduca sobre la eficacia de las técnicas de persuasión, y de violencia, en la estrategia comunista

No pocos lectores tropezarán con una dificultad preliminar, al ponerse a considerar el asunto. En efecto, la prensa, la televisión y la radio les presentan continuamente la agresión de la URSS o de China contra las naciones no comunistas como practicable, las más de las veces, por la invasión armada y por las revoluciones sociales promovidas por los partidos comunistas de los diversos países a ser invadidos. Según esa concepción, la violencia seria de lejos el principal instrumento de conquista del comunismo.

Sin duda, entre los que aceptan esa concepción, se habla también de técnicas de persuasión como medio de conquista. Pero ellas ocupan en esa perspectiva el lugar que tienen en la guerra clásica, internacional o interna, en la que constituyen algo indispensable, pero secundario, en relación a las operaciones militares.

2. Las técnicas de persuasión, más importantes que la fuerza

A nuestro modo de ver, en las actuales condiciones, la persuasión ideológica no es considerada por los comunistas como cosa colateral o subsidiaria en relación a la embestida violenta. Por el contrario, ellos esperan hoy en día mayores resultados de la propaganda que de la fuerza.

3. El trasbordo ideológico y su importancia actual

Además, en materia de propaganda, el esfuerzo ideológico explícito y directo del partido comunista no ocupa en forma exclusiva el primer plano: el método del trasbordo ideológico inadvertido, técnica de persuasión indirecta e implícita, no se queda atrás y bajo algunos aspectos hasta lo supera.

Estas dos afirmaciones son indispensables para que muchos militantes del anticomunismo —que con celo y con mérito se dedican a la tarea indispensable de alertar al mundo sobre el peligro de la guerra de conquista del comunismo, y de la revolución social violenta— amplíen sus horizontes, e introduzcan en ellos también la solicitud en denunciar, prevenir y detener el proceso de trasbordo ideológico inadvertido en sus distintas formas, inclusive la de la palabra-talismán.

Dedicamos el primer capítulo del presente estudio a la dilucidación de este punto.

4. El comunismo, secta imperialista

Para demostrar las aseveraciones que acabamos de hacer, es preciso tener en cuenta, ante todo, que el movimiento comunista constituye fundamentalmente:

una secta filosófica atea, materialista y hegeliana, que deduce de sus erróneos principios toda una concepción peculiar del hombre, de la economía, de la sociedad, de la política, de la cultura y de la civilización;

una organización subversiva mundial: el comunismo no es apenas un movimiento de carácter especulativo. Por los imperativos de su propia doctrina, quiere tornar comunistas a todos los hombres, y moldear enteramente según sus principios la vida de todos los pueblos. Considerada bajo este aspecto, la secta marxista profesa el imperialismo integral, no sólo porque pretende imponer el pensamiento y la voluntad de una minoría a todos los hombres, sino porque, más aún, esa imposición alcanza a todo el hombre, en todas las manifestaciones de su actividad.

5. Obstáculos con que se enfrenta el imperialismo comunista

Para realizar su anhelo imperialista, el comunismo tiene que enfrentar graves obstáculos. A título de ejemplo, mencionemos algunos de ellos.

A. Insensibilidad de las multitudes

Desde hace cien años —en números redondos— el comunismo viene predicando a las poblaciones obreras del mundo entero la revolución social, la matanza y el pillaje. Para esa prédica dispuso casi continuamente, a lo largo de este siglo, de entera libertad de pensamiento y de acción en casi todos los países. Tampoco le faltaron recursos financieros inmensos, ni especialistas y técnicos de los mejores en materia de propaganda. A despecho de todo esto, las multitudes se han manifestado, en su gran mayoría, poco sensibles a las invitaciones —que tan fácilmente podrían fascinarlas— de la demagogia marxista. En ningún país el comunismo logró jamás la conquista del poder por elecciones honestas. La causa de esta insensibilidad está en parte en el hecho de que en muchos lugares se mejoró considerablemente la situación de las clases necesitadas. Pero es preciso no exagerar el alcance ideológico de tales mejorías: en algunas regiones, como el norte de Italia, por ejemplo, en que las condiciones de los trabajadores no cesaron de progresar después de la segunda guerra mundial, el comunismo alcanzó desconcertantes éxitos electorales. La causa de la insanable inviabilidad de la victoria comunista a través de las urnas está también, en alguna medida, en la resistencia que opone al marxismo el fondo de buen sentido natural que constituye el patrimonio milenario y común de la humanidad. Este buen sentido choca con el carácter esencialmente antinatural que se muestra en todos los aspectos del comunismo. En los pueblos de civilización cristiana, se suma a ese factor la incompatibilidad del espíritu, de la doctrina y de los métodos marxistas con el espíritu, la doctrina y los métodos de la Iglesia. De la conjunción de estos obstáculos resultó el hecho incontestable e inmensamente significativo que —repetimos— en cien años de existencia y acción, ningún partido comunista haya logrado ser mayoritario en ningún país. Sobre este hecho jamás será suficiente insistir, si queremos ver, en su real perspectiva, los obstáculos que el comunismo tiene por delante.

Respondiendo objeciones

• El comunismo ganó, es verdad, las elecciones polacas de 1957, pero esta elección careció evidentemente de libertad. Los católicos sabían que si derrotaban a Gomulka expondrían a su patria a una represión rusa al estilo de la que sufriera la gloriosa e infeliz Hungría. Por esto, y aun constituyendo en Polonia una mayoría decisiva, optaron por lo que se les figuro como mal menor, eligiendo diputados “gomulkianos” . No nos pronunciamos aquí sobre la licitud de esa maniobra, ni sobre su acierto desde el punto de vista estrictamente político. Subrayamos, sin embargo, que de ningún modo puede afirmarse que haya sido elegido libremente por el ínclito pueblo polaco un congreso mayoritariamente comunista. La mayoría comunista existente en el parlamento de Polonia no constituye, pues, argumento contra lo que acabamos de afirmar [2].

• En 1970, cinco anos después de la primera edición de este estudio, asumió el poder, por la vía electoral, un gobierno marxista en Chile. Pero fue notorio que los partidos marxistas chilenos ni de lejos obtuvieron la mayoría en las elecciones. Como tuvimos oportunidad de demostrar en la ocasión, en artículo ampliamente difundido en casi todos los países de América Latina (cfr. “Toda la verdad sobre las elecciones en Chile”, “Folha de S. Paulo” del 10-9-70), durante las elecciones presidenciales anteriores, realizadas en 1964, Allende recibió el apoyo solo de los comunistas, o sea, del Partido Socialista (marxista), el Partido Comunista y ciertos corpúsculos comunistas disidentes. Así, toda la votación de Allende fue comunista, y toda la votación comunista fue de Allende; y él resultó derrotado. En la contienda de 1970, por el contrario, Allende se presentó como el candidato de una coalición, recibiendo, además de los votos comunistas arriba mencionados, el apoyo de partidos no directamente marxistas. Y ocurrió precisamente que Allende, si bien quedo al frente de los demás candidatos, obtuvo apenas un 36,3% de los votos, contra un 38,7% de la elección anterior. Hubo, por lo tanto, un retroceso del contingente marxista en las elecciones presidenciales de 1970, porque aun sumado a otras fuerzas, este alcanzó un menor porcentaje de votos que en 1964. Y si no fuera: por la división política de los candidatos antagonistas; por el apoyo semidisfrazado, pero en todo caso escandaloso, de la Jerarquía y del clero chilenos, con el Cardenal Silva Henríquez a la cabeza (¡este llegó a autorizar a los católicos a votar por el candidato marxista... !); y, finalmente, por la vergonzosa entrega del poder a Allende por parte de la Democracia Cristiana, cuando en el Congreso se produjo la elección entre los dos candidatos más votados, entonces, jamás el comunismo habría sido instaurado en Chile.

Es de destacar, además, que en las elecciones municipales subsiguientes, la coalición izquierdista no obtuvo mayoría de votos. Más aún, las elecciones no se realizaron en un clima de autentica libertad. La libre propaganda electoral fue coartada por el gobierno, que además de aplicar vigorosamente los dispositivos de “persuasión” que tenía a su alcance, ejerció una presión directa sobre empresas editoras de diarios y revistas, así como sobre emisoras de radio y televisión, involucrándolas en investigaciones arbitrarias, asumiendo el control accionario en determinado caso, y aun suspendiendo su funcionamiento, en otros casos. No hubo, entonces, posibilidad de efectuar una propaganda verdaderamente libre, lo que dejó al elector oposicionista de base —cuyo pronunciamiento es muy importante en una elección— sin condiciones para votar libremente (cfr. nuestros artículos “En Chile: empate bajo presión” y “Ni victoria auténtica, ni pleito electoral libre”, “Folha de S. Paulo” del 11 y 18-4-71, respectivamente).

Las numerosas convulsiones de las masas populares disconformes con la miseria, fruto de la aplicación de los principios comunistas a la economía chilena, dejaron bien claro en qué sentido se habría pronunciado el pueblo si hubiese habido elecciones en los meses que antecedieron a la caída y al suicidio de Allende.

Por todas estas razones, el caso chileno tampoco constituye un argumento válido contra la tesis de que jamás un partido comunista obtuvo la mayoría en elecciones auténticamente libres.

• Si los métodos de persuasión hasta aquí empleados por el comunismo son tan insuficientes, ¿a qué se debe entonces el hecho de ser hoy una fuerza mundial de primer orden? De ningún modo a la eficacia de esos métodos, frente a los cuales la opinión pública permanece insensible.

El primer factor de ese éxito, que salta a la vista, fue la violencia. En Rusia, el comunismo se impuso por una revolución. En otros países de Europa, la URSS, como una de las naciones vencedoras de la guerra, lo instaló a viva fuerza. Sin embargo, la violencia no operó por sí sola. Si no fuera por el auxilio de las potencias aliadas, ¿habría logrado vencer Rusia al invasor nazi? En 1939, los ejércitos soviéticos sufrieron una vergonzosa derrota por parte de la pequeña Finlandia. ¿Cómo dar por indiscutible que vencerían por sí solos a la poderosa Alemania?

Se agrega todavía que las ventajas recibidas de Occidente por los comunistas no se limitan al apoyo militar que les fue dado durante la segunda guerra mundial. La política desastrosa del desaparecido Presidente Roosevelt en Teherán y en Yalta, completada, en lo que respecta a China, por los enigmáticos desatinos de la misión Marshall, contribuyó inmensamente a la expansión soviética. Por su parte, en la pequeña Cuba, Fidel Castro sintió de tal modo la impopularidad del comunismo, que se disfrazó de católico durante todo el tiempo que duró la guerra civil, en la certeza de que sin esto no alcanzaría el poder. Fue sólo después de tener en las manos las riendas del Estado, que se arrancó máscara. Todo deja ver que, si los comunistas hubieran encontrado siempre delante de sí líderes resueltos y perspicaces, no habrían alcanzado , ni remotamente, los éxitos de que ahora se glorían.

Así, fue por la violencia, por la astucia y por el fraude, y no por una victoria ideológica sobre las masas, que el comunismo alcanzó su actual grado de poder.

• Con todo, conviene no sobrestimar el alcance de esos éxitos. De hecho, si por lo menos después de haberse implantado en algunos países, el comunismo se hubiese mostrado capaz de conquistar las inteligencias y los corazones, ¿cómo explicar que precise de un aparato policial inmenso para mantenerse? ¿Cómo explicar que se vea obligado en todas partes a cercenar con el mayor rigor la salida de los habitantes de esos países? ¿Cómo explicar que, a pesar de tantas medidas, haya un flujo continuo de fugitivos, que enfrentan los peores riesgos para atravesar la cortina de hierro?

B. Fracaso para organizar y promover la producción

El comunismo, que ni consiguió convencer ni auténticamente vencer, también se mostró impotente para organizar y para producir. Su inferioridad en relación a Occidente es, a este respecto, confesada. Tanto los kruschevistas cuanto los postkruschevistas afirman la necesidad de reformas fundamentales en la estructura económica de la URSS, para obtener un aumento de la producción. Y esas reformas deben consistir, según ellos, en una ampliación de la libre iniciativa.

En otros términos, es de un principio fundamentalmente opuesto a su doctrina que los comunistas esperan obtener alguna elevación de la productividad... Se puede fácilmente aquilatar cuánto este fracaso desacredita al comunismo ante las poblaciones por él dominadas, como ante la opinión mundial.

6. Inutilidad del poderío termonuclear en la expansión del comunismo por la violencia

De esa impotencia para la persuasión ideológica explícita y para la producción económica, que acabamos de ver, derivan naturalmente para el marxismo —en la realización de sus planes de hegemonía mundial— dificultades incontables, que reducen a proporciones todavía más modestas el espectro de su irresistible poder. En un punto, en un solo punto, el peligro comunista puede parecer grande a los ojos de todos los pueblos. Y consiste en blandir la amenaza de una hecatombe termonuclear de ámbito quizá mundial. Si el comunismo no es nada en cuanto fuerza de construcción, es algo como fuerza de destrucción.

Por su propia índole la URSS constituye para el mundo, como potencia termonuclear, un peligro mayor que cualquier otra nación. En efecto, para realizar sus planes, las fuerzas del desorden y de la revolución, por su misma naturaleza, resisten menos (cuando resisten) al recurso de la destrucción, que las fuerzas del orden. La tendencia normal de un asaltante emboscado en un camino, consiste en agredir. La de su víctima no consiste en luchar, sino en huir. Y así es mayor el riesgo de que una hecatombe atómica sea desencadenada por los soviéticos o por los chinos, que por alguna nación de Occidente.

Este único punto de “superioridad”, intrínsecamente negativo, ¿de qué vale para la expansión comunista? ¿Serán superados por medio de él los obstáculos que, como vimos, se oponen a esa expansión?

¿A qué resultados conduciría, para los propios comunistas, un conflicto termonuclear? Victoriosos, tal vez, en un principio, serían ellos las principales víctimas de la hecatombe que habrían desencadenado. Pues, siendo inferior su poderío al del adversario, sufrirán probablemente, inmediatamente después de la agresión, represalias mayores que el daño que hubiesen causado. Y por fin perderían la guerra.

Nada, en efecto, menos probable que la victoria de ellos. Y si la alcanzasen, ¿qué les quedaría en las manos sino un mundo en que los Estados Unidos y Europa estarían reducidos a una inmensa montaña de ruinas? ¿Cómo levantar sobre esas ruinas humeantes e informes el edificio del socialismo, que Marx, Lenin, Stalin y Kruschev anhelaran ver construido sobre la técnica más perfecta, más avanzada y, en una palabra, más capaz de emular a la norteamericana? Aun recientemente, el “Pravda” , órgano de la Comisión Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, afirmaba: “Sucede con frecuencia, en la política, que las derrotas sufridas por un campo no equivalen necesariamente a victorias en el campo opuesto. El ejemplo más sorprendente es el de la guerra termonuclear, que nada adelantaría al bloque socialista, aunque en ella el imperialismo fuera literalmente pulverizado” (“Pravda”, edición del 6 de enero de 1965, apud telegrama de AFP de igual fecha, especial para “O Estado de São Paulo”). Es la confesión de la radical nocividad para las propias naciones comunistas, de una hipotética victoria termonuclear soviética sobre Occidente.

7. El imperialismo comunista en un “impasse”

Haciendo el balance de tantos datos, se llega a la conclusión de que, a despecho de apariencias en contrario, la expansión mundial del comunismo encuentra delante de si gravísimas dificultades, producidas por causas profundas, algunas de las cuales es difícil y otras es hasta imposible remover. Y que el plan comunista de dominación mundial está expuesto a considerables riesgos de fracaso.

8. Cómo salir del “impasse”: un camino nuevo, la técnica de la persuasión implícita

El comunismo recela entrar en el camino de la violencia. Y en el de la persuasión, por lo menos bajo la forma de persuasión explícita, promovida por los partidos comunistas de los diversos países, no obtiene resultados alentadores. Como hemos visto, las masas se han mostrado frías en relación a esa técnica de persuasión.

El comunismo, no teniendo salida para el “impasse” ni por la violencia, ni por la persuasión explícita, sólo puede hallarla en una nueva vía: la de la persuasión implícita. Este es un punto central hacia donde es preciso llamar insistentemente la atención de la opinión pública [3].

9. Condiciones propicias a la técnica comunista de persuasión implícita

¿Qué posibilidades ofrece la mentalidad occidental para esta forma de acción?

Dos factores la tornan especialmente vulnerable a ella.

A. El miedo

El instinto de conservación es muy fuerte en el hombre: por eso, es muy imperiosa en él la fuerza del miedo. En la imaginación de grandes masas del mundo libre, la figura del comunista agresor —visto sea bajo el aspecto del revolucionario barbudo, sucio, andrajoso, sediento de sangre y de venganza, sea bajo la forma de soldado sin entrañas, de mirada metálica, dispuesto a accionar el detonador de la bomba atómica— continúa ejerciendo todo su poder de intimidación. Un deseo de ceder casi todo, para evitar una guerra civil o una catástrofe termonuclear, influye consciente o inconscientemente a innumerables personas.

B. La simpatía

Bajo otro aspecto, el comunismo no es tanto la antítesis de lo que piensan muchos anticomunistas, sino precisamente la última expresión, más coherente y audaz, de ciertos principios que ellos mismo admiten. El liberalismo, que triunfó con la Revolución Francesa, diseminó en Occidente los gérmenes del comunismo [4] En consecuencia, al miedo hacia éste se alía, frecuentemente, una tal o cual simpatía por alguno de sus aspectos. Hay fogosos luchadores del anticomunismo cuya repulsa se dirige más contra los métodos violentos y el cuño dictatorial de los regímenes bolcheviques actuales, que contra los objetivos finales del comunismo. Les parece cándidamente que, si Occidente alcanzara tales objetivos por métodos incruentos, logrando así una completa igualdad de bienes y de condiciones sociales, reinarían por fin en el mundo la justicia, la abundancia y la paz [5].

C. El binomio miedo-simpatía

Como vemos, hay en la propia psicología de incontables personas de Occidente un binomio de fuerzas, que llamaremos miedo-simpatía, que inspira en influyentes sectores económicos, políticos, intelectuales y hasta religiosos, la propensión a entrar en componendas con el comunismo [6].

10. El entreguismo y el amor a la verdadera paz

Tal propensión no se confunde, entiéndase bien, con el noble deseo,' común a todos los espíritus bien formados, de preservar la paz por medio de negociaciones dignas y acuerdos juiciosos, que no importen para nosotros la renuncia a los principios fundamentales de la civilización cristiana. La propensión de que hablamos va mucho más allá, e induce a Occidente a apetecer un régimen semicomunista para eliminar, en sus relaciones con el otro lado de la cortina de hierro, la fricción de los contrastes, y facilitar una acomodación entre los dos mundos.

11. Miedo y simpatía, persuasión implícita y explícita, conjugados al servicio del comunismo

El miedo y la simpatía parecen incompatibles. En la situación psicológica actual de Occidente, no lo son.

En suma, no es necesario para el comunismo renunciar a su acción de intimidación para garrar simpatías o viceversa. Le interesa mantener todo el prestigio de su poderío destructor. Con base en ese “prestigio” consigue ablandar la resistencia de numerosos adversarios, volviéndolos propensos a un acuerdo. Alcanzado este resultado psicológico, se acentúa una cierta simpatía de esos adversarios por algunos aspectos del marxismo, y los prepara a recibir una tal o cual capitulación frente a él como un mal menor, realmente soportable.

Pari passu, no se trata para el comunismo de renunciar al proselitismo explícito hecho por los partidos comunistas del mundo entero. Este proselitismo continúa sirviendo a sus planes, pues un partido organizado y dinámico constituye para él un precioso factor de intimidación en cualquier país, y una escuela de formación de los dirigentes del futuro régimen marxista.

Simplemente, ya no es más de los partidos comunistas existentes en los países libres, sino de la técnica de la persuasión implícita, que el comunismo espera la conquista de la opinión pública mundial.

12. En orden al capítulo II

Evidenciada así la necesidad, para el comunismo, de renunciar a la prédica doctrinaria explícita como principal medio para la conquista del mundo, quedando patente, para él, la oportunidad de una acción ideológica implícita, e indicados los puntos de vulnerabilidad que en el estado de espíritu de vastos sectores del mundo libre pueden proporcionar éxito a tal acción implícita, nos toca precisar ahora en qué consiste esta última. Pasamos a hacerlo estudiando el trasbordo ideológico inadvertido.

 

 

Capítulo II

El trasbordo ideológico inadvertido

 

Para focalizar con precisión en qué consiste el trasbordo ideológico inadvertido, cumple ante todo mostrar en qué se diferencia, en cuanto método de persuasión, de la actuación “clásica” de un partido comunista.

1. La técnica comunista de persuasión, clásica

Un partido comunista se constituye, por regla general, con un núcleo de intelectuales o semi-intelectuales que por los medios bien conocidos —esto es, por el reclutamiento individual en las universidades, sindicatos, fuerzas armadas y otros ambientes, por reuniones de grupos de adeptos, por conferencias y discursos, por la actuación en la prensa, en la radio, en la televisión, en el teatro y en el cine— suscita o explota los más variados factores de descontento y agitación. En un clima así preparado con el empleo ora de la audacia, ora de la cautela, el grupo inicial de adeptos expone, desde un principio o a partir de cierto momento, la doctrina comunista, haciendo una clara apología de ella. Atraída por ese adoctrinamiento, se constituye entonces una corriente de prosélitos fanatizados. El partido está fundado. El suscita, estimula y recluta así, en esta primera fase, todos los elementos bolchevizables que hay en el medio en que actúa, predispuestos en razón de múltiples factores ideológicos, morales y económicos a adherir al comunismo.

Pero la experiencia prueba que al cabo de algún tiempo estos éxitos iniciales, y a veces rápidos, de la técnica marxista de persuasión, cesan. Reclutados en determinado ambiente los “bolchevizables” ya existentes allí, las filas del partido sólo se van engrosando paso a paso, a medida que el cuerpo social, en su proceso paulatino de deterioro ideológico, moral y económico, va “elaborando” otros elementos contaminables. La propaganda comunista puede, es cierto, acelerar más o menos ese proceso de deterioro. Así, los individuos asimilables por el partido pueden volverse más numerosos. Pero ellos serán habitualmente minoría. Y al mismo tiempo que el comunismo se va enriqueciendo con esos adherentes minoritarios, su propaganda se va empantanando en una mayoría refractaria a su acción.

¿Cómo conquistar esta mayoría?

2. Los matices de la opinión pública y el trasbordo ideológico inadvertido

Para responder a la pregunta, es preciso tener en cuenta tres filones: los elementos en alguna medida simpatizantes con el comunismo, los elementos categóricamente hostiles a éste, y los vagamente hostiles al comunismo que frente a él toman una actitud de inercia.

En relación a cada uno de esos filones, la estrategia comunista presenta un aspecto peculiar:

En cuanto a los elementos en parte simpatizantes con el comunismo, ellos han sido alcanzados por el proselitismo comunista, pero de un modo incompleto. Del marxismo aceptan algo, y especialmente, la hostilidad a la Religión, a la tradición, a la familia y a la propiedad. Sin embargo, no llevan esa aceptación hasta las últimas consecuencias. Son los socialistas y los progresistas de todo matiz: unos, inocentes útiles; otros, cómplices del comunismo. A los inocentes útiles trata de cobijarlos en agrupaciones izquierdistas no específicamente marxistas. A los cómplices, procura colocarlos dentro de lo posible en puestos claves de esas agrupaciones. Utiliza como aliados a tales agrupaciones en la lucha para derribar el actual orden de cosas, y para la conquista del poder. Obtenido ese resultado, los componentes de esas infelices comparsas se verían echados , perseguidos y destruidos, si no adhirieran inmediatamente al partido comunista y no se le sujetaran sin reservas.

En cuanto a los elementos categóricamente hostiles al comunismo y hasta militantes contra él, cumple hacerlos blanco de una ofensiva psicológica total que llegue a desorganizarlos, desanimarlos y reducirlos a la inacción. Para esto, es especialmente útil actuar contra los líderes anticomunistas. Es preciso que se sientan espiados fuera y hasta dentro de sus organizaciones, rodeados de traidores, divididos entre sí, incomprendidos , difamados y aislados de los otros sectores de la opinión, apartados de las posiciones claves del país y de los medios de publicidad, y de tal manera perseguidos en sus actividades profesionales, que bastándoles apenas el tiempo para proveer a la propia subsistencia, se vean en cuanto sea posible impedidos de actuar seriamente contra el marxismo.

Las amenazas de venganza personal contra ellos y sus familias también son utilizadas no pocas veces, por el comunismo, para impedir la acción de esos valientes.

En cuanto a los elementos indiferentes al problema comunista, que no simpatizan con el comunismo en grados diversos, pero que no llegan a la hostilidad militante, son ellos, por así decir, la mayoría dentro de la mayoría. A esos, ya que se muestran refractarios a toda técnica de persuasión explícita, sólo existe para el comunismo un medio de atraer. Es la técnica de la persuasión implícita. Como es natural, para aplicar esta última, el partido comunista no puede mostrarse. Debe escoger agentes de apariencia no comunista, o hasta anticomunistas, que actúen en los más diversos sectores del cuerpo social. Cuanto más insospechables de comunismo parecieren, tanto más eficaces serán. En el plano de la acción individual, por ejemplo, un gran capitalista, un político burgués eminente, un aristócrata o un clérigo serán para esto de mucho mayor eficacia que un pequeño burgués o un obrero.

Sobre este sector de la opinión pública, mucho pueden en favor del comunismo los partidos políticos, los periódicos y los otros medios de publicidad que, aparentando todas las garantías de no ser comunistas, entretanto no ven la lucha contra la secta roja como una necesidad continua y de capital importancia en estos momentos.

Unos y otros —esto es, personas, partidos políticos, órganos de publicidad— prestan al comunismo un primer y precioso concurso, por el simple hecho de mantener en el sector en cuestión un clima de superficialidad de espíritu, como también de optimismo fácil y despreocupado en lo que se refiere a la amenaza comunista. Pues así las organizaciones anticomunistas quedan implícitamente vistas como apasionadas y exageradas por la mayor parte de la opinión pública, que normalmente podría y debería darles apoyo. Y por otro lado, se impide que en esa mayoría, advertida de la gravedad actual del peligro, los indiferentes pasen a la antipatía contra el comunismo, y los anticomunistas no militantes entren en la lucha.

Ambos frutos son preciosos para el marxismo, pues le evitan un gran mal. Mientras él recluta a voluntad sus cuadros de militantes, penetra y articula las organizaciones de inocentes útiles, y ejecuta contra la sociedad, auxiliado por estos elementos, su faena destructiva continua e inexorable, la mayor parte de la opinión pública —que reaccionaría si tuviese conciencia de la real gravedad del peligro— cierra los ojos ante él, cruza los brazos, y deja libre curso al adversario.

Tal resultado es muy considerable. Pero no basta para el comunismo. A esa mayoría, él la adormece, porque no consiguió conquistarla. Mientras no la conquiste, quedará reducido a progresos lentos. Y si algún día esos progresos cobraren cuerpo y se tornaren indisfrazables, existirá siempre el riesgo de que la mayoría displicente e inadvertida se sobresalte y entre en la lucha.

Así, la secta roja no puede contentarse con ejercer sobre tal sector la acción neutralizadora y anestesiante que acabamos de describir.

El comunismo obtuvo buenos éxitos fundando partidos por todo el mundo, articulando bajo su comando las izquierdas, desmantelando e inutilizando incontables organizaciones anticomunistas. Fracasó cuando quiso hacer aceptar su doctrina a las mayorías. Y es a esas mayorías a las que, además de neutralizarlas, necesita absolutamente persuadir, si quiere ganar en nuestro sigla su gran batalla.

¿Cómo hacerlo? Si es a ese vastísimo sector que se trata de persuadir, obviamente es sobre él que se trata de actuar.

La técnica de persuasión implícita más apropiada para el estado de espíritu en que se encuentra la mayoría es el trasbordo ideológico inadvertido.

3. El método del trasbordo ideológico inadvertido: sus tres intensidades y sus tres fases

Tres son los grados de intensidad posibles, y tres las fases del método del trasbordo ideológico inadvertido. Como diversa puede ser ia intensidad de sus efectos.

Comporta ese método una primera fase, de carácter enteramente preparatorio, consistente en actuar por medio del binomio miedo-simpatía para disponer a una actitud inerte y hasta resignada, ante los progresos del comunismo, a sectores de opinión que a la vista de esos progresos serían propensos a alarmarse y reaccionar. De esa fase tratamos en el capítulo anterior (ítem 9). En ella, el trasbordo ideológico inadvertido alcanza el mínimo de su intensidad.

Este alcanza un grado más en la fase siguiente. Sin percibirlo, el paciente del trasbordo —sea un individuo, un grupo restringido o una gran corriente de opinión— pasa de la resignación a una actitud de expectativa ya un tanto favorable. El fruto del proceso ya no es negativo y preparatorio, sino que tiene algo de positivo.

Por fin, cuando logra transformar al simpatizante en adepto convencido, el trasbordo llega a su plena intensidad y produce su fruto característico.

4. Definición de trasbordo ideológico inadvertido; sus artificios

En su esencia, el proceso de trasbordo ideológico inadvertido consiste en actuar sobre el espíritu de otro, llevándolo a cambiar de ideología sin que éste lo perciba.

Para llegar a ese resultado, es posible echar mano de diversos artificios.

La mayoría de las vezes, esos artificios se reducen a lo siguiente:

a) encontrar en el sistema ideológico actualmente aceptado por el paciente, puntos de afinidad con el sistema ideológico hacia el cual se desea trasbordarlo;

b) supervalorizar doctrinaria y sobre todo pasionalmente esos puntos de afinidad, de tal manera que el paciente acabe por colocarlos por encima de todos los otros valores ideológicos que admite;

c) atenuar tanto cuanto sea posible, en la mentalidad del paciente, la adhesión a los principios doctrinarios que actualmente acepta y que sean inconciliables con la ideología hacia la cual se desea trasbordarlo;

d) despertar en él la simpatía por los militantes y líderes de la corriente ideológica hacia la cual será trasbordado, haciéndole ver en ellos soldados de los principios supervalorizados, conforme a lo expuesto en el ítem b;

e) de esa simpatía, pasar a la cooperación para fines comunes al paciente y sus adversarias doctrinarios de ayer, o quizá para el combate a una ideología o una corriente, enemiga tanto de aquél como de éstos;

f) de ahí, conducir al paciente a la convicción de que los principias supervalorizados son más concordantes con la ideología de sus nuevos cooperadores y hermanos de lucha que con su ideología de ayer;

g) a esta altura, la mentalidad del paciente habrá cambiado y su adhesión a la nueva ideología no encontrará sino obstáculos secundarios.

A lo largo de casi toda esa trayectoria, el paciente no se dará cuenta de que está mudando de ideas. Y, cuando se diere cuenta de esto, ya no se asustará con el hecho. Del principio al fin, imaginará estar actuando por movimiento propio, y no advertirá que está siendo maniobrado. El proceso es inadvertido desde dos puntos de vista:

—porque el paciente durante casi todo el trasbordo casi no lo percibe;

—porque no advierte que ese trasbordo es un fenómeno producido en él por un tercero.

De esta forma, el adversario se transforma gradualmente en simpatizante y por fin en adepto.

5. Ejemplo concreto de trasbordo ideológico inadvertido

Ejemplifiquemos sumariamente, con base en la tan difundida trilogía de la Revolución Francesa, cómo una persona inmune al comunismo puede ser trasbordada inadvertidamente hacia éste.

“Libertad, Igualdad, Fraternidad”: claro está que ninguna de esas palabras tiene un sentido intrínsecamente malo. Sin embargo, se puede abusar de ellas fácilmente.

Así, desde que se ejercite al máximo en un paciente, por media de una hábil propaganda, la pasión de la libertad, se puede crear en él la apetencia desordenada de un estado de cosas en que no haya poder público ni leyes. La naturaleza humana caída tiende fácilmente hacia un tal estado. Y los gérmenes ideológicos legados al mundo por la Revolución Francesa están cargados de estímulos en ese sentido. Ahora, este es también el término en el que, según los doctrinarios del marxismo, debe desembocar en su fase final el Estado totalitario comunista.

De la exacerbación del apetito de igualdad —tan fácil, dada la tendencia del hombre hacia la envidia y la rebelión— resultan lógicamente el odio de toda jerarquía social y económica, y el igualitarismo total, inherente al régimen comunista ya desde la fase del capitalismo de Estado y de la dictadura del proletariado.

Una vez exacerbada la idea de fraternidad, se llega al odio de todo cuanto separa y diferencia proporcionada y legítimamente a los hombres, y luego, al ansia de abolición de todas las patrias, para la instauración de una república universal, otro objetivo del comunismo.

Escogemos como ejemplo esas tres ansias porque a nuestro modo de ver ellas ocupan, en la bolchevización de Occidente, un papel capital. Exagerada la estimación de estos tres valores en la mente de alguien, creado en torno de ellos un clima emocional desequilibrado, es fácil llevar al paciente, de etapa en etapa, a un reformismo liberal e igualitario que, volviéndose siempre más radical, induzca primeramente a la simpatía y a la cooperación con los comunistas, para llegar finalmente a la aceptación del propio comunismo, tenido como la realización absoluta y perfecta de la Libertad, de la Igualdad y de la Fraternidad.

6. Las reformas de estructura en cuanto instrumentos accesorios del trasbordo ideológico inadvertido

En la consideración del ejemplo que acabamos de dar, es fácil percibir en qué medida el trasbordo ideológico inadvertido, que en sí mismo es un proceso de acción ideológica sobre la opinión pública, puede ser auxiliado por las llamadas reformas de estructura.

El liberalismo y principalmente el igualitarismo pueden inspirar —y han inspirado— leyes que conducen a una transformación revolucionaria de las instituciones y de la vida de varias países, cada vez más acentuada.

Alegando el loable propósito de destruir privilegios y desigualdades excesivas, se puede ir más allá, y abolir también, gradualmente, privilegios legítimos y desigualdades indispensables a la dignidad de la persona humana y al bien común. A medida que el rodillo compresor del igualitarismo se vaya tomando así más pesado y destructivo a través de las reformas socialistas e igualitarias —la reforma agraria, la reforma urbana, la reforma de la empresa comercial o industrial [7]— toda la sociedad se irá aproximando al ideal comunista. Y en la proporción en que a esto se habitúe la opinión pública, también ella se irá tornando comunista (cfr. “La libertad de la Iglesia en el Estado comunista”, del mismo autor; “Fiducia” N° 9, junio-julio de 1964, ítem VI, p. 9). Como se ve, las reformas de base socialistas y confiscatorias importan una acción indirecta sobre la opinión pública, que así se va comunizando poco a poco, inadvertidamente [8].

7. Una objeción: incompatibilidad entre liberalismo y socialismo

Se objetará a las consideraciones que acabamos de hacer sobre las llamadas reformas de base, que estas últimas resultan inspiradas por el socialismo. Siendo así, ¿cómo atribuir un papel al liberalismo en esas transformaciones, ya que el liberalismo parece ser precisamente lo contrario del socialismo?

Es bien verdad que un orden de cosas igualitario supondría el dirigismo, pues la libertad produce naturalmente la desigualdad. Sin embargo, los comunistas no ven las cosas así. Para ellos, el dirigismo total inherente a la dictadura del proletariado debe establecer de una vez por todas la igualdad entre los hombres. Alcanzado esto, el poder político deberá desaparecer, cediendo el lugar a un orden de cosas enteramente anárquico (en el sentido etimológico de la palabra), en el cual la plena libertad ya no engendrará desigualdades. Para los comunistas no hay sino una incompatibilidad transitoria entre la igualdad y la libertad. Bajo la dictadura del proletariado, se sacrifica provisoriamente la libertad para instaurar la igualdad total. Esta operación, entretanto, prepara la era anárquica en que la plena igualdad y la total libertad convivirán. De suerte que en su espíritu y en su meta el dirigismo comunista es ultraliberal. Además de eso, en pleno régimen capitalista, el liberalismo prepara el terreno para el comunismo en lo que se refiere a la familia y a las buenas costumbres. A medida que el liberalismo moral va abriendo campo al divorcio, al adulterio, a la rebelión de los hijos y de los empleados domésticos, disuélvese efectivamente el hogar. Y con esto las mentalidades se van habituando cada vez más a un orden de cosas en que no existe familia. En otros términos, van marchando hacia el amor libre, inherente al comunismo.

8. Lo que hay de nuevo en el trasbordo ideológico inadvertido

Ese deslizamiento multiforme de la sociedad occidental y cristiana, de una posición izquierdista hacia otra, con destino final en el marxismo, es un fenómeno antiguo y profundo. El constituye, por su propia esencia, un proceso de trasbordo ideológico más o menos inadvertido, que esa sociedad cristiana viene realizando lamentablemente, a lo largo de varios siglos, en dirección al comunismo.

En esta perspectiva, pues, el fenómeno no es nuevo.

Nuevo, sin embargo, es el aspecto que asume en razón del empeño totalmente especial que, aquí y allá, ciertos círculos desarrollan para imprimir a ese proceso, por medio de artificios diversos, una velocidad sin precedentes. Por otro lado, ya no se trata ahora de obtener que ese deslizamiento se opere por etapas, del centro hacia la izquierda, o de una izquierda moderada hacia otra un poco más osada, sino del centro o de la izquierda moderada hacia un orden de cosas que, en su contenido, es categóricamente comunista. No sólo, pues, por los ya referidos artificios modernos con que es provocado, sino también en cuanto drástica, próxima y hasta inmediatamente tendiente al marxismo, en cuanto marcado por una celeridad y un atrevimiento sin precedentes, en provecho directo del comunismo, es que tal proceso presenta hoy una nota nueva, un tonus rojo intenso que otrora mal se entrevía en él. Nuevo, sobre todo, es el trasbordo ideológico inadvertido en cuanto, de colateral que era, se tornó preponderante en la táctica usada por el comunismo con miras a la conquista ideológica del mundo [9].

 

Capítulo III

La palabra-talismán, estratagema del trasbordo ideológico inadvertido

 

Estudiamos en el capítulo anterior el proceso de trasbordo ideológico inadvertido. Pasemos a considerar ahora la palabra talismán.

1. Estratagema de las más eficaces

La estratagema que aquí denominamos palabra-talismán [10] es uno de los medios más eficaces para operar el trasbordo ideológico inadvertido. Consiste ésta, esencialmente, en emplear, con una técnica sumamente artera, ciertos vocablos más o menos elásticos, propios para actuar de modo muy sui generis sobre la mente de individuos, grupos o grandes colectividades.

2. Método de utilización de la palabra-talismán

El método por el cual se produce, a través de la palabra-talismán, el trasbordo ideológico inadvertido, aunque comporte necesariamente adaptaciones a cada caso concreto, es susceptible de ser descrito en líneas generales.

Emprenderemos esta descripción suponiendo, para mayor comodidad, que este método es aplicado por alguien sobre un grupo restringido de personas. Claro está que es también aplicable por una persona que actúe individualmente sobre otra o por un grupo circunscrito que actúe sobre otro, aún mucho mayor.

La aplicación de este método se desarrolla progresivamente como describiremos a continuación.

A. Un punto de impresionabilidad

Como punto de partida, el método supone, en aquellos sobre los cuales se aplicará, una impresionabilidad especial frente a determinado asunto.

• En el orden de los problemas sociales, ese punto de impresionabilidad será, por ejemplo:

* una injusticia flagrante, como puede haber en ciertos privilegios de clase;

* un riesgo particularmente temible, como el de una revolución social;

* una desgracia presente como el hambre, o la enfermedad.

• En el orden de los problemas ideológicos —filosóficos, religiosos, etc.— el punto de impresionabilidad puede ser, entre otros:

* el infortunio de los que están en el error —herejes, judíos, paganos y otros hermanos separados [11], por ejemplo— y la apremiante necesidad que hay de esclarecerlos e instruirlos;

* la victoria en escala local y mundial, tenida por inminente, de una ideología errada —el marxismo, por ejemplo— con toda la cadena de consecuencias religiosas, culturales y morales de allí derivadas;

* el riesgo de que por el embate creciente de las ideologías y de los regímenes opuestos, se agraven, hasta el paroxismo de la guerra termonuclear, las peligrosas tensiones que atormentan al mundo contemporáneo.

B. Un punto de apatía

En el inicio del proceso, el método supone también, en aquellos a quienes se aplicará, un punto de apatía o de desprevención simétrico con el punto de impresionabilidad.

• En el orden de los problemas sociales, ese punto simétrico puede ser, por ejemplo:

* la insensibilidad ante injusticias que de ningún modo son menos flagrantes o menos numerosas que las ligadas a ciertos privilegios merecidamente detestados. Recordemos aquí, para ejemplificar, las injusticias gravísimas y tan generalizadas, inherentes a la trituración sistemática de los derechos de personas, familias, grupos sociales o regiones, llevada a cabo gradualmente por la masificación de las sociedades contemporáneas (o sea, por la transformación de los pueblos en masa, según la célebre Enseñanza de Pío XII en el Radiomensaje de Navidad de 1944 “Discorsi e Radiomessaggi”, Vol. VI, p. 239). Esa masificación puede tener lugar ya sea por la transformación de las costumbres, ya sea por la acción de las leyes socialistas —cada vez más numerosas en los países no comunistas— o por la implantación de la llamada dictadura del proletariado en aquellos donde triunfa el comunismo. Se inmolan así, sin misericordia, en holocausto a lo que muchos denominan socialización, no sólo las peculiaridades personales, familiares o regionales legítimas, que constituyen valores inestimables, sino también las desigualdades culturales o sociales, proporcionadas, orgánicas, fundadas en justos motivos de orden moral, intelectual o patrimonial.

* la insensibilidad ante la consideración de que, si una revolución social es un mal gravísimo, habitualmente lo es sobre todo por causa de sus objetivos injustos y ruinosos. Y que, pues, nada es más absurdo que querer evitar a toda costa la revolución, haciéndola de arriba hacia abajo y llegando así, precisamente, a los objetivos injustos y ruinosos que se trataba de evitar. En otros términos, es absurdo realizar de arriba hacia abajo, por iniciativa de los mantenedores naturales del orden, las “reformas” que la táctica comunista quiere imponer de abajo hacia arriba ya que esto significa, para todo el cuerpo social, “propter vitam, vivendi perdere causas” (Juvenal, Sat. VIII, 84).

* la insensibilidad ante el hecho de que, si contra el hambre o la enfermedad —considerados aquí como males sociales— se debe hacer absolutamente todo cuanto sea posible, de ningún modo se debe intentar lo imposible, lo utópico, pues esto sólo agravaría, a plazo más o menos corto, esos mismos males que se quieren eliminar. En numerosos casos, son lentas las soluciones profundas y durables de tales males. Esto constituye un motivo para aplicarlas sin prisa. Cumple ponerlas en práctica con redoblada solicitud, para evitar que a la natural demora de la solución, se sume el censurable retardamiento ocasionado por nuestra desidia. Pero hay que renunciar muchas veces al deseo impaciente de resultados inmediatos. Ese deseo nos expone, en efecto, al riesgo de preferir a las soluciones auténticas, las panaceas violentas, eficaces sólo en apariencia, que preconiza la demagogia.

· En el orden de los problemas ideológicos, también simétricamente, pueden ser enunciados los siguientes puntos de apatía o desprevención:

* la insensibilidad ante los riesgos de un celo apostólico intemperante. Siendo la mayor ventura conocer la verdadera Religión, por cierto son dignos de compasión los que no la conocen. Y son de alabar los que emplean todos los medios para traer a la unidad de la Fe a nuestros hermanos separados. Representa pues, para nosotros, un verdadero riesgo omitir por displicencia o ignorancia cualquier forma de acción conducente a tal fin. No obstante, es preciso no ser insensible a riesgos que pueden venir de otro lado, esto es, del ardor desordenado del apóstol y del carácter naturalista de sus métodos. El celo desordenado y el naturalismo pueden inspirar el empleo de técnicas ilegítimas para atraer a los católicos, como lo son la terminología confusa, las concesiones doctrinarias implícitas o explícitas, etc. Considerando tan sólo la eficiencia apostólica de esos malos artificios, debe comprenderse que los más sutiles y coherentes de entre nuestros hermanos separados, lejos de dejarse embelesar por ardides de ese género, los observan con cuidado. Precisamente los mejores y más aproximables de entre ellos están con los ojos puestos en nosotros, para juzgarnos según nuestra sinceridad y nuestra coherencia con la Fe que profesamos. Sólo les podrá causar tristeza y aversión ver que, en el afán de obtener conversiones, confiamos más en técnicas moralmente dudosas, que en lo sobrenatural. Son éstos otros tantos riesgos a los que no debemos ser insensibles. Por fin, y sobre todo, no podemos ser indiferentes al riesgo de exponer a vacilaciones en la Fe a nuestros propios hermanos católicos, persuadiéndolos —a título de coexistencia pacífica con los hermanos separados— a oír conferencias y discursos, a leer libros o participar de reuniones en que la herejía, el cisma, el ateísmo o la corrupción moral les entre en el alma [12]. Debemos velar más aún por la preservación de los católicos, que por la conversión de los infieles. Pues en la jerarquía del amor al prójimo, nadie merece más amor que el hermano que participa de la misma Fe, como advierte San Pablo: “Por lo tanto, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, pero principalmente a los hermanos en la Fe”, (Gál. 6, 10).

* La insensibilidad ante la ilicitud de la renuncia a algunos principios supremos e impostergables, y de la aceptación de algunos de los errores del marxismo, para evitar una victoria total de éste. La victoria del marxismo es, por cierto, causa de desgracias catastróficas. El mayor riesgo para nosotros no está, sin embargo, en ser vencidos por él en el plano militar o político, sino en doblar la rodilla ante el vencedor. Aceptar un modus vivendi que importe una renuncia a principios para evitar las consecuencias funestas de nuestra derrota, renunciar expresa o tácitamente a la institución de la propiedad privada, por ejemplo, para obtener la libertad de culto (cfr. “La libertad de la Iglesia en el Estado comunista”, del mismo autor, ya citado anteriormente), es mil veces más triste que sufrir las persecuciones provenientes de una actitud noble y santamente fiel a la ortodoxia.

* La insensibilidad ante el riesgo de que, en medio del silencio y la inercia de los cristianos, el comunismo domine el mundo. Si los comunistas nos colocan brutalmente en la alternativa de renunciar a combatir sus errores, o de aceptar el riesgo de una guerra, nos exigen implícitamente que escojamos entre el cumplimiento de nuestro deber de cristianos, o una verdadera apostasía. En este caso, es preciso decir como San Pedro: cueste lo que cueste “más importa obedecer a Dios que a los hombres” (Act. 5, 29).

C. Una palabra-talismán

En esa posición inicial en que el paciente, merced a la unilateralidad de su estado de espíritu, ya aparece preparado para la acción psicológica que va a sufrir, el empleo de una palabra bien escogida puede producir efectos sorprendentes. Es la palabra-talismán.

Se trata de una palabra cuyo sentido legítimo es simpático y a veces hasta noble; ella importa, sin embargo, cierta elasticidad. Empleándose tal palabra tendenciosamente, comienza a refulgir para el paciente con un brillo nuevo que lo fascina y lo lleva mucho más lejos de lo que podría pensar.

Citemos algunos de estos sanos y hasta nobles vocablos. Distorsionados, atormentados, desvirtuados, violentados de varios modos, ¡a cuánto equívoco, a cuánto error, a cuánto desacierto ellos han servido de rótulo!

Igualmente puede decirse que los efectos de esa técnica son tanto más nocivos cuanto más digno y elevado es el contenido de la palabra de que así se abusa: “corruptio optimi pessima”. Entre las palabras portadoras de un contenido digno, así transformadas en engañosos talismanes al servicio del error, pueden ser citadas: justicia social, ecumenismo, diálogo, paz, irenismo, coexistencia, etc.

D. ...que suscita una constelación de simpatías y fobias

Así incubados por un espíritu nuevo, cada uno de esos vocablos suscita en las personas que se encuentran en el estado de espíritu indicado más arriba, en los ítems A y B, toda una constelación de impresiones y emociones, de simpatias y de fobias. Esta constelación, como más adelante veremos, va orientando a tales personas hacia nuevos rumbos ideológicos: hacia el relativismo filosófico, el sincretismo religioso, el socialismo, la llamada política de la mano tendida, la franca cooperación con el comunismo, y, por fin, la aceptación de la doctrina marxista.

E. ...dotada de grandes cualidades publicitarias

La víctima del proceso de trasbordo ideológico va siendo cada vez más atraída hacia esos rumbos ideológicos por el prestigio de la propaganda. Las palabras-talismán corresponden a lo que los órganos de publicidad reputan, en general, moderno, simpático, atrayente. Por esto, los conferencistas, oradores o escritores que emplean tales palabras, por ese sólo hecho ven aumentadas sus posibilidades de buena acogida en la prensa, en la radio y en la televisión. Es este el motivo por el cual el radioescucha, el telespectador, el lector de diarios o revistas encontrará utilizadas esas palabras a todo propósito, que repercutirán cada vez más a fondo en su alma.

F. ...de cuya elasticidad se abusa con fines publicitarios

Ese don publicitario de la palabra-talismán conduce al escritor, al orador, al conferencista a la tentación de usarla con creciente frecuencia, a todo propósito, y hasta fuera de propósito. Pues así lograrán hacerse aplaudir más fácilmente. Y, para multiplicar las oportunidades de usar tal palabra, la van utilizando en sentidos analógicos sucesivamente más audaces, a los cuales su elasticidad natural se presta casi hasta el absurdo.

G. ...pasible de ser fuertemente radicalizada

Fabricada así para la palabra-talismán una gran gama de aplicaciones —cada cual más arrojada— las más audaces entre éstas, y por esto mismo más “vedettisticas”, van poniendo en desuso las más moderadas, sensatas y corrientes. Y quien tiempo atrás aplaudió o usó, como si fuese una sabrosa novedad, la palabra-talismán con su significado apenas deformado, pasará a aplaudirla y usarla en un sentido cada vez más extremado, hasta llegar al clímax. Es el fenómeno de la radicación de la palabra-talismán.

H. ...que opera de esta forma el trasbordo ideológico inadvertido

La radicalización de la palabra-talismán va de por sí operando el trasbordo ideológico inadvertido de los que la emplean. Pues, presos a la fascinación del vocablo, van aceptando sin más, como ideales supremos y ardientemente profesados, los significados sucesivamente más radicales que va asumiendo.

Pari passu, esos ideales, con la fuerza de los valores aceptados como supremos, van produciendo en el paciente del trasbordo todas las mudanzas de actitud interior y exterior en relación al adversario de la víspera, que describimos en el capítulo anterior (ítem 4).

Es así que la palabra-talismán sirve para desencadenar y conducir a su término el proceso de trasbordo ideológico inadvertido.

3. Cómo impedir el éxito de la estratagema de la palabra-talismán

El lector se preguntará, naturalmente, si hay algún modo de impedir el éxito de la estratagema que describimos.

Ese modo existe. Es fácil comprenderlo, siempre que se tengan en cuenta algunas características de la palabra-talismán.

A. La palabra-talismán rehúsa explicitarse

El Primer Ministro español Felipe González recibe en el aeropuerto de Madrid al líder sandinista Daniel Ortega y al dictador comunista Fidel Castro, ambos procedentes de Moscú, en 1984.

La utilización de palabras-talismán por parte de líderes socialistas y comunistas, ha reportado a Rusia un provecho mayor aun que sus triunfos militares.

La palabra-talismán radicalizada se resiste a explicitar su sentido. En efecto, su gran fuerza está en la emoción que provoca. La explicitación, atrayendo hacia ella la atención analítica de quien la usa o de quien la oye, perturbaría e impediría ipso facto la fruición sensible e imaginativa del vocablo. La palabra-talismán, manteniendo así obstinadamente implícito su significado, continúa siendo vehículo y escondrijo de su creciente contenido emocional.

B. La explicitación “exorciza” la fuerza mágica de la palabra-talismán

La acción de la palabra-talismán puede, pues, ser “exorcizada” mediante su explicitación. Es la consecuencia de lo que acabamos de decir. Se comprende así la utilidad del presente trabajo, que procura poner a disposición de los interesados el medio de detener el proceso de trasbordo ideológico inadvertido mediante el “exorcismo” de la palabra-talismán.

4. Salvedad en cuanto al uso de la palabra impregnada de significación talismánica

Sería superfluo agregar que aquí no se trata de recomendar que nunca se use la palabra incubada de significación talismánica, sino simplemente que sea usada sólo cuando proceda, y siempre en su sentido natural y legítimo.
 

Capítulo IV

Un ejemplo de palabra-talismán:

“Diálogo”

 

Las indicaciones sumarias que acabamos de hacer parecerán tal vez por demás abstractas. Por eso, en el presente capítulo, ejemplificaremos cómo se emplean las palabras-talismán, analizando cómo una de ellas, la palabra “diálogo”, es utilizada para promover el trasbordo ideológico inadvertido hacia el relativismo hegeliano y hacia el marxismo.

1. “Diálogo”: sentidos legítimos

A. El método adoptado

Para la descripción del proceso de trasbordo ideológico inadvertido operado por medio de los sucesivos significados talismánicos de la palabra “diálogo”, cumple:

—estudiar preliminarmente los sentidos naturales y legítimos de esa palabra;

—indicar en cuál de ellos se produce la evolución hacia un primer sentido talismánico;

—describir cómo, a partir de este punto inicial, y bajo la acción del binomio miedo-simpatía, los sucesivos sentidos talismánicos se engendran unos a otros, y operan el trasbordo ideológico inadvertido.

B. Los significados naturales y legítimos

a. Carácter propedéutico de su estudio

Esta parte del estudio no tiene sino un alcance propedéutico. Para el análisis exacto del proceso talismánico que más adelante haremos:

—resultará cómodo, para el lector, distinguir con la mayor nitidez, en el conjunto de los sentidos naturales y legítimos de “diálogo”, la diferencia existente entre aquel en que se produce la primera distorsión talismánica, y los demás.

—será provechoso, para el lector, tener claramente presentes los elementos que constituyen este sentido legítimo en que ocurre la primera distorsión, para entender mejor las transformaciones que tales elementos sufren en cada una de las etapas de la radicalización talismánica.

b. Multiplicidad de los significados legítimos

Analizando los significados corrientes de la palabra que ahora nos ocupa —como por lo demás, también de otras que tienen cierta conexión con ella, como “dialéctica”, “discusión”, “polémica”, etc., podemos verificar que se les atribuyen significados muy diversos y a veces, desde cierto punto de vista, hasta contradictorios. Y eso se da tanto en los medios cultos como en los de instrucción mediana o baja. Con el correr de los años, la carga emocional que se anexó a alguna de esas palabras vino a alterarles el sentido, haciendo que personas de generaciones diferentes las entiendan de modos también diferentes. De una región a otra de Brasil, y con más razón de país a país, se manifiestan frecuentemente variaciones sensibles.

Por otra parte, el fenómeno no se circunscribe al uso corriente de la palabra, pues en el propio lenguaje filosófico la palabra “dialéctica”, por ejemplo, tiene sentidos tan diversos que, según observa el “Vocabulaire Technique et Critique de la Philosophie” de A. Lalande (verbete “Dialectique”), no es posible emplearla sin determinar muy precisamente cuál es el significado que se le pretende dar.

c. Cómo estudiar esos significados

Para estudiar bien los diversos sentidos legítimos de “diálogo”, parecería aconsejable hacer un inventario de ellos, un estudio de cada cual, y un confrontamiento con los demás.

Pero, no teniendo el presente trabajo un carácter preponderantemente lingüístico, parece adecuado proceder de modo más breve y más claro, poniendo a luz en la etimología de “diálogo” un elemento fundamental que se encuentra en todas las acepciones de la palabra, y haciendo en seguida una clasificación de éstas conforme a un doble criterio que más adelante indicaremos.

Este método nos proporciona un cuadro de conjunto de los sentidos de este vocablo, y nos permite situar en su panorama propio, con la precisión necesaria, las acepciones legítimas que serán corrompidas por el proceso talismánico.

d. Criterio de clasificación

Esta clasificación de los diversos significados de la palabra “diálogo” se hace:

—desde el punto de vista del objetivo del diálogo;

—desde el punto de vista de la actitud emocional de las personas que dialogan, de la cual se siguen consecuencias para la forma del diálogo.

Será fácil verificar cómo, consideradas desde estos puntos de vista las modalidades de diálogo, a cada una de ellas corresponde un significado del vocablo.

e. Terminología

Indicando con una palabra explicativa complementaria —para mayor claridad— cada uno de los significados clasificados, se constituye una terminología mediante la cual el lector podrá acompañar, sin gran esfuerzo, nuestro estudio.

f. Selección de los significados

Es posible que algunos significados legítimos de “diálogo” no estén incluidos en la clasificación. Nuestro deseo no fue clasificarlos a todos, sino solamente a los que tienen más importancia en función del criterio de la clasificación, o sea, de la naturaleza misma del diálogo.

g. Salvedad importante

Como fácilmente se verá, no importa mucho, para la intelección de nuestra tesis, que el lector prefiera otro criterio de clasificación o lamente la omisión, en el que adoptamos, de algún otro significado de “diálogo”. En efecto, la clasificación que proponemos tiene carácter meramente propedéutico. Nuestra exposición puede ser fácilmente comprendida y seguida, siempre que el lector tenga en mente las diversas acepciones de “diálogo” aquí explicitadas con el auxilio de las palabras complementarias constantes de nuestra terminología.

h. Etimología de “diálogo”

En la etimología de la palabra “diálogo” se encuentran los elementos para determinar su significado.

El vocablo griego dio’logoz se compone de dia’ que significa separación, disyunción, y lagoz que equivale a “verbo”. De ahí el empleo de “diálogo” en Sócrates y Platón, para designar la forma de elaboración intelectual en que dos o más interlocutores, procediendo por medio de preguntas y respuestas, se empeñan en distinguir las cosas según sus géneros [13].

Se comprende que, a partir de esa etimología, la palabra “diálogo”, tomada en sentido lato, haya llegado a abarcar en los principales idiomas de Occidente, como registran los diccionarios, toda y cualquier forma de interlocución [14]

i. Modalidades de diálogo según sus fines

En el diálogo en sentido lato hay que hacer una primera distinción. En el transcurso de la exposición veremos fácilmente el alcance que presenta esta distinción. El diálogo, desde el punto de vista de su finalidad:

• 1 —o es tal que los interlocutores no intentan persuadirse mutuamente, lo que puede darse:

* a —cuando el diálogo procura el mero intercambio de informaciones, o el entretenimiento de las partes (a esa modalidad la denominaremos “diálogo-entretenimiento”);

* b —cuando procura la colaboración de las partes para la investigación o análisis de un asunto que ambas conocen insuficientemente (“diálogo-investigación”);

• 2 —o es tal que los interlocutores piensan de un modo diverso sobre el asunto en cuestión, y cada cual procura, por medio de argumentos, persuadir al otro a cambiar de convicción (“discusión”) [15].

j. Correspondientes diferencias de actitud emocional

A estos diferentes objetivos e intenciones corresponden, respectivamente, actitudes emocionales diversas en las personas que toman parte en el diálogo:

• 1 —cuando los interlocutores no procuran recíprocamente mudar las opiniones, la actitud emocional es de distensión:

* a —esa distensión es plena y continua en el caso del diálogo-entretenimiento;

* b —esa distensión también es plena en el caso del diálogo-investigación; pero, como a lo largo de la investigación puede surgir alguna divergencia accidental y transitoriamente, es posible que surja en el transcurso del diálogo-investigación alguna tensión pasajera [16];

• 2 —en el caso de la discusión, la actitud emocional de los interlocutores tiene habitualmente un carácter diverso: las diferencias de convicción crean entre ellos una heterogeneidad que constituye, por sí misma, un obstáculo a la simpatía; la argumentación con que cada cual procura convencer al otro, puede originar fácilmente un tenor de relaciones más o menos parecido —conforme el caso— a una lucha.

Así, el diálogo comporta dos modalidades fundamentales que se distinguen por su objetivo y, como corolario, por la actitud emocional que marca la relación de los interlocutores entre sí.

k. Diálogo “lato sensu”, diálogo “stricto sensu” y discusión

A la modalidad de diálogo arriba descrita —número 2, ítems “i” y “j”— le es enteramente propia la palabra “discusión” (del latín “discutere”, esto es “dis”, que indica “separación” y “quatere”, agitar).

Pero, ¿cómo designar la forma de diálogo indicada en el número 1 de aquellos ítems? Para ella no existe un vocablo distintivo. Se llama “diálogo” también.

De allí se constituye un sentido estricto de la palabra “diálogo”, designando la modalidad N° 1 (que a su vez comprende el diálogo-entretenimiento y el diálogo-investigación), al lado del sentido lato y etimológico ya analizado.

Frente a estos dos sentidos de “diálogo”, ¿cuál es la posición del vocablo “discusión”? Como vimos, él designa una de las modalidades del diálogo “lato sensu”. Y, por otro lado, como dentro del género las especies se distinguen y se oponen, “discusión” es lo contrario de “diálogo” en sentido estricto.

l. Discusión-diálogo, discusión pura y simple, polémica

Respecto a la discusión también hay que hacer distinciones. En efecto, ella comprende tres grados de intensidad:

• 1 —la discusión puede tener un carácter extremadamente sereno y cordial de modo que, conservando plenamente el contenido de una discusión, presenta la amenidad de la forma que es propia al diálogo “stricto sensu”. Nótese bien que, como cada interlocutor intenta mudar la persuasión del otro, estamos aquí en presencia de una discusión auténtica y no de un diálogo en sentido estricto. Es tan sólo en algo accidental —esto es, en su forma, en la suavidad de trato— que esta modalidad de discusión se asemeja al diálogo “stricto sensu”. Siendo así, no es sólo en sentido lato que se aplica el término “diálogo” a este tipo de discusión; sino que también se aplica a un título particular y específico, derivado, como por ósmosis o asimilación, de la mera semejanza accidental que hay entre el diálogo “stricto sensu” y esta modalidad de discusión. Por eso, la denominaremos “discusión-diálogo;

• 2 —la discusión tiene, en un segundo grado de intensidad, el calor emocional común que es inherente a una interlocución en que cada parte quiere persuadir a la otra. A esta modalidad —que corresponde al sentido corriente de la palabra “discusión”— la llamaremos “discusión pura y simple”;

• 3 —la discusión puede tener, finalmente, un calor emocional muy grande, denominándose entonces “polémica” (del griego polvµoz, guerra). En razón de su vehemencia particular, la polémica tiene, en, general, un carácter estrepitoso y, cuando versa sobre doctrinas, también pasa fácilmente al terreno del ataque personal [17].

m. Cuadro esquemático de los sentidos legítimos de “diálogo”

Podemos sintetizar en el esquema siguiente, todas esas nociones sobre los diversos significados de “diálogo”:

n. Rasgo común a los diversos sentidos de “diálogo”

Excepto, como es obvio, cuando es tomada en sentido lato, la palabra “diálogo” presenta en sus diversas acepciones una nota de armonía, de concordia, de paz.

Esa nota es inherente al diálogo “stricto sensu”, esto es, al diálogo-entretenimiento y al diálogo-investigación, a los cuales es propia una actitud emocional de entera distensión.

Y, como vimos, solamente en la medida en que la nota de armonía esté presente de modo notable en una discusión, es que esta podrá ser llamada “diálogo”, por asimilación, constituyéndose así la discusión diálogo.

Por más amena que sea una discusión-diálogo nunca será esencialmente un diálogo “stricto sensu”, porque a toda y a cualquier discusión es inherente una nota de pugnacidad.

C. La pugnacidad en las diversas modalidades de discusión

¿Cuál es la naturaleza de esa nota de pugnacidad? Es intelectual cuando consiste en un esgrimir de argumentos con los que cada parte procura persuadir a la otra, según la fórmula de San Remigio, a “quemar lo que adoró y adorar lo que quemó”. Es volitiva y emocional, cuando al embate de las ideas se suma el calor del entrechoque de las voluntades, y la estridencia de los modos de sentir dispares.

D. La discusión pura y simple y la polémica, ¿tienen un carácter peyorativo?

Esa nota de pugnacidad intelectual, volitiva o emocional, ¿constituye un mal en sí? La discusión pura y simple y la polémica, ¿tienen un carácter peyorativo? Es necesario responder a esta pregunta, porque es a partir de la mala solución que muchos le dan, que se desarrolla la estratagema de la palabra-talismán “diálogo”.

No nos ocuparemos del problema de la licitud de la nota de pugnacidad en la discusión-diálogo, donde ella es casi imperceptible. Primeramente, veremos lo referente a la discusión pura y simple.

a. Relación del problema con el pecado original

En sí mismos, los entrechoques de orden ideológico, volitivo o emocional son frutos del pecado original. Sería deseable que entre los hombres jamás hubiese disensiones, discusiones o luchas.

Dada la existencia, sin embargo, del pecado original, ¿es legítima y provechosa la discusión pura y simple? En principio, sí.

b. La lógica, medio de conquistar la verdad y el bien

En efecto, si se admite la existencia objetiva de la verdad y del error, del bien y del mal, y la idoneidad de la lógica para conducir al hombre al conocimiento de la verdad y sacarlo de las redes del error, para llevarlo a amar el bien y apartarlo de las garras del mal, es forzoso reconocer el provecho de esa modalidad de discusión. Porque por medio de ella una persona puede hacer a otra el mayor de los beneficios, cual es el de sacarla del error y del mal, y darle la posesión de la verdad y del bien.

c. La influencia de los factores emocionales

Pero, dirá alguien, ¿la discusión pura y simple no debe ser siempre fría y apática, en el sentido etimológico del término?

No pensamos así. Todo hombre tiene un natural apego a sus convicciones y por eso, por lo general, sólo se desprende de ellas a disgusto. Este apego se ve aún muy acentuado por el hecho de que ciertas convicciones dan origen, lógicamente, a todo un conjunto de hábitos, a todo un modo de ser, a todo un género de vida, y cambiarlos acarrea para el hombre la necesidad de aceptar, en ciertos puntos sensibles, dolorosas transformaciones. Movido por el amor noble, ordenado y fuerte que tiene a la verdad y al bien, o por el miserable, tormentoso y violento amor que tiene al error y al mal, el hombre no se comporta, al discutir, como una mera y fría máquina de razonar. Por lo mismo que es hombre, al discutir se empeña entero no sólo con todos los recursos de su inteligencia, sino también con todo el rigor de su voluntad y el calor de sus pasiones buenas o malas.

Así entablada, la discusión pura y simple, aunque conserve siempre el primado del raciocinio, del cual le viene su principal razón de ser y lo mejor de su dignidad, no consiste en una mera argumentación. Por un incontestable derecho de la virtud, como por una interferencia frecuente del pecado, es explicable que se presente, muchas veces, con una nota saliente de combatividad emocional.

De este modo, si bien es verdad que en ciertas circunstancias la discusión pura y simple se dignifica revistiéndose de una noble y superior serenidad, hay otras ocasiones en que sólo lucra si está iluminada por el fuego del celo de la verdad y del bien.

d. Factores de persuasión colaterales a la argumentación

A veces, el espíritu humano comienza, con toda naturalidad, a percibir la veracidad de una tesis encontrándola amable o encontrándola bella. Como entre la bondad, la belleza y la verdad hay una reversibilidad profunda, el amor muchas veces facilita la percepción de la verdad. Y la fuerza de persuasión de la persona que discute no está solamente en el raciocinio, sino también en todo su modo de ser y de hablar, que frecuentemente permite apreciar la belleza o la bondad de la causa que sustenta. Ahora, en el alabar el bien o lo bello entra naturalmente un factor emocional que fácilmente lleva la discusión pura y simple a crecer en ardor, llegando, a veces, hasta la polémica.

e. Legitimidad de la ira en la discusión pura y simple

Pero, podría objetarse, los argumentos arriba expuestos abren las puertas a la ira, que jamás puede penetrar en la interlocución.

Vimos hace poco que las pasiones del hombre tienen un lugar legítimo en el embate de las ideas. Desde el punto de vista moral esto se explica fácilmente, pues en si misma ninguna pasión es mala: todas son indiferentes y pueden influir legítimamente en la discusión pura y simple siempre que no sean intemperantes. La ira no es sino una de las pasiones. Y, dentro de los límites de la temperancia, puede muy bien comunicar su marca específica al embate de las ideas. Agréguese a esto, además, que la ira santa contra el error y el mal, en vez de turbar la perspicacia del espíritu, en muchos casos la aumenta, y con esto contribuye a la lucidez de la discusión pura y simple [18].

f. El contraste y la pugnacidad, necesarios para demostrar la verdad

Mostrar cuán verdadera, buena y bella es una tesis, es tarea muchas veces ardua. Hablamos hace poco de los efectos del pecado original, de los hábitos y de las pasiones en el espíritu humano, así como de las crisis que ciertos cambios de opinión pueden acarrearle al hombre. Entonces, en el vértice de tales crisis, éste vacila. La contradicción entre las ideas cuya veracidad entrevé, y la vida que lleva, le parece insoportable. Se le cruza en el camino la famosa alternativa formulada por Paul Bourget [19]: ¿conformará sus ideas con sus actos, o sus actos con sus ideas?

Claro está que, en situaciones tan oscuras y dolorosas, hay que echar mano de todos los recursos de argumentación realmente convincentes. Y uno de ellos es, sin duda, el contraste.

Santo Tomás enseña que uno de los motivos por los que Dios permite el error y el mal es para que, por contraste, resalte mejor el esplendor de la verdad y el bien [20]. En el discutir, de ninguna manera es lícito desdeñar el contraste, ese tan precioso recurso del Divino Pedagogo, que en los planes de la Providencia de algún modo compensa los innumerables inconvenientes de la existencia del error y del mal en este mundo. Ahora, ¿cómo hacer valer el contraste, sino por la denuncia abierta y categórica de todo cuanto el error tiene de falso, y el mal de censurable? No basta, pues, con alabar a la verdad y al bien. Es legítimo, en la discusión pura y simple, desarrollar en toda la medida de lo posible la nota de pugnacidad. Así se legitima el ataque, tanto a las ideas falsas, cuanto a las personas.

—… sea en lo que se refiere a las ideas

Ataque a las ideas falsas, en primer lugar: mostrando lo que ellas tienen de erróneo, de contradictorio, de inmoral, se produce un impacto saludable en el ánimo de quien las profesa. Todo un conjunto de preconceptos y apegos desordenados puede resultar quebrantado con esto. Y así, la luz de la verdad, el buen olor de la virtud, puede penetrar en la pobre alma hasta hace poco enteramente encarcelada en el error.

—… sea en lo que se refiere a las personas

Ataque a las personas, en segundo lugar. Cuando ese ataque es hecho de modo que muestre en la persona atacada tan sólo el error y el pecado en que se encuentra, sin extenderse inútilmente a otros puntos, se puede abrir sus ojos sobre el estado en que se encuentra, invitándola eficazmente a volver a la verdad y al bien. Y si el ataque tiene lugar en presencia de terceros, no solo se neutraliza en éstos el efecto del escándalo, sino que también se consigue aumentar, por contraste, su amor a la verdad y al bien. Es obvio que tales ataques sólo se legitiman cuando son realmente necesarios, y se deben hacer según las reglas de la justicia y de la caridad, de manera que, por más que sean claros y vayan al fondo de las cosas, no menoscaben en la persona atacada su dignidad de hombre y, eventualmente, de cristiano.

Ataques de esta índole, hechos en el momento adecuado, y con lenguaje digno, han producido a lo largo de la historia un gran bien, aun cuando hayan sido dirigidos contra los poderosos de la tierra, habituados a ser tratados con especial respeto. Un gran bien, muchas veces, para las personas a quienes se dirige, y siempre una notable edificación para el pueblo. San célebres, por ejemplo, los ataques del Profeta Nathan contra David, de San Ambrosio contra el Emperador Teodosio, de San Gregorio VII contra Enrique IV, o de Pío VII contra Napoleón. ¡Cuántas y cuán sazonadas gracias se han seguido de allí, ya sea en el sentido de apartar las almas del error y del mal, sea en el de atraerlas para la verdad y el bien! Cambian los tiempos, pero el orden profundo de las cosas no cambia. Incluso los déspotas totalitarios de nuestro siglo, aunque ciertamente más intratables que los potentados de otrora, no son tales que se pueda afirmar que ataques de este género jamás les serán de provecho.

g. Artificialidad de la abolición de la discusión pura y simple

Como ya fue dicho, la discusión pura y simple no es un mero entrechoque de argumentos. Bajo cierto aspecto es un entrechoque de personalidades. Hay en ella un contacto de alma a alma, en el que por medio de la insistencia, de la repetición (que Napoleón consideraba la mejor figura de retórica), de la atracción de un contendor hacia otro —o de la repulsa— una verdadera influencia se ejerce entre las partes. El juego de tales factores contribuye aún más para dar a esta modalidad de interlocución una real semejanza con un torneo, y hasta con una lucha.

Todas estas consideraciones hacen ver que la discusión pura y simple responde a necesidades naturales y profundas de la convivencia humana. Y que proscribirla, para reducir las formas de esta convivencia al mero diálogo en sentido estricto (o a la discusión-diálogo), seria artificialidad grave y peligrosa.

h. Artificialidad, causa de confusión y de lucha

Peligrosa, decimos, porque toda artificialidad lo es. En efecto, las fuerzas de la naturaleza violentadas y expulsadas vuelven con redoblado vigor. Lo dice Horacio en forma lapidaria: “Naturam expelles furca, tamen usque recurret” (Epist., I, 10, 24). No temiendo caer en lo artificial, por un mal entendido amor a la concordancia, se deja de lado . un medio indispensable, en la convivencia humana, para la elucidación de la verdad. Con esto, se desliza hacia la confusión, la cual es uno de los factores más siniestros y profundos de perturbaciones, querellas y luchas prolongadas, inextricables y cargadas de odio. Como se sabe, nada perjudica más la verdadera paz —que es la tranquilidad del orden (cfr. San Agustín, De Civ. Dei, XIX, c. 13)— que el apagarse entre los hombres la verdad y el bien, fundamentos únicos de ese mismo orden. Quien niega la licitud de la discusión pura y simple, imaginando tal vez trabajar por la concordia, de hecho implanta el reino de la discordia.

i. La discusión pura y simple, ¿no perjudica la caridad?

Al leer estas consideraciones, más de un lector, influido por el irenismo corriente en nuestros días, sentirá subir desde el fondo de su alma una aprensión: ,no habrá imprudencia de nuestra parte en el elogio que aquí hacemos de la discusión pura y simple? Aunque tengamos razón en el orden abstracto de los principios, es tal la facilidad con que se puede abusar de esa modalidad de interlocución, que sería mejor proscribirla del todo. “Abusus non tollit usum”, respondemos con el viejo adagio jurídico. Si la discusión pura y simple es lícita en sí misma, y tiene una función específica en el orden natural de las cosas, por esto mismo ocupa un lugar en los planes de la Providencia. “Tempus tacendi, et tempus loquendi” (Eccle. 3, 7): aplicando el principio de la Escritura, podemos decir que hay ocasiones en que es oportuno no discutir, pero hay otras en que se tiene el derecho y hasta la obligación indeclinable de hacerlo. De esto nos dio ejemplo el Divino Maestro (cfr. Jo. 8 y ss). Por ello, peor abuso que a veces discutir mal, es el no discutir absolutamente nunca.

Presentar la discusión pura y simple, por medida de prudencia, como siempre ilícita, siempre peligrosa, siempre nociva a las almas, constituye un verdadero escamoteo doctrinario.

Si quien debe discutir es un católico, hay en este escamoteo, además, un síntoma de un acentuado naturalismo. Pues si discutir constituye para él un derecho o hasta un deber, ¿cómo admitir que le sea imposible, con la abundancia de gracias que la Iglesia dispensa, hacerlo según los principios de la justicia y de la caridad? ¿Para él ya no vale más el “omnia possum in eo qui me confortat” (Filip. 4, 13)?

j Consecuencia: la discusión pura y simple no tiene carácter necesariamente peyorativo

No. Es inadmisible condenar en tesis la discusión pura y simple, y atribuirle un carácter necesariamente peyorativo.

k. La polémica tampoco tiene necesariamente carácter peyorativo

Todo cuanto dijimos de la discusión pura y simple vale también para la polémica. Esta posee, en el más alto grado, la pugnacidad inherente a aquella, y por esto —cuando es mala— puede tener en grado superlativo todo cuanto tienen de censurables las exacerbaciones de la discusión pura y simple. Por motivo análogo, también la polémica, cuando es buena, tiene en grado excelso todas las cualidades inherentes a la discusión pura y simple bien conducida [21]. Fue lo que tuvimos ocasión de sostener más extensamente en el libro titulado “En Defensa de la Acción Católica” (Editora Ave Maria, São Paulo, 1943), el cual fue objeto en 1949 de una expresiva carta de alabanza, escrita en nombre del Papa Pio XII por el entonces Sustituto de la Secretaria de Estado, Monseñor Juan Bautista Montini, quien fuera posteriormente Pablo VI.

A quien causare extrañeza lo que afirmamos de la buena polémica, recordamos simplemente que, por evidente disposición de la Providencia para el bien de las almas, el Espíritu Santo suscitó en la Iglesia polemistas eminentes, que gozan de la honra de los altares, y cuyas obras constituyen altísima gloria de la Iglesia y de la cultura cristiana. Mencionemos, entre tantos otros, a San Jerónimo, San Agustín, San Bernardo y San Francisco de Sales.

l. La discusión pura y simple, la polémica, y la opinión pública

No podríamos dar por cerradas estas consideraciones sin hacer una observación sobre la verdadera dimensión de los problemas suscitados a propósito de la discusión pura y simple, y de la polémica. En general, se trata de esos problemas tomando en consideración únicamente a los interlocutores que discuten o polemizan. En la realidad, cuando por el tema abordado la discusión pura y simple y la polémica interesan a muchas personas, y se hacen con publicidad adecuada, tienen un alcance social, pues provocan una multitud de controversias congéneres entre los que de ellas toman conocimiento. La amplitud del fenómeno puede llegar a la formación de dos o más corrientes de opinión en el seno de la sociedad. Del vocerío confuso de las disputas individuales van emergiendo entonces, en un campo y en otro, voces más altas, más ricas de pensamiento y más cargadas de fuerza de expresión, que a su vez traban entre si controversias de gran porte. En unas y otras se compendia, se define, adquiere mayor densidad de pensamiento, toma vuelo y es llevado hasta sus últimas consecuencias todo cuanto en los diversos campos se va afirmando.

Así, las corrientes de opinión se enfrentan y se expresan en diversas gamas y, trabadas por los grandes, las discusiones y las polémicas a su vez repercuten nuevamente sobre los pequeños, inspirándolos y orientándolos.

En su forma más ilustre, e históricamente más importante, la discusión pura y simple y la polémica surgen, se desarrollan y se exhiben ante los ojos de multitudes sobre las cuales ejercen una acción rectora del mayor alcance. Y en función de esas multitudes alcanzan su plena dimensión.

Todo esto considerado, se percibe que la estrategia apostólica no puede ser concebida y ejecutada apenas con vistas a la persona o a la corriente de opinión restringida con la cual el católico discute, sino en relación al público a veces inmenso que acompaña, como espectador interesado, la discusión pura y simple o la polémica. Ahora bien, si el uso de la discusión sumamente amena (discusión-diálogo) puede convenir frecuentemente para atraer y persuadir a otro interlocutor, las legítimas exigencias de alma del público impondrán, algunas veces, que se refute y fustigue con vehemencia el error y el mal. Pues en determinadas circunstancias habría riesgo de que una inoportuna serenidad de los defensores de la buena causa produjese en el público una verdadera atonía del sentido católico o de la sensibilidad moral. Y en esto hay un argumento más para probar que la discusión pura y simple y la polémica son, en ciertos casos, indispensables.

En este sentido, es instructiva la lucha dos veces milenaria de la Iglesia contra los sistemas religiosos y filosóficos que le son opuestos. En esa lucha, el diálogo viene significando, con intensidad mayor o menor, la discusión pura y simple y la polémica, tomándose en consideración esas conveniencias no sólo en el nivel de los contactos individuales, sino también en el de grupos, de naciones o de todo el género humano.

m. La discusión pura y simple, la polémica y el carácter de la Iglesia

La proscripción sistemática de toda discusión pura y simple y de toda polémica, y la reducción de todos los contactos entre las partes a meras discusiones-diálogos (esto es, discusiones sumamente serenas y cordiales), tendrían para la Iglesia consecuencias de una importancia que nunca sería suficiente acentuar.

Tales diálogos jamás bastarían a todas las necesidades tácticas de la Iglesia Militante. En efecto, algo auténticamente militante, en el sentido fuerte de la palabra, es inherente al “inimicitias ponam” (Gén. 3, 15) y a la condición terrena de la Iglesia. Ella jamás dejará de tener delante de si enemigos —en el propio y verdadero sentido de la palabra— inspirados por una hostilidad que va, conforme el caso, desde la simple antipatía hasta el auge del odio. Esos enemigos jamás serán tan sólo ideas abstractas, meros factores sociales o económicos adversos: serán también hombres de carne y hueso, que constituirán hasta el fin del mundo la raza de la Serpiente [22]. Y la Esposa de Cristo jamás podrá dejar de combatirlos.

Esto no quiere decir que en cada persona o institución no católica la Iglesia sólo deba ver un enemigo. Pero es utópico imaginar que Ella encuentre, en alguna época histórica, entre los que son ajenos a su gremio, únicamente a hombres llenos de simpatía, que la interroguen sonrientes sobre un punto u otro para el cual no encuentran explicación, y que de sonrisa en sonrisa, sin mayores complicaciones, acaben siempre por convertirse.

Además, llevaría muy lejos el utopismo quien, en este siglo de campos de concentración y de cortinas de hierro, de bambú o de lo que sea, imaginase que es sólo gente tan desprevenida y risueña la que tiene la Iglesia delante de sí.

Además, esa simple discriminación de los no católicos en dos categorías, una de los adversarios, otra de los que podríamos llamar ignorantes benévolos, carece de consistencia. En la realidad son pocos, entre los no católicos, los que llevan al extremo el odio a la Iglesia, como también los que están exentos de toda antipatía en relación a Ella. La mayor parte pertenece simultáneamente —y en proporciones variables al infinito— a las dos categorías aludidas, de manera que la benevolencia, la antipatía y la ignorancia se mezclan en cada cual de un modo peculiar, en lo que se refiere a la Iglesia. Y esto lleva necesariamente a cada católico a usar —en proporciones también diversas al infinito— el lenguaje propio de los varios tipos de interlocución. El ser ingenioso aquí no consiste en excluir alguno de ellos, sino en utilizar cada uno, combinándolo o no con los otros, y en la medida en que el caso concreto lo exigiere.

2. La fermentación emocional irenista

Cumple situar en su contexto ideológico y en su cuadro psicológico propio la tendencia irenista [23] que, a propósito de los diversos sentidos de las palabras “diálogo” y “discusión”, venimos analizando.

A. Un orden de cosas evolucionado y paradisíaco: “la era de la buena voluntad”

¿Qué utopías, qué estados emocionales singulares son capaces de llevar a alguien a admitir como deseable y posible un nuevo orden de cosas, una era que se podría llamar de la buena voluntad, en que los hombres ya no discutirían ni polemizarían entre sí?

Tal orden de cosas supondría que el género humano, superados los efectos del pecado original por una extensa evolución, y constando por esto mismo tan solo de hombres de buena voluntad, pudiese inaugurar un estilo de convivencia en que los desacuerdos , si los hubiere, fuesen eliminados por la acción dilucidadora de contactos sin pugnacidad.

B. La era de la buena voluntad, el utopismo anarquista inherente al comunismo, y la república universal

Supuesta tal “evolución” de la humanidad, del estado actual para esa era de la buena voluntad, sus efectos no se ceñirían solamente a la esfera de la convivencia privada, sino que pasarían lógicamente a la esfera jurídica y hasta política. Hombres que no yerran, ni intelectual ni moralmente, o en los cuales el error es tan ligero que una elucidación cordial los pone inmediatamente en el justo camino, tienen necesariamente una vida política sin enfrentamientos ni fricciones. Entre ellos las revoluciones son imposibles, y también los crímenes. Una nueva perspectiva en las relaciones jurídicas se abre a partir de esas divagaciones. Y, de consecuencia en consecuencia, en la última línea del horizonte aparece, en rigor de lógica, tal debilitamiento de las funciones de la ley y de la justicia, que el poder público queda reducido a un ámbito meramente administrativo, y transformado más o menos en una cooperativa. Es el orden de cosas anárquico y cooperativista soñado por el comunismo como ideal posterior a la dictadura del proletariado.

Por una análoga concatenación de consecuencias, que se siguen ineluctablemente unas a otras, la evolución humana habría de proyectar sus efectos en una esfera de convivencia aún más alta, o sea, la de la convivencia de las naciones entre sí. Las rivalidades de intereses y las tensiones de carácter ideológico desaparecerían de la vida internacional. La misma ONU moriría por innecesaria. Una supercooperativa conjugaría en el plano mundial los esfuerzos de los pueblos, como lo harían en el plano nacional cooperativas menores. Sería una manera anárquica de república universal.

Y así, en todas las formas de relaciones entre individuos y entre pueblos reinaría la concordia, absolutamente inalterable, sobre la tierra regenerada y habitada tan sólo por hombres de buena voluntad.

No simplifiquemos las cosas excesivamente. El diálogo, en la era de la buena voluntad, y sobre todo en su comienzo, cuando aún algo restase de la era anterior, a veces no sería fácil ni corto. Exigiría, no raramente, de una y otra parte, una gran paciencia. Pero la certeza del resultado final positivo daría ánimo a los hombres para desenmarañar paulatina y pacíficamente todos los equívocos y confusiones, y para soportar las aborrecidas prolongaciones inherentes a esa tarea.

C. El irenismo religioso en la era de la buena voluntad

El irenismo sería una de las consecuencias más importantes de la instauración de la era de la buena voluntad. Las diversas especies de discusión —a fortiori las expediciones guerreras y religiosas como las cruzadas— deberían ser proscritas en ella como intrínsecamente malas, y bajo el más pesado oprobio, dejando lugar exclusivamente a las demás modalidades de la interlocución, que serían la única forma lícita de contacto entre las diferentes religiones.

D. Irenismo, ecumenismo y modernismo

Es imposible no sentir aflorando a los labios, a esta altura del estudio del irenismo, la palabra “ecumenismo”, tan frecuentemente empleada cuando se habla de diálogo.

Conviene distinguir, desde luego, dos formas de ecumenismo. Una procura —con el fin de encaminar las almas al único redil del único Pastor— reducir cuanto sea posible las discusiones puras y simples y las polémicas, en favor de la discusión-diálogo y de las otras formas de interlocución. Tal ecumenismo tiene amplia base en numerosos documentos pontificios, especialmente de Juan XXIII y Paulo VI. Pero otra modalidad de ecumenismo va más allá, y procura extirpar de las relaciones de la Religión Católica con las otras religiones todo y cualquier carácter militante (cfr. nota 21, de este capítulo).

Ese ecumenismo extremo tiene un fondo evidente de relativismo o sincretismo religioso, cuya condenación se encuentra en dos documentos de San Pio X, la Encíclica “Pascendi” contra el modernismo y la Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique” contra el “Sillon”.

E. Otras formas de irenismo ideológico

Lo que aquí decimos del irenismo religioso fácilmente se traspone, mutatis mutandis, al irenismo en cuanto aplicado a los asuntos filosóficos o ideológicos de cualquier otra naturaleza.

F. Irenismo, relativismo y hegelianismo

Como se ve, el irenismo, en sus múltiples formas, conduce lógica-mente al relativismo.

De hecho, la apetencia exacerbada de la concordia unánime, omnímoda, universal y definitiva entre los hombres, lleva al deseo de subestimar el alcance de los puntos de divergencia entre ellos. De esa subestimación se llega fácilmente, como adelante veremos de modo más detenido, a una posición relativista que, para suprimir las divergencias, acaba por considerar relativo el valor de todas las opiniones, y por negar que cualquiera de ellas sea objetivamente verdadera u objetivamente falsa.

Ese relativismo total es más negativo que afirmativo. Niega todos los otros sistemas, aunque sin embargo no ofrece una concepción positiva del hombre, de la vida y del universo. El impulso irenístico no se podría contentar con esto. Tendiendo por su natural dinamismo hacia su propio extremo, toma un carácter hegeliano. O sea, concibe la marcha del pensamiento, y aun la de la Historia, como movida por la eterna fricción de doctrinas o de fuerzas al mismo tiempo relativamente verdaderas y relativamente falsas. De esa fricción de la tesis con la antítesis nacería por vía de superación una nueva “verdad” relativa, la cual a su vez entraría en fricción con otra, dando origen a una nueva síntesis, y así indefinidamente. Este es el término final del largo itinerario que, iniciado en el simple irenismo, llevando ese mismo irenismo de refinamiento en refinamiento, llega al relativismo y por fin al hegelianismo.

G. Colaboración con la “élite” de los hermanos separados en la lucha contra el relativismo irenista

Cabe, a esta altura, hacer una observación. El ecumenismo extremo produce —no sólo entre los católicos, sino también entre los hermanos separados, sean ellos cismáticos, herejes u otros cualesquiera— una confusión trágica, por cierto una de las más trágicas de nuestro siglo tan lleno de confusiones.

En efecto, no hay mayor peligro, en el terreno religioso, que el relativismo. El amenaza a todas las religiones, y contra él deben luchar tanto el genuino católico, cuanto cualquier hermano separado que profese seriamente su propia religión, y tal lucha —vista desde este ángulo— sólo puede ser llevada a cabo por un esfuerzo de cada uno para mantener el sentido natural y propio de su creencia, contra las interpretaciones relativistas que la deforman y socavan. El aliado del verdadero católico en esa lucha, será por ejemplo el judío o el musulmán que no tenga la menor duda, no sólo sobre lo que nos une, sino también sobre lo que nos separa. Es a partir de esta forma de actitud que el relativismo puede ser expulsado de todos los campos en que procura entrar. Es sólo a partir de ella que la interlocución, en sus varias modalidades, inclusive la discusión pura y simple y la polémica, puede contribuir a llevar los espíritus a la unidad. Las cuentas claras hacen buenas amistades, dice un proverbio. Sólo la claridad en el pensar y en el expresar lo que se piensa, conduce verdaderamente a la unidad.

El ecumenismo exacerbado, tendiendo a que cada cual procure ocultar o subestimar los verdaderos puntos de discrepancia en relación a los otros, induce a un régimen de “maquillaje”, que sólo puede favorecer al relativismo, esto es, al poderoso enemigo común de todas las religiones.

H. Irenismo, diálogo y utopismo evolucionista

La disolución del Estado en su forma actual, y de la ONU, la sustitución de ambos por un régimen anarco-cooperativista universal, en cuyo ápice se encontraría una supercooperativa mundial, la consecuente imposibilidad de guerras (y, por tanto, la inutilidad de las fuerzas armadas), el ecumenismo exacerbado, el relativismo religioso y el irenismo son, pues, corolarios de un mismo principio común: el de la evolución de la naturaleza humana, promovida hacia el estadio de la buena voluntad, en que muere la discusión en todas sus formas, y los hombres sólo practican entre sí el diálogo.

Presentada así en su contexto ideológico la tendencia irenista que procura imponerse a través del diálogo talismánico, parece superfluo señalar las doctrinas en que se apoya esa tendencia, por ser ellas tan conocidas. Trátase del utopismo, del cual se notan trazos en tantas culturas a lo largo de la Historia, y que irrumpió en Occidente, con particular vigor, después de la Edad Media. Desde Moro y Campanella hasta los socialistas utópicos del siglo pasado, el itinerario es fácil de describir y ya ha sido innumerables veces descrito [24].

I. Importancia de los aspectos emocionales del utopismo irenista

Ciertamente importa mucho en el presente estudio analizar el estado emocional correspondiente a esa utopía, pues —como veremos— el comunismo, para derrotar al mundo occidental, explota en el irenismo, más que las propias ideas en que éste se basa, el estado emocional del cual él vive.

El hombre, creado para el paraíso terrestre y para un estado de integridad que perdió en razón del pecado, siente en lo más profundo de sí mismo una viva apetencia para esas condiciones, de las cuales, según el plan divino, jamás se debería haber apartado. Esa apetencia es muy explicable, pues cada ser, en virtud del amor legítimo que se tiene a sí mismo, ama su propio bien.

Debe agregarse que el término final de todas las aspiraciones del hombre, invitado por Dios a un destino superior, ni siquiera está en la integridad de su naturaleza, ni en el paraíso terrestre, sino en la felicidad perfecta y perenne del paraíso celeste.

La tendencia para lo que genéricamente podríamos llamar, con alguna impropiedad, de paradisíaco, palpita, pues, como una fuerza ardiente e irreprimible en el fondo de cada hombre. Esa fuerza se hace sentir en todo momento, si bien en grado y formas diversas, y se mezcla, ora consciente, ora inconscientemente, en todo cuanto éste apetece, piensa o quiere.

Orientada por la fe, elevada por la gracia, desarrollada según las normas de la moral católica, esa apetencia de lo paradisíaco constituye una fuerza indispensable y fundamental para la dignificación del hombre en todos sus aspectos. Ella lo invita a elevar y perfeccionar su alma y a mejorar, cuanto sea posible, las condiciones de su existencia terrena; y sobre todo lo invita a aspirar al Cielo y a pensar en él con frecuencia. Entretanto, no por eso deja el católico de comprender que, como tan bien enseña la parábola de la cizaña y el trigo (Mat. 13, 24-30), el error, el mal, y en consecuencia, el dolor, aunque puedan ser circunscritos, no son extirpables de este mundo. Esta vida tiene un fundamental sentido de prueba, de lucha y de expiación, que el fiel sabe que es conforme a altísimos designios de la sabiduría, justicia y bondad de Dios. El fin último del hombre, su felicidad gloriosa, completa y perenne sólo está en el Cielo.

J. La rebelión, elemento emocional típico del utopista irénico

Porque piensa así, el católico verdadero es lo contrario del utopista. Este, ajeno a la luz de la fe, considera el error, el mal y el dolor como contingencias absurdas de la existencia humana, que lo indignan. El piensa que es natural al hombre rebelarse contra este trío de adversarios. Y como el utopista no toma en consideración la existencia de otra vida, es llevado a juzgar evidente, forzoso, indiscutible, que se puede acabar por eliminar el dolor, el mal y el error. Pues de lo contrario debería admitir que el propio orden del ser es absurdo.

En esto está esencialmente el fundamento de su utopía. Es explicable que para el utopista la vida no pueda tener normalmente un sentido legítimo de lucha, de prueba y de expiación, sino solamente de una paz blanda y regalada. El es así, y por definición, pacifista “à outrance”, ultraecuménico, ultrairénico. Y ninguno de sus sueños tendría coherencia interna, ninguno sería capaz de satisfacerlo enteramente, si no incluyese la supresión de todas las luchas y de todas las controversias. Es claro que el paraíso terreno de base científica y técnica soñado por el utopista, importa la satisfacción de las pasiones humanas, no sólo en lo que ellas tienen de temperado y legítimo, sino también en lo que ellas tienen de más tempestuoso, desarreglado e ilegítimo. Pues la mortificación de las pasiones es incompatible con ese “paradisismo”.

Entre las pasiones desordenadas, el orgullo y la sensualidad ocupan un lugar prominente. Elias marcan al utopista con dos notas principales: el deseo de ser supremo en su esfera, no aceptando siquiera un Dios trascendente, y la tendencia a una plena libertad en la satisfacción de todos los instintos y apetencias desordenadas.

El utopista, por cuanto cree sólo en esta vida, juzga inherente a la naturaleza de las cosas la posibilidad de obtener de este mundo toda la satisfacción que su ser apetece. El espera conseguir efectivamente tal satisfacción por medio de sus esfuerzos. Es el mundano por excelencia, pues pone en este mundo todas sus esperanzas [25].

K. El utopismo irenistico, rasgo común al mundano burgués y al mundano proletario

Y precisamente en esto, los mundanos, sean burgueses o proletarios, tienen un denominador común.

El burgués mundano espera conseguir para sí mismo, por su fortuna, por su posición social, por su influencia política, la plena independencia, la estabilidad y el placer; en último análisis, el paraíso terreno que su utopismo le promete.

El proletario mundano espera conseguir lo mismo, tornándose burgués o creando para todos los hombres —entre los cuales, bien en el centro, estará él mismo— un microparaíso realizado en condiciones menos brillantes, pero asimismo bastante apetecibles, de una sociedad igualitaria. En esta sociedad, el proletariado seria dueño de todo, y los vestigios de lo que fue el poder del Estado quedarían transferidos a un organismo con la consistencia cartilaginosa de una mera cooperativa. En el paraíso igualitario y cooperativista, el proletario seria independiente, dotado de condiciones de vida estables y alegres, y de algún modo, más aún que las de un burgués actual.

L. El binomio miedo-simpatía opera en el mundano burgués

Bien sabemos cómo el utopismo del proletario mundano, una vez embriagado por el comunismo, lo lleva a ver con odio el paraíso del burgués, del cual él está excluido.

Por su lado, ¿cómo ve el burgués mundano la perspectiva de un paraíso obrero? Habituado a sus bienes, no quiere desprenderse de ellos. Sin embargo —extenuado por la lucha de clases, con miedo de las perspectivas de guerras, revoluciones, saqueos y mortandades— hay horas en que le sonríe como mal menor la posibilidad de integrarse pacíficamente en el paraíso proletario, salvando, quizás, algunas pequeñas ventajas. Y después, piensa él, ¿quién sabe si ese paraíso consigue, a diferencia de la sociedad burguesa, eliminar el error, el mal y el dolor? Tal vez compensaría renunciar a las ventajas de que ahora disfruto, reflexiona el burgués mundano, para entrar en un mundo donde nadie estuviese sujeto a ese triple yugo. Nadie ...ni él mismo que, en los intervalos entre sus negocios y sus placeres, se siente tan vulnerable por la enfermedad y los riesgos de todo orden.

Y entonces, con todo el ímpetu de su apetencia de un paraíso en la tierra, el burgués mundano comienza a descubrir en sí una fibra socialista y a entrever posibilidades de pacto con el comunismo. Surge en él un sentimiento pacifista en relación a ese terrible adversario. El diálogo irénico le sonríe... A la par del miedo, comienza a actuar en él la simpatía.

M. El binomio miedo-simpatía prepara al mundo burgués para el trasbordo ideológico inadvertido

Al comunismo, al cual importa sobremanera minar por dentro la sociedad burguesa, le seía imposible hacer de la inmensa mayoría de los burgueses mundanos, convictos discípulos de Marx. La tesis y los argumentos de este profeta de las tinieblas son áridos, confusos, ásperos, y al burgués mundano no le gusta detenerse ni profundizar en nada. Además, la ideología marxista choca frontalmente con todos sus hábitos mentales e intereses personales. Y a él no le agradan ni choques, ni sacrificios.

Pero los dirigentes comunistas mundiales están lejos de ignorar el estado emocional en que actualmente se encuentran tantos y tantos burgueses mundanos.

Ese estado es explotado en grado eminente en favor del comunismo por el binomio miedo-simpatía. Con esto, el burgués mundano queda preparado para el trasbordo ideológico que lo llevará —como veremos a través de la palabra “diálogo”, repetida bajo miles de formas— a tornarse comunista sin percibirlo, o, por lo menos, a adoptar frente al comunismo posiciones entreguistas que abrirán a éste las puertas de la ciudadela.

3. “Diálogo”: sentidos talismánicos

A. Puntos de impresionabilidad y de apatía, en el espíritu mundano: cuadro psicológico en que actuará la palabra-talismán

Caracterizado el mundanismo irenístico como lo hicimos más arriba, es fácil ver los puntos de impresionabilidad y de apatía que existen en un irenista, aunque sea apenas en germen, y que tan útil lo hacen para el trasbordo ideológico inadvertido:

• 1er punto de impresionabilidad: las contiendas, las refriegas, las guerras son en si un gran mal, que es preciso eliminar a toda costa, con miras a inaugurar la era de la buena voluntad y de la paz;

• 2° punto de impresionabilidad: para esto, es menester hacer cesar las controversias a cualquier precio, sustituyéndolas por el diálogo irenista;

• 1er punto de apatía: esa paz a toda costa, ¿es posible de obtener? Para implantarla, ¿no serán necesarios medios drásticos que representen un mal aún mayor?

• 2° punto de apatía: la abolición de las controversias, ¿no crea el caos ideológico y moral?, ¿no representa la victoria del relativismo?, ¿no multiplica, entonces, los factores de discordia y de guerra?; ¿no desorganiza la opinión pública?, ¿no tiende a desfigurar el carácter militante de la Santa Iglesia, etc.?

A las preguntas que constituyen los puntos de apatía, el espíritu picado por la mosca del irenismo tiende a no responder siquiera. Simplista, apresurado e irritable como lo es todo espíritu utópico, el irenista no es capaz, por así decir, de desviar su atención de los puntos de impresionabilidad, y se irrita con quien lo quiera obligar a detenerla en los puntos de apatía.

Con esto, se vuelve propenso a aceptar todas las secuelas del irenismo, aun aquellas que más repudiaría —el modernismo, el comunismo— antes de formarse en su espíritu aquellos puntos de impresionabilidad.

Para no atenernos sino a las controversias y al diálogo irénico, la solución verdadera del problema que preocupa a nuestro irenista consistiría en reconocer la imposibilidad de una concordia ideológica absoluta y eterna entre los hombres, y la necesidad de asentar la buena convivencia sobre bases realizables. Para eso, entre otras cosas, cuidaría de evitar uno y otro exceso, esto es, tanto la omisión de la discusión-diálogo en los casos indicados, como la omisión de la discusión pura y simple o de la polémica aun siendo oportunas, y se empeñaría en reprimir esas modalidades de discusión cuando por cualquier motivo fuesen censurables. Pero, bajo la acción de los puntos de impresionabilidad, y sin reacción en los puntos de apatía, el irenista, ansioso, aunque sea en germen, está pronto para entregarse a toda suerte de pensamientos, sensaciones y acciones unilaterales, adhiriendo solamente a las soluciones que lisonjean sus puntos de impresionabilidad. La palabra-talismán comienza así a producir sus efectos sobre él.

B. Multiplicidad de efectos de la palabra-talismán

La palabra-talismán “diálogo” es tan rica en efectos que, para estudiarlos adecuadamente, debemos clasificarlos en dos grupos:

—los efectos directos, producidos por ella sobre la mentalidad de las personas a quienes fascina;

—un proceso por el cual la mentalidad así transformada y la palabra talismán “diálogo”, radicalizándose mutuamente y sirviéndose del diálogo como instrumento, conducen a los “dialogantes” al relativismo hegeliano.

C. Efectos directos de la palabra-talismán

Consideremos antes el primer grupo de efectos. Ellos son cinco.

a. Primer efecto. El diálogo lo resuelve todo

Sobre el irenista preparado de la manera como mostramos arriba (ítem A), comienza a actuar la palabra-talismán. Le hablaron de diálogo. Según él observa, ese término es empleado en un sentido nuevo y muy especial, solo indirectamente relacionado con el significado corriente. La palabra “diálogo” reluce así ante sus ojos con un contenido que tiene algo de moderno y elegante. Personas destacadas la utilizan como si fuese una fórmula nueva para mudar convicciones, simple, irresistible. No dialogar es proceder de manera retrógrada en el campo ideológico, en plena era atómica. Dialogar es estar al día, es destacarse como eficiente y moderno. El irenista entonces se pone a pensar: el diálogo resuelve todos los problemas. Nada de discusiones, ni de polémicas; es preciso únicamente dialogar con los que piensan de otra manera, aunque sean comunistas. El diálogo, por la afabilidad que lo caracteriza, tiene la virtud de desarmar todas las prevenciones. A quien lo usa le asegura la gloria de persuadir a todos los opositores.

b. Segundo efecto. Una constelación de impresiones y emociones unilaterales

Fundado tanto en el temor unilateral y obsesivo de disgustar a los opositores por la discusión y por la polémica, como en la certeza de que por el diálogo no hay quien no se convenza, nuestro paciente llega a formar pari passu toda una constelación de impresiones y emociones unilaterales, de las cuales no mencionaremos sino algunas. Son las que se refieren al católico que discute o polemiza. Según el irenista, tal católico emplea métodos de apostolado anacrónicos y contraproducentes. Actúa así por ser irascible, bilioso, vengativo, por no tener caridad para con los que yacen en el error. Los trata con una severidad injusta y nociva, y en último análisis es el verdadero culpable de que ellos permanezcan fuera del redil.

—Odio a los católicos más ardorosos

Esta impresión unilateral crea una emoción, una antipatía contra el apologista o el polemista católico, la cual puede llegar hasta el odio. Tal antipatía, por proceder del presupuesto de que toda controversia ideológica es mala, envuelve ipso facto e indistintamente a todos los que discuten o polemizan, sea que lo hagan debida o indebidamente.

Por absurdo que sea, el apologista o polemista comienza a ser visto con odio por su hermano en la Fe. Cada vez más, va pareciendo a sus ojos como un católico sectario y no caritativo, y su “error”, el único para el cual no hay perdón. Es el tremendo “error” de ser “ultracatólico”. Contra la persona acusada de tal error, todas las armas parecen lícitas, la campaña del silencio, el ostracismo, la difamación, los insultos. Y para probar las acusaciones que se le hacen, todo vale: los indicios más tenues y más vagos y hasta las simples apariencias sirven de prueba. Para esa persona, verdadero paria de una sociedad en camino hacia la utopía, y para nadie más, está definitivamente vedado participar del diálogo.

Se diezma así, en escala siempre mayor, en la Iglesia Militante, a los más ardorosos de entre sus hijos, o sea, a los más abnegados, los más coherentes, los más perspicaces, los más valientes.

No es necesario ponderar cuánto se benefician con esto los adversarios de Ella.

—Admiración y confianza incondicionales para los que están fuera de la Iglesia

Esta diezma coincide con una admiración y una confianza crecientes para con los que están fuera de la Iglesia. No es raro que esos sentimientos se transformen en un “complejo” capaz de llegar a un incondicionalismo categórico. Lo que, por otra parte, es lógico. Pues si todos nuestros hermanos separados se pueden convertir mediante sonrisas, es porque, en último análisis, sólo algunos equívocos y algunos resentimientos los mantienen apartados de nosotros. Su buena voluntad es plena y sin mácula.

Cuando se practica rectamente el diálogo con los que están fuera de la Iglesia, cumple tener in mente tanto lo que nos separa de ellos, cuanto lo que nos une. Y, con la destreza de la caridad, es preciso saber sacar partido de lo que nos une, para crear, en la medida de lo posible, un ambiente de cordialidad al tratar, de manera objetiva y con tacto, de lo que nos separa.

Pero en el clima irénico, la preocupación del “dialogante” católico es otra. El sólo ve lo que lo une a los de fuera, y nada de lo que lo separa de ellos. Así, espera todo de la coexistencia y de las concesiones, y nada de la lucha. Su táctica es pues ingenua, blanda y entreguista en relación a los que están fuera del redil. Su intransigencia, su energía y su desconfianza son sólo para los que, dentro de la Iglesia, resisten al clima irénico.

c. Tercer efecto. Simpatía y notoriedad provenientes de la resonancia publicitaria de la palabra “diálogo”

Si como consecuencia de esta constelación de impresiones y emociones, el apóstol que discute o polemiza es odiado y vilipendiado, al mismo tiempo, el modo con que el público ve habitualmente al apóstol del diálogo irénico es diametralmente opuesto.

Como hoy, tal vez más que nunca, el público desea todo cuanto pueda fomentar su optimismo y sus ansias de tranquilidad y bienestar, estando predispuesto a admirar enfáticamente al apóstol irenista.

El hombre medio juzga ver en él una inteligencia dúctil y lúcida, que le permite discernir a fondo lo malo de la discusión y de la polémica, y las inagotables posibilidades apostólicas del diálogo. Benévolo y afable, el “dialogante” irénico da la impresión de estar dotado de una simpatía irresistible y casi mágica. Moderno, él se presenta como perfecto y ágil conocedor de las tácticas de apostolado más recientes, y por lo tanto, diestro en el manejo del diálogo. En una palabra, nada le falta para parecer perfectamente simpático. Alegre, jovial, preanuncia un porvenir rosado, preparado por una sucesión de éxitos fáciles y embriagantes.

La simpatía y el optimismo abren para nuestro “dialogante” las puertas de la notoriedad. Se tiene placer en hablar de él, en repetir sus palabras, en elogiar sus acciones. Pareciera que él tiene el don de resolver con una sonrisa las cuestiones más intrincadas, de disipar como si fuese un sol, con simples coloquios, los preconceptos y los rencores más inveterados. Por eso, queda naturalmente situado en el centro de los acontecimientos, en el punto de convergencia de todas las atenciones. La prensa, la radio, la televisión lo ponen en evidencia de buen grado, seguros de agradar así al público.

d. Cuarto efecto. Se despierta el espejismo de la era de la buena voluntad

Todo esto va abriendo así, en el espíritu de la persona sujeta al proceso que estudiamos, horizontes indefinidos. En el límite extremo de ellos se levanta un espejismo al que ya aludimos en este capítulo (ítem 2, A a C). Espejismo en general muy impreciso, es cierto, pero cuán radiante y atrayente: la era de la buena voluntad, esto es, de un orden de cosas “evolucionado” en que la simpatía, y la plenitud de esta, que es el amor, no sólo serían capaces de desarmar todas las contiendas, sino hasta de prevenirlas, por la eliminación de sus causas psicológicas, y también de sus causas institucionales. ¡Oh, cuánto ganarían la concordia y la paz con la supresión de aquello por lo que los hombres vienen luchando desde hace milenios: patrias, intereses nacionales, bienes de fortuna, prestigio de clase, atributos de mando! ¡Oh, si el amor acabase por eliminar las palabras “mío” y “tuyo” para sustituirlas, a manera de superación, por la palabra “nuestro”, por fin reinaría la paz entre los hombres, desaparecerían las guerras, los crímenes, las penas y las cárceles! El Poder Público no sería más que una inmensa cooperativa de actuaciones espontáneas y armónicas en pro de la prosperidad, de la cultura y de la salud. El completo bienestar terreno de las sociedades seria la meta única de todos los esfuerzos de los hombres en la era de la buena voluntad.

Este espejismo, cuya afinidad con el mito anarquista inherente al marxismo ya señalamos (ítem 2, B), dotado, como dijimos (ítem 2, I), de todo el poder de sugestión correspondiente a los más profundos anhelos del hombre, es adecuado para despertar en incontables almas una emoción deliciosa, que las llena enteramente, y de la cual, como de un tóxico, no quieren desprenderse de ningún modo.

De ahí que la palabra “diálogo”, cuando es utilizada en esta perspectiva, se revista de destellos particularmente mágicos y fascinantes. Como un verdadero talismán, comunica automáticamente su prestigio y su brillo a los que la usan.

e. Quinto efecto. La propensión a abusar de la elasticidad de la palabra “diálogo”

De esos diversos factores psicológicos proviene una tentación, siempre más acentuada, de exagerar la natural elasticidad del vocablo en cuestión.

Realmente, si con el empleo de una palabra se consigue un determinado efecto, tanto mayor será éste cuanto más se emplee aquella.

De ahí la propensión a usar la palabra “diálogo” por cualquier motivo. El uso de ella puede tornarse casi un vicio, de tal suerte que una entrevista, un artículo, un discurso no parecerán completos si no contuvieren una referencia al diálogo.

D. Efectos indirectos y reflejos de la palabra-talismán

Pasemos ahora al segundo grupo de efectos.

En ellos, la fermentación psicológica producida por la palabra talismán repercute sobre ésta, y recíprocamente.

Tal interacción, que importa un proceso de mutua radicalización, se refleja a su vez sobre el propio modo de conducir el diálogo.

Si imaginamos dos “dialogantes” entre los que esa interacción ocurra, veremos que paulatinamente irán cambiando, no sólo las sucesivas maneras de dialogar, sino el mismo contenido del diálogo.

En su conjunto, todo esto lleva a los “dialogantes”, por diversas fases, del irenismo al relativismo hegeliano.

a. Primer efecto. La radicalización de la palabra “diálogo”: sentidos talismánicos nuevos y más radicales

¿Cómo se da la influencia de esa fermentación psicológica sobre el vocablo? Quien procure subir a los altos firmamentos de la celebridad en alas de la palabra “diálogo”, no tardará en percibir que sus diversas aplicaciones tienen un rendimiento desigual de popularidad. Algunas veces, es empleada con poco fruto. Aparecerá opaca al público. Otras veces, el talismán brillará a los ojos de todos y actuará con plena intensidad.

Por regla general, el explotador de la palabra-talismán sentirá este hecho habitualmente —así como también el público— sin poder explicitarlo. En consecuencia, preferirá ciertas aplicaciones de ella y no otras. Y, si tuviera algún talento, irá forzando la natural elasticidad del vocablo para multiplicar los usos más fascinantes y rendidores. ¿Cuál es la razón por la que en ciertas aplicaciones el talismán se revela más irradiante que en otras? ¿Cuál es este polo de máxima refulgencia con el cual, manipulado así por los virtuosos de esa lingüística, aquél tiende a identificarse?

La fuerza de irradiación, por así decir inmanente a la palabra talismán “diálogo”, se hace sentir más cuando ésta es empleada de modo tal que insinúa ser verdadero, deseable, viable, el mito de que hace poco hablábamos, del amor sentimental, regenerador y colectivista, imaginado como fuerza organizativa de un mundo nuevo. Este mito es el polo hacia donde tiende la palabra-talismán. El diálogo, en el último y más recóndito de sus significados mágicos, es el lenguaje de ese amor.

En las diversas etapas de ese caminar hacia su último sentido, la palabra “diálogo” evoluciona identificándose cada vez más con él.

b. Segundo efecto. Las cuatro fases del proceso nimbo al relativismo hegeliano

Así descrita, de un modo general, la interacción entre la emoción irenística y la palabra-talismán, consideremos las diversas fases por las cuales, a lo largo de esa interacción, se van modificando progresivamente las formas y el contenido de la interlocución entre personas de convicciones opuestas y, correlativamente, el significado de la palabra talismán.

Antes de iniciarse el proceso, tales interlocutores desean recíproca-mente convencerse el uno al otro, por medio de argumentos.

El objetivo fundamental de cada una de esas partes es, así, conquistar a la otra para la verdad. Por esta vía realizarán entre sí un bien precioso, que es la unidad. Una unidad que se presenta legítimamente como fruto de la verdad, y que por lo tanto no puede ser concebida ni ansiada sino mediante la posesión de la verdad.

Primera fase — Hipertrofia de la cordialidad en la discusión-diálogo: nace la palabra-talismán

Imaginemos, entretanto, que en los interlocutores así dispuestos se note una fermentación emocional irenista. Esa fermentación, que preludia la aparición de la palabra-talismán “diálogo”, consiste en una apetencia emocional vehemente de concordia universal de los espíritus, y de paz en todos los campos de las relaciones humanas.

Esa apetencia es de tal naturaleza, que sólo se sentirá saciada cuando los interlocutores hayan llegado, finalmente, a una concepción enteramente irénica y relativista del hombre, de la vida y del cosmos.

Así, desde el punto de vista emocional, los interlocutores en cuestión ya están ganados potencialmente por el irenismo para la causa del relativismo, y, como veremos, para el más radical de los relativismos, que es el relativismo hegeliano.

Con todo, si desde el punto de vista emocional esto es real, desde el punto de vista de las ideas, aún no lo es.

Los participantes de la interlocución todavía admiten la existencia de una verdad objetiva en la cual cada uno de ellos supone encontrarse, y un error objetivo en la cual reputa que está el otro.

En lo que concierne al tema controvertido, lógicamente sólo puede haber para elos un tenor de relaciones, que es la discusión.

Esta, aun cuando sea muy amable, entraña una nota de pugnacidad. Ahora bien, esta nota discrepa fuertemente del estado emocional de los interlocutores.

Hay, pues, un conflicto entre el proceder impuesto por la lógica —la discusión— y el estilo de relaciones que las personas en cuestión gustarían mantener entre sí. Nace de ella una primera modificación en ese estilo de relaciones.

Sin siquiera darse cuenta de esto, las partes desean más la unidad que la verdad.

Como consecuencia de esas disposiciones emocionales, cada una de ellas es llevada a pensar que la otra está siempre de buena fe. El éxito de su esfuerzo de persuasión le parece depender apenas de la eliminación de resentimientos de la otra.

Por eso ambas rechazan la discusión pura y simple, así como también la polémica, y sólo conciben la discusión bajo la forma refinadamente suave de la discusión-diálogo. Pero esta forma contiene todavía un elemento de pugnacidad, que desagrada a la emotividad irenística.

Esta última desfigura, en consecuencia, el sentido de la discusión-diálogo, sobrevalorando la nota de cordialidad, y subestimando la de pugnacidad. Acentúase, entonces, la deformación inicial del estilo de relaciones entre las partes.

La discusión-diálogo ya no procura exclusivamente obtener la verdad, y sólo por medio de ella, la unidad. Procura sobre todo la unidad por medio de la cordialidad de relaciones entre los interlocutores. Y sólo secundariamente la conquista de la verdad a través de la argumentación.

La palabra “diálogo” sufre entonces la primera distorsión. Pasa a designar la discusión-diálogo irenísticamente concebida. Queda así habitada por un sentido irénico-talismánico, que reluce con todos los atractivos del mito irenístico.

El diálogo-talismán (esto es, la discusión-diálogo deformada) pasa a ser el diálogo por antonomasia.

• EJEMPLO CONCRETO: Para facilitar al lector el estudio del proceso de deformación talismánica de la palabra “diálogo”, considerado en abstracto, lo acompañaremos de un ejemplo concreto. La enunciación de cada fase del proceso in abstracto será seguida de la descripción de la correspondiente fase del ejemplo in concreto.

Imaginemos un tomista y un existencialista que sean colegas en una universidad, y a ese título tengan frecuentes ocasiones de discutir sobre sus divergencias filosóficas, así como para investigar juntos materias no correlativas con esas divergencias, y aún para mantener las demás relaciones sociales de costumbre entre colegas.

En cuanto a las divergencias que entre ellos existen, el tomista se sabe con la verdad y la razón. El existencialista discrepa de la posición tomista. Cada cual quiere persuadir al otro, y el medio normal para esto les parece que es la discusión.

Imaginemos que, en el empeño de convencer a la otra parte, el tomista sea movido no sólo por un legítimo deseo de apostolado, sino también por una ardiente apetencia irenística de unión.

Tal deseo, en determinado momento, toma la delantera sobre las razones de celo, y nuestro tomista, en su discusión con el existencialista, comienza a desear más la unidad que la verdad.

Esta inversión de motivos produce, en su modo de ver al colega, una consecuencia inmediata. Cándidamente, imaginará que este último está apegado a su doctrina por un mero equívoco así como por resentimiento contra el tomismo —y en último análisis, contra la Iglesia—.

Para el interlocutor picado por la mosca del irenismo, la otra parte se porta siempre en la discusión como si, concebida sin pecado original, fuese incapaz de un apego desordenado y vicioso al error.

De ahí una repercusión de tendencia irénica sobre el proceder del tomista. Si el principal obstáculo para que el existencialista acepte la verdad es el resentimiento, lo más importante en la discusión es evitar que ese resentimiento se mantenga o se agrave. Su interlocutor repudiará pues, como peligrosas y hasta injustas, sea la discusión pura y simple, sea la polémica; y sólo aceptará, en el trato de los asuntos controvertidos, la discusión-diálogo.

En esta última, él buscará principalmente la unidad y apenas secundariamente la verdad.

A este tipo de discusión lo llamará diálogo, para insinuar que es tan carente de pugnacidad como el diálogo-investigación o el diálogo-entretenimiento.

Nace así la palabra-talismán “diálogo”, desbordante de cordialidad pacifista. Elia designa la primera forma de relaciones irenísticas entre los interlocutores en cuestión y refulge con las múltiples seducciones del mito pacifista, acentuando en nuestro tomista los ardores del prurito irénico, y atrayéndolo a nuevas mudanzas en su modo de encarar el diálogo talismánico y de ponerlo en práctica.

Segunda fase — La cordialidad irenística invade el diálogo-entretenimiento y el diálogo-investigación: la palabra talismán amplia su sentido

La palabra-talismán, así constituida en la primera fase, repercute sobre la formación emocional irenística, y esa fermentación así incrementada imprimirá a la palabra-talismán un sentido nuevo y más amplio. En esto consiste la segunda fase.

El interlocutor irenista, satisfecho por el contenido recóndito de la palabra-talismán, que es el mito irénico, la va usando a todo propósito como un juguete con el cual tanto más se encanta cuanto más juega con él.

Las relaciones entre personas separadas una de otra por un punto de divergencia, no se reducen a esa divergencia. Ellas pueden comportar legítimamente diálogos de investigación sobre otras materias, y aun diálogos de entretenimiento sobre otras. Estas formas de relaciones pueden tener también, legítimamente, una repercusión favorable sobre la discusión-diálogo, en la medida en que contribuyan a evitar que esta última sea perjudicada por resentimientos y antipatías personales, infelizmente siempre fáciles de nacer.

En vista de esto, los interlocutores irenistas son llevados a modificar en sentido irénico sus diálogos de investigación y entretenimiento, extendiéndose a estos el significado talismánico incubado en la fase anterior, en la discusión-diálogo.

Cuadro esquemático de las cuatro fases de la deformación talismánica de la palabra “diálogo” (Cap. IV, 3, D, b)

 

1ª FASE

2ª FASE

3ª FASE

4ª FASE

 

PENETRACIÓN IRENÍSTICA

EXPANSIÓN IRENÍSTICA

TRIUNFO IRENÍSTICO: RELATIVISMO

APOGEO IRENÍSTICO-RELATIVISTA: HEGELIANISMO

GRADOS DE INTENSIDAD DE LA EMOCIÓN IRENÍSTICA

La cordialidad irenística se erige en factor complementario indispensable a la persuasión.

La cordialidad irenística pasa a ser factor preponderante de la persuasión.

La cordialidad irenística se erige en factor exclusivo de la persuasión: relativismo

La cordialidad irenístico-relativista se estructura como “ludus” hegeliano.

REPERCUSIÓN DE LA EMOCIÓN IRENÍSTICA EN LAS RELACIONES ENTRE LOS INTERLOCUTORES

En la discusión-diálogo se exagera la cordialidad. La polémica y la discusión pura y simple quedan proscritas.

La cordialidad irenística contagia el diálogo-investigación y el diálogo-entretenimiento. Estos se tornan preponderantes; la discusión-diálogo es apenas tolerada.

El diálogo-investigación y el diálogo-entretenimiento pasan a ser las únicas formas de diálogo admitidas. La discusión-diálogo queda proscrita.

El diálogo pasa a ser concebido como el juego hegeliano de la tesis, de la antítesis y de la síntesis.

REPERCUSIÓN DE LA EMOCIÓN IRENÍSTICA EN EL OBJETIVO DE LA INTERLOCUCIÓN

Es a contra gusto que el interlocutor irenista todavía admite que hay una verdad y un error objetivos, que es preciso convencer al otro interlocutor, y que la unidad es apenas un fruto del esfuerzo de persuasión.

El interlocutor irenista aún admite que hay una verdad y un error objetivos, y que es preciso convencer; sin embargo, pasa a considerar que el fin supremo de la interlocución no es la verdad sino unidad.

El interlocutor irenista pasa a admitir que no hay verdades ni errores objetivos (relativismo), por lo que no es necesario convencer para obtener la unidad.

El interlocutor irenista pasa a sustentar que por el “ludus” hegeliano de las “verdades” relativas, la unidad se afirma y progresa.

REPERCUSIÓN DE LA EMOCIÓN IRENÍSTICA EN LA EXPLICITACIÓN DEL MITO IRENISTA

Primera explicitación del mito: todos los hombres son bien intencionados; las disensiones resultan siempre de resentimientos o equívocos.

Segunda explicitación del mito: tal es la buena voluntad de los hombres que los equívocos doctrinarios casi no tienen importancia; lo principal es apaciguar los resentimientos.

Tercera explicitación del mito: el hombre de buena voluntad toma conciencia de que los equívocos doctrinarios son inconsistentes. La verdad es relativa; la cordialidad por sí sola realiza la unión completa.

Explicitación total del mito: para los hombres de buena voluntad, por la fricción amistosa de las “verdades” relativas se obtiene el progreso en la unidad y en la verdad.

REPERCUSIÓN DE LA EMOCIÓN IRENÍSTICA EN EL CONTENIDO DE LA PALABRA-TALISMÁN “DIALOGO”

Surge la palabra-talismán “diálogo”, designando por antonomasia la discusión-diálogo irénica.

La palabra-talismán “diálogo” se extiende al diálogo-investigación y al diálogo-entretenimiento, embebidos de irenismo; y casi no incluye más la discusión-diálogo.

La palabra-talismán “diálogo” pasa a comprender apenas el diálogo-investigación y el diálogo-entretenimiento, colocados en bases enteramente relativistas. Se excluye la discusión-diálogo.

La palabra-talismán “diálogo” pasa a indicar la fricción lúdica de la tesis y de la antítesis, para la destilación de la síntesis.

REPERCUSIÓN DE LA PALABRA-TALISMÁN “DIALOGO” EN LA INTENSIDAD DE LA EMOCIÓN IRENÍSTICA

El uso de la palabra “diálogo”, cargada de significado mítico-irenista y de eficacia talismánica, agrava a su vez la emoción irenística y prepara así la fase siguiente.

El uso de la palabra “diálogo”, cargada de significado mítico-irenista y de eficacia talismánica, agrava aún más la emoción irenística y prepara así la fase siguiente.

El uso de la palabra “diálogo”, cargada de significado mítico-irenista y de eficacia talismánica, una vez más agrava la emoción irenística y prepara así la fase siguiente.

La interacción al infinito de la palabra-talismán “diálogo” y de la emoción irenística influye el proceso hegeliano de modo que él se desarrolle en una atmósfera no sólo sincretista, sino de cordialidad creciente.

Importa mostrar ahora en qué consiste la deformación irenística de los diálogos de entretenimiento e investigación. En ellos, los interlocutores irenistas pasan a subestimar el fin natural de entretener e investigar, y a sobreestimar irenísticamente el factor cordialidad. De esa forma el diálogo es conducido por ellos para obtener principalmente un intenso calor afectivo, pasando a servir el entretenimiento y la investigación como meros pretextos.

Ese calor —esperan ellos con miras a persuadir— ejercerá sobre el punto de divergencia una acción unificante y sincretista más útil que la permuta de argumentos, incluso cuando sea hecha en la suavidad de la discusión-diálogo irenista, pues ésta aún conserva residuos de pugnacidad.

Como el irenista exagera cada vez más la importancia del factor cordialidad para obtener la persuasión, es llevado cada vez más a confiar en el diálogo-entretenimiento y en el diálogo-investigación; y la discusión-diálogo comienza a parecerle enteramente secundaria, y hasta peligrosa y molesta.

A esta modificación en el tenor de las relaciones entre los interlocutores irénicos corresponde una nueva etapa de la palabra-talismán “diálogo”.

Como el elemento más dinámico del significado de esta última es irenística, ella se extiende de la discusión-diálogo irenista a las otras dos formas “irenizadas” de interlocución.

Así, la palabra-talismán pasa a abarcar todas las formas de relaciones entre los interlocutores, susceptibles de impregnación irenística.

En otros términos, fuera de la influencia irenística, el diálogo-investigación y el diálogo-entretenimiento pueden ser vistos como formas de relación instrumentales de la discusión-diálogo, capaces de asegurar el buen progreso de ésta. Pero bajo la influencia del irenismo este orden de valores se invierte. El diálogo-entretenimiento y el diálogo-investigación comienzan a ser encarados como los elementos propulsores de la acción persuasiva. La discusión-diálogo pasa a tener un papel secundario, instrumental, pero instrumental molesto.

La palabra-talismán “diálogo”, abrazando en esta nueva jerarquía de valores las tres mencionadas formas de interlocución (discusión-diálogo, diálogo-investigación y diálogo-entretenimiento), comienza a espolear las apetencias irenísticas, y da así origen a la tercera fase.

• EJEMPLO CONCRETO: Bajo el signo del irenismo espoleado por la palabra-talismán “diálogo”, nuestro tomista apetece extender el fermento irénico a las otras formas de sus relaciones con el existencialista. Hasta aquí, las otras formas (diálogo-entretenimiento y diálogo-investigación) le parecían extrínsecas a la controversia doctrinaria y capaces de ejercer en relación a ésta, apenas una función instrumental: el trato cordial de asuntos ajenos a la controversia contribuía para mantenerla en una atmósfera serena y elevada.

El tomista se pone entonces a ver las cosas de otra manera. Las ocasiones para la investigación o el entretenimiento le parecen ya no tener más sólo su fin natural. Deseoso de producir en su interlocutor la codiciada desmovilización emocional, esas ocasiones pasan a ser para él sólo un mero pretexto para alimentar y acrecentar, en el existencialista, el prurito irénico, y el anhelo supremo e incondicional de unidad.

Así, todas las formas de interlocución susceptibles de impregnación irénica (diálogo-entretenimiento, diálogo-investigación, discusión-diálogo) acaban siendo englobadas bajo el signo del irenismo.

Entretanto, la discusión-diálogo, por ser menos propia para el calor irenístico, y hasta peligrosa por su pugnacidad, viene a perder su papel principal. En la medida en que disipa equívocos doctrinarios, ella acaba teniendo una función instrumental molesta y peligrosa, en un conjunto de relaciones cuya nota tónica está en encender la cordialidad.

Nuestro tomista, sintiendo y viendo las cosas así, continúa dialogando. Pero el diálogo, para él, ¡cuánto se diferencia de lo que era en la etapa anterior! Para esa obra de dar calor, evita cuanto puede la controversia con el existencialista y dedica todo su empeño en focalizar, con las luces de una insistencia infatigable y de una minucia que se complace en los más insignificantes pormenores, lo que entre tomismo y existencialismo hay de común... lo que él imagina sean los “aspectos existencialistas del tomismo”. Procura así adornar con un ropaje kierkegaardiano el austero hábito del Aquinate, y alinear a éste en la cohorte de los admiradores que Kierkegaard [26] tuvo incluso antes de nacer.

Ingenioso, el tomista irénico comprende que una enemistad común es muchas veces el mejor cimiento para una amistad precaria y naciente. Procurará atacar, con un fuego mayor que el que mueve al más ardoroso existencialista, cualquier trazo de “esencialismo” que encuentre en este o en aquel filósofo. En esa “cruzada” sin cruz, él no es irenista, por cierto, respecto al “existencialismo” en cualquiera de sus grados, modos o facetas; pero lo es para hacer irenismo en relación al existencialismo.

Sólo le queda un temor. Y es que el existencialista sospeche que está en connivencia con algunos malhadados hermanos del tomismo que combaten el existencialismo. Por eso, embiste contra ellos como contra “esencialistas” de los más peligrosos.

Artes del diálogo talismánico en esta segunda fase...

La palabra-talismán “diálogo” pasó, pues, a designar el conjunto de los diálogos irenísticos, con preponderancia de los diálogos de entretenimiento y de investigación sobre la discusión-diálogo.

Tercera fase — La cordialidad irenística desemboca en el relativismo: la palabra-talismán asume un sentido enteramente relativista

Las dos fases anteriores transcurren bajo el signo del irenismo. La tercera ya es nítidamente relativista.

Hasta aquí, bajo la presión del irenismo, el objetivo de la interlocución venía siendo cada vez más la unidad y cada vez menos la verdad. En la presente etapa, el anhelo de unidad lleva a los interlocutores a saltar sobre sus divergencias para obtener esta última. Para eso, pasan a considerar que no hay en ninguna de las partes verdad absoluta ni error objetivo. Todo es relativo.

En consecuencia, el tenor de las relaciones entre ellos se modifica.

A partir del relativismo, la verdadera discusión es imposible; cuando tratan de la materia hasta aquí controvertida, los interlocutores, por el propio hecho de hacerlo bajo el signo del relativismo, ya no están procediendo a una auténtica discusión.

Como muchas veces este pasaje del simple irenismo hacia el relativismo es inadvertido, es posible que las partes imaginen estar discutiendo, y llamen “discusión” a su interlocución. En realidad, la discusión-diálogo dejó propiamente de existir. De ella subsisten apenas las divergencias accidentales y transitorias que, como vimos (Cap. IV, 1, B, j), son inherentes al diálogo-investigación.

Esta mudanza relativista en las relaciones entre los interlocutores determina una nueva torsión en la palabra-talismán “diálogo”. La carga que ésta tenía, de simplemente irenista, pasa a ser relativista; por eso, ella deja de incluir la discusión-diálogo, para abrazar apenas el diálogo-entretenimiento y el diálogo-investigación.

Siempre más próxima del mito de la era de la buena voluntad, ella se torna cada vez más atractiva y refulgente para los irenistas relativistas. Ella comunica ardores siempre mayores a la apetencia de unidad, y prepara así la fase siguiente.

• EJEMPLO CONCRETO: Impulsado, de etapa en etapa, en el camino del irenismo por la palabra-talismán, nuestro tomista, en su afán de dialogar, da un paso más.

Ahora empieza a parecerle que son inconsistentes las divergencias doctrinarias que en la fase anterior él ya tanto subestimara en beneficio de los puntos de convergencia. En todas ellas, se pone a ver atisbos de verdad y error en ambas partes. Las diferencias estarían más en las fórmulas que en el contenido. En último análisis, una misma “verdad” global, toda ella relativa, y presente residualmente en las más opuestas formulaciones, sería el substrato de una realidad variada e indefinidamente mudable.

Con la lupa en la mano, nuestro irenista comienza a buscar textos de Santo Tomás que, tomados aisladamente, parezcan justificar su relativismo. El ya no es tomista sino porque tiene la esperanza o la ilusión de encontrar preanuncios de Kierkegaard en Santo Tomás. En realidad, de tomismo nada le queda. Tal vez sin darse cuenta de lo que ocurre en su mente, es ya un relativista convencido.

Esa mudanza interior es seguida de una modificación en el tenor de sus relaciones con el existencialista. En esta tercera fase, en que el irenismo desemboca en el relativismo, lo vemos eliminar la discusión-diálogo, que en la fase anterior le pesaba como la bola de hierro y la cadena en el pie del condenado. Las relaciones con el existencialista se reducen al diálogo-entretenimiento y al diálogo-investigación irenisticos.

Tal vez este tomista que ya no es tomista, llame todavía “discusión” a esas formas de interlocución que ya nada tienen de común con la discusión.

La palabra-talismán “diálogo”, designando en cada etapa las relaciones irenísticas como en ella se practican, no abarca más la discusión-diálogo, y comprende sólo los otros dos tipos de diálogo irenístico, estos mismos, impregnados de concepciones relativistas.

Dialogar talismánicamente es pues, en esta fase, practicar un relativismo radical. La euforia de dialogar, el prestigio talismánico del diálogo irénico-relativista, excitando aún más en nuestro tomista los pruritos irenistas, lo preparan ahora para la cuarta fase.

Cuarta fase — El relativismo se estructura en términos de hegelianismo: la palabra-talismán asume el sentido del “ludus” hegeliano

Así como el relativismo no es lo contrario del irenismo, sino una plenitud de éste, así también el relativismo va a recibir en esta fase un enriquecimiento que no le es contrario, y que hasta le confiere su plenitud. Los interlocutores, ávidos de llevar el relativismo hasta sus últimas consecuencias, ya no se contentan con un relativismo puramente negativo, que procure apenas corroer y destruir los conceptos de verdad objetiva y de error objetivo. Porque lo que es meramente negativo repugna a la naturaleza humana. Pasando al plano positivo, ellos desean estructurar toda una visión relativista del hombre, de la sociedad y del universo.

La verdad, ya anteriormente aceptada como algo relativo, pasa a ser vista en esta fase como el producto de una eterna dialéctica.

Después de haber asumido el carácter de mero entretenimiento e investigación, el diálogo comienza a ser practicado como un “ludus” en el cual ambas partes admiten que, a fuerza de dialogar, se operará entre ellas una decantación de la verdad, tal como por la fricción de la tesis y la antítesis se llega a la síntesis. Nace así la última fase de la deformación talismánica de la palabra “diálogo”. Es la etapa hegeliana. Bien se ve que, llevada a cabo así por hombres de buena voluntad, impregnada del mito irenístico, la fricción de la tesis con la antítesis será fundamentalmente un “ludus” cordial. Y tanto más cordial cuanto más se va desarrollando en lances sucesivos.

La fricción entre tesis y antítesis podrá asumir a veces la forma de la discusión pura y simple o hasta de la polémica. Pero no tendrá su substancia, pues no presupone un antagonismo absoluto entre la verdad y el error, entre el bien y el mal. Y por lo tanto, el diálogo irenístico ya no procura mudar la persuasión de ninguna de las partes, sino operar la elevación de ambas para una “verdad” del plano superior [27].

• EJEMPLO CONCRETO: El tomista irénico que imaginamos como ejemplo no puede, en su ardor, contentarse con un relativismo meramente negativo. Procura estructurar una dinámica interna que explique las relaciones entre las mil formulaciones opuestas en las cuales —según le parece— habita la “verdad”.

Sobre todo, desea encontrar en esas relaciones algo que tienda a eliminar las oposiciones, rumbo a la unidad.

Esa eliminación, él no la puede concebir como la concebiría antes de iniciarse el proceso talismánico; es decir, como una condenación, fundada en raciocinios, de todas las formulaciones, excepto una, proclamada la única enteramente verdadera.

Por otra parte, él está en presencia de un hecho palpable: es que esas formulaciones opuestas se hallan entre sí en un estado de fricción continua e irremediable.

¿Irremediable? ¿O será esta fricción precisamente el remedio? Nuestro tomista se complace en responder que sí. De la fricción de las “verdades” relativas opuestas nacería por vía de superación una síntesis; y de la fricción universal de las tesis y de las antítesis —generando siempre síntesis que por nuevas fricciones con formulaciones antitéticas darían nuevas síntesis— se originaría un grandioso proceso de destilación universal de las “verdades” y de la “verdad”.

Bien entendido, al contrario del proceder “antipático” y “discriminatorio” del tomismo medieval, en esa destilación nada se condenaría, y nada se excluiría. Todo seria fraternal y amorosamente asumido en la producción de las sucesivas síntesis.

Al propio tomismo, nuestro tomista irénico lo ve ahora como una de las formulaciones de la “verdad”, que puede contribuir, con perfumados inciensos doctrinarios, a ese proceso de composición ideológica universal.

El imaginará, tal vez, que todavía es tomista. Acaso todavía se entregue a la tarea de mutilar la obra de Santo Tomás, arrancando de ella, con arbitrariedad violenta, los fragmentos que le sirvan para presentar al siglo XX un “new look” del Aquinate, que es el Doctor Común visto al revés.

En realidad, no es difícil percibir que, bajo la fascinación del mito irénico y volando en alas de la palabra-talismán, nuestro tomista se transformó en un genuino hegeliano, revestido de un ligero tinte tomista.

¡Qué sorpresa hubiera tenido en el inicio del proceso si hubiese podido imaginar que al cabo de una evolución inadvertida, guiado por la palabra-talismán “diálogo” como por una estrella del mal, habría de llegar al hegelianismo! ¡A ese hegelianismo que, antes, repudiaba como lo contrario de todo cuanto en filosofía reconocía como verdadero!

Monseñor Césa Zacchi —en la foto, a la derecha de Fidel Castro— ofrece una recepción en el Palacio de la Nunciatura con motivo de su consagración como obispo de Zella. Al acto asistió monseñor Clarizzo —a la izquierda del dictador— entonces Delegado Apostólico en Canadá.

El trasbordo ideológico inadvertido, operando a través de la palabra “diálogo”, ha causado graves efectos en medios católicos.

 

Conclusión

 

Si consideráramos sumariamente los elementos principales de lo que quedó expuesto en este trabajo, la conclusión surgirá clara y fácilmente: el comunismo es el gran beneficiario del trasbordo ideológico inadvertido y del empleo de las palabras-talismán, especialmente de la palabra-talismán “diálogo”.

Igualmente quedará patente que esa inmensa maniobra comunista es susceptible de ser inutilizada por el simple hecho de que alguien la revele a los ojos de la opinión pública.

1. La palabra-talismán “diálogo” y el comunismo

Como se sabe, si bien el marxismo abandonó el carácter idealista del hegelianismo, conservó su esencia dialéctica. La marcha ascendente de la evolución de la materia se opera, según Marx, a través de la tesis, de la antítesis y de la síntesis, tal como se daba la evolución del espíritu para Hegel .

Teniendo en cuenta esto, es oportuno preguntarse aquí cuál es la ventaja obtenida por el comunismo con el trasbordo ideológico inadvertido efectuado por la palabra-talismán “diálogo”, bajo el influjo del binomio miedo-simpatía.

Sería exagerado decir que la víctima de esa palabra-talismán, por el sólo hecho de aceptar inadvertidamente una filosofía dialéctica, se torna materialista.

Sin embargo, varias e importantes son las ventajas obtenidas por el comunismo con este trasbordo:

• La aceptación de una filosofía relativista importa una ruptura consciente o subconsciente con la Fe, y prepara el alma para la profesión explícita del ateísmo.

• La aceptación de una filosofía que constituye la piedra angular del comunismo, prepara a su vez, el alma para la adhesión expresa a este último.

• El comunismo no puede aceptar la coexistencia con quien, al contrario de lo que él sostiene, profesa una filosofía basada en el reconocimiento de la verdad y del bien como valores absolutos, inmutables, trascendentes, existentes de un modo perfecto en la esencia divina. A la inversa, él, que del diálogo entre la tesis y la antítesis sólo espera la síntesis, no puede dejar de esperar buenos resultados del diálogo con el católico relativista, que admite la doctrina de la Iglesia como una “verdad” relativa, una tesis en actitud dialéctica delante de la antítesis comunista, rumbo a una síntesis superior. Esta posición es tanto más aceptable por el comunismo, cuanto se sabe —y poco más arriba ya lo dijimos— que él no se interesa por una verdad última y definitiva y se considera apenas un momento dentro de la eterna dialéctica de la materia.

• Pasando al campo propiamente religioso, tenemos que el diálogo irénico, favoreciendo el interconfesionalismo, debilita todas las religiones y las lanza a un estado de confusión absoluta. Dada la fundamental importancia que tiene para el marxismo la aniquilación de todas las religiones, fácil es comprender cuánto este resultado importa para la victoria del comunismo internacional.

Esa preparación para el comunismo, operada por la palabra-talismán “diálogo”, en la realidad concreta sólo excepcionalmente redundará en mera preparación. La afinidad produce la simpatía, y la simpatía inclina a la adhesión. Esta adhesión es tanto más fácil, cuanto la opinión pública contemporánea está saturada por un omnímodo e inteligente sistema de incitaciones y atracciones en favor del comunismo.

2. Ecumenismo, irenismo y comunismo

Claro está —importa repetirlo (cfr. Cap. IV, 2, D)— que la palabra “ecumenismo” tiene, de suyo, un sentido excelente.

Sin embargo, ella también es susceptible de un significado irénico. Admitidas todas las religiones como “verdades” relativas, puestas entre sí en un diálogo hegeliano, el ecumenismo toma el aspecto de una marcha dialéctica de todas ellas hacia una religión única y universal, integrada sintéticamente por los fragmentos de verdad presentes en cada una y despojada de las escorias de las contradicciones actualmente existentes.

Así visto, el ecumenismo es una inmensa preparación de todas las religiones, hecha a través del diálogo hegeliano para que, una vez unificadas, entren en ulterior diálogo con la antítesis comunista.

3. Diálogo, relativismo dialéctico y coexistencia pacífica con el comunismo

En tanto que con los verdaderos católicos el comunismo solo puede coexistir en lucha (cfr. el interesante artículo del Rvmo. Padre Giuseppe De Rosa S.J., titulado: “L'impossibile dialogo tra cattolici e communisti”, en la “Civiltà Cattolica”, Roma, n° del 17 de octubre de 1964, pp. 110-123), su coexistencia con las religiones que acepten el relativismo dialéctico puede ser muy auténticamente pacífica. Pues el diálogo con ellas nada tiene de pugnaz, y presenta apenas el carácter de colaboración.

4. Diálogo, irenismo y persecución religiosa

El hecho de aceptar el comunismo la coexistencia pacífica con las varias religiones que se le oponen, ¿indica por ventura que está cerrado el período de las persecuciones religiosas?

En rigor de lógica, no. El comunismo admitirá tal coexistencia con las religiones o los grupos religiosos que, colocándose en posición hegeliana, acepten dialogar con él sobre una base relativista. En esto, su actitud parece nueva; sin embargo, la novedad nos parece que no está en él, sino en ciertas corrientes religiosas cuya posición ante el relativismo se va tornando cada vez más débil y connivente. El comunismo perseguía a las religiones cuando ellas lo combatían. Es coherente, de su parte, dejar de combatir a aquellas que se muestran dispuestas a entablar con él un diálogo relativista, en un clima de coexistencia pacífica.

Estas aseveraciones tienen interesantes confirmaciones en los hechos.

No es otra, a nuestro entender, la razón por la cual el comunismo polaco apoya al grupo “Pax”.

Las personas que lo integran, aunque se afirman católicas, aceptan colaborar con el régimen comunista para la construcción del mundo socialista. Así, insinúan que el pensamiento social de la Iglesia ha evolucionado, y presenta en la actualidad, en relación al socialismo, una flexibilidad que antes no tenía. Ahora bien, si el pensamiento de la Iglesia es capaz de evolucionar en materia social, puede evolucionar también en cualquier otro punto. La posición del grupo “Pax” contiene una confesión implícita de relativismo, que busca presentar al público la doctrina católica como mutable en todos sus aspectos. Aceptado, además, el diálogo irenístico con los comunistas, “Pax” acaba mostrándose como un instrumento enteramente dedicado a la difusión del relativismo en los medios católicos de la infeliz Polonia.

Ese sentido relativista se nota también en el comentado libro “Il Diálogo alla Prova” (a cura di Mario Gozzini, “Mezzo Secolo”, Vallecchi Editore, Firenze, 1964), en el cual más de un colaborador deja entrever que, desde el punto de vista del diálogo, los hombres no se dividen en grupos ideológicos, sino en dos grandes categorías supra-ideológicas. Unos son los que —en los varios cuadrantes doctrinarios— sensibles al diálogo, y capaces de practicarlos, caminan hacia la coexistencia pacífica y hacia la síntesis. Esos son los buenos. Los otros son insensibles a los atractivos del diálogo, y se obstinan en la mera controversia de carácter “dogmático” y, por tanto, sin cuño relativista. Esos son los malos, los duros, los intransigentes.

No es preciso tener mucha perspicacia política para percibir que para los malos no existirán las delicias de la coexistencia pacífica, sino los inflexibles rigores de la más feroz persecución.

5. El pacifismo irenista y el diálogo

Por haber nacido en el terreno de la utopía irénica, los vocablos “diálogo” y “coexistencia” forman, con la palabra “paz”, un solo anillo. La paz irénica no se reduce a la mera inexistencia de guerras termonucleares o convencionales, de revoluciones o guerrillas. Ella contiene una doctrina, ella es un estilo de vida tanto público como privado en que todos los elementos de roce fueron substituidos por una coexistencia cordial y dialéctica de la tesis con la antítesis, en una continua colaboración para preparar la síntesis.

El diálogo irenista es la aplicación directa de esa doctrina, el lenguaje de ese estilo de vida y el instrumento de esa colaboración [28].

6. Constelación de palabras-talismán “trasbordadoras”

“Diálogo”, “coexistencia”, “paz”, en cuanto vocablos-talismán, son usados aquí y allá en acepciones a veces enigmáticas. Pero si son interpretados en un sentido evolucionista y hegeliano, el cuño enigmático se disipa, y esos términos talismánicos pasan a ser claros, de contornos precisos, y perfectamente congruentes entre sí.

Esto nos pone, desde ahora, en presencia de la acción trasbordadora no de una sola palabra, “diálogo”, sino de toda una constelación de palabras-talismán afines.

Constituida a partir de lucubraciones irenistas sobre las relaciones entre católicos y no católicos, esa constelación conduce a un relativismo de sabor hegeliano y marxista.

7. El diálogo y la línea italiana del comunismo

Consideramos, hasta aquí, el diálogo como un instrumento del trasbordo ideológico inadvertido.

Antes de cerrar nuestro estudio, es el caso de preguntar si, paralelamente con ese trasbordo, el comunismo internacional no tiene en vista alguna operación política de gran envergadura, correspondiente al problema que expusimos en el comienzo de este trabajo, esto es, el fracaso mundial de su proselitismo explícito.

En este caso, la importancia del trasbordo ideológico inadvertido se volvería aún más patente al lector.

Si consideramos la línea de conducta asumida por el Partido Comunista Italiano, en lo que respecta a la política interna de la Península, encontraremos ciertos hechos que conducirían a una respuesta afirmativa.

El PCI intentó, por mucho tiempo, destruir la religión por medio de una campaña violenta y áspera. Después de la segunda guerra mundial, viendo la influencia electoral avasalladora de la opinión católica, fue mudando gradualmente de actitud, y hoy en día sus representantes más calificados afirman que si los católicos concordaran en colaborar en la edificación de una economía socialista, ellos por su lado estarían dispuestos a admitir a la religión como un factor válido de revolución social, y a dar a la Iglesia entera libertad de culto. En estos términos quedaría establecida la coexistencia pacífica con la Iglesia, y el ateísmo comunista entraría en un régimen de diálogo irénico con la Religión Católica a la procura de una nueva síntesis. El libro “Il Dialogo alla prova” más arriba citado (ítem 4, supra) contiene en ese sentido textos importantes. También el aludido artículo del Rvdmo. Padre Giuseppe De Rosa S.J. (“L'impossibile dialogo tra cattolici e comunisti”, in “La Civiltà Cattolica”, cit. en el ítem 3, supra) transcribe interesantes documentos comunistas que dejan transparentar el reconocimiento de la actual indestructibilidad de la Religión Católica en Italia, y sugieren el diálogo y la coexistencia pacífica entre católicos y comunistas de aquel país.

Por oposición a la llamada línea rusa (esto es, el camino de la lucha ideológica y la persecución policial, seguida de un modo casi continuo en la URSS), se delinea así una línea italiana, inspirada por el sentido oportunista del comunismo, y formulada en términos de irenismo, diálogo relativista y coexistencia.

Documento fundamental de la línea rusa seria el famoso informe Ilytchev (discurso pronunciado por el presidente de la Comisión Ideológica del Comité Central del PCUS , el 26 de noviembre de 1963, en la reunión ampliada de la misma Comisión Ideológica). El documento principal de la línea italiana seria el no menos famoso memorial de agosto de 1964, del fallecido secretario del PCI, Palmiro Togliatti, sobre el informe Ilychev.

La línea italiana del comunismo tiene afinidad con la política de contemporización frente a la Iglesia y de entero apoyo al movimiento “Pax”, seguida por el dictador comunista polaco Gomulka. La homogeneidad religiosa de Polonia crea para el comunismo, en aquel país, problemas análogos a los que tendría un gobierno bolchevique en Italia.

En último análisis, la línea italiana muestra la esperanza de los comunistas de que, apremiados por el binomio miedo-simpatía, los católicos de la Península acepten en gran número una velada apostasía, para evitar la persecución.

No creemos que en una nación como Italia esa maniobra logre su fin respecto a la gran mayoría.

Pero, ya que los comunistas depositan esperanzas para el caso italiano, cabe preguntar si no esperan algo también de esa línea para los otros países católicos, para el Brasil y las naciones hermanas de América Latina, por ejemplo.

Ampliando la pregunta, querríamos saber también si para los países afiliados a otras religiones, el comunismo no tiene en vista análoga maniobra.

Todo nos hace conjeturar que sí, y en esto está, a nuestro parecer, uno de los aspectos más actuales de la materia tratada en este estudio.

8. Utilidad del presente trabajo: la posibilidad de “exorcizar” la palabra-talismán, inutilizando la estratagema comunista

Como dijéramos al comienzo de este estudio, los sectores no-comunistas de la opinión pública mundial se hallan en una situación psicológica contradictoria.

En la medida en que miran al comunismo de frente, claramente explicitado, lo rechazan por fidelidad a todo un conjunto de valores que ellos aún admiten, valores estos procedentes del buen sentido universal, o del legado cristiano.

Pero si miran al comunismo de soslayo, esto es, apenas en sus manifestaciones diluidas e implícitas, ellos lo van aceptando gradualmente cada vez más. Los mueven hacia esto el mito irenístico y el binomio miedo-simpatía.

Si, pues, para el comunismo lo esencial es mantener velado en la palabra-talismán el sentido último del mito, por análoga razón la víctima de éste también se resiste a explicitarlo.

Para la mayor parte de las personas, el mito, recordado e insinuado en la palabra “diálogo”, y cuya seducción es como la electricidad de que ésta se halla cargada, sólo es atrayente cuando se mantiene impreciso, difuso, envuelto en las nieblas de la poesía. ¡Cuán maravilloso es soñar vagamente con una concordia definitiva y completa en todos los campos en que los hombres tengan relaciones entre sí! Explicitar ese sueño, procurar estudiarlo, seria matarlo (cfr. Cap. III, 3). Además, ¿para qué explicitar?, ¿para qué entender? Mitos así son hechos mucho menos para ser entendidos que para ser degustados. El fumador de opio no se interesa por la composición química de éste. No quiere entender, sino sentir el opio.

Para “exorcizar” la palabra-talismán e inutilizar su efecto mágico, importa ante todo descubrir, en la pluralidad de sus sentidos, el mito que se incuba en ella.

Todo cuanto existe tiende a manifestarse. En la mente de sus entusiastas, el mito existe. Teniendo cerradas delante de sí las vías de la explicitación, se manifiesta con el máximo de su intensidad y claridad, como ya dijimos, incubado en los matices más radicales de la palabra talismán “diálogo”. Y así, incluso cuando se obstina en permanecer implícito, el mito puede ser detectado, caracterizado y por fin puesto al desnudo por un observador que conozca las reglas propias de esa labor.

El proceso para descubrir el mito consiste en considerar la palabra talismán en sus sentidos más aplaudidos y radiantes, y compararlos con los sentidos sucesivamente menos mágicos, hasta el sentido inocente y trivial; constituida así la gama comparativa que contiene significados míticos y no míticos, verificar por contraste entre los primeros y los segundos cuál es el contenido recóndito de la palabra que trasparece en las aplicaciones míticas y radicales de ésta. En el caso del término “diálogo”, el irenismo siempre surgirá de la comparación. A medida que en la gama de los significados la palabra va perdiendo su fuerza talismánica, se verá que el contenido irénico decrece. En el uso trivial, este contenido no existe. El mito irénico, relativista y hegeliano es, pues, la fuerza mágica de la palabra-talismán “diálogo”.

En otros términos, el método de esta pesquisa se parece a una experiencia de óptica, en la cual el ojo humano tiene delante de si una tela traslúcida, y más allá de la tela un foco de luz. Cuanto más próximo está el foco, más luminosa se ve la tela. Cuanto más distante aquél, tanto menos luminosa ésta. Tal experiencia probaría que la luz no está inmanente en la tela, sino que procede de un foco móvil por detrás de ella.

Análogamente, podemos decir que la palabra “diálogo” irradia una luz que no nace de ella, sino de un mito colocado por detrás. Cuanto más próxima del mito, más luminosa la palabra. Y cuanto más distante, tanto más opaca.

Una vez que el mito es puesto al desnudo por el observador, este puede, divulgando su hallazgo, “exorcizar” la palabra-talismán. Pues, explicitando el mito, proporcionará a los pacientes del trasbordo ideológico inadvertido los medios para abrir los ojos y percibir la acción que se ejerce sobre ellos, para darse cuenta de los rumbos hacia los cuales son conducidos, y para defenderse de ella.

Explicitado el mito, quedará anulado el encantamiento. Actuará la natural repulsa al comunismo de las personas así alertadas, y la maniobra comunista quedará frustrada.

Contribuir para dar a las víctimas de ese proceso el medio de defensa eficaz, es el fin por el que este trabajo fue escrito.

*   *   *

Rogamos a Nuestra Señora de Fátima que reciba como filial homenaje de amor este estudio, y se digne utilizarlo, aunque como instrumento insignificante, para la realización de la gran promesa que hizo al mundo en Cova da Iria:

 

“Por fin, mi Inmaculado Corazón triunfará”

 


Plinio Corrêa de Oliveira

Plinio Corrêa de Oliveira nació en São Paulo, Brasil, en el ano de 1908. Diplomado por la Facultad de Derecho de la Universidad de São Paulo, se destacó desde su juventud como orador, conferencista y periodista católico. Fue uno de los fundadores y directores de la Liga Electoral Católica, resultando electo diputado con la más alta votación del país para la Asamblea Constituyente Federal de 1934. Ocupo la cátedra de Historia de la Civilización en el Colegio Universitario de la Universidad de São Paulo, así como de Historia Moderna y Contemporánea en las Facultades de São Bento y Sedes Sapientiae de la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. Fue Presidente de la Junta Arquidiocesana de la Acción Católica de São Paulo y director del órgano católico “Legionário”. Colaborador destacado de la publicación mensual “Catolicismo”, escribe también para el diario “Folha de São Paulo” desde 1968.

Principales obras [en 1985]: “En Defensa de la Acción Católica”; “Revolución y Contra-Revolución”; “Reforma Agraria-Cuestión de Conciencia” y “Declaración de Morro Alto” (en colaboración con otros autores), “Acuerdo con el régimen comunista: para la Iglesia, ¿esperanza o autodemolición?”; “Trasbordo ideológico inadvertido y diálogo”; “La Iglesia ante la escalada de la amenaza comunista. Llamamiento a los Obispos silenciosos”; “Tribalismo indígena, ideal comuno-misionero para el Brasil en el siglo XXI”; “Incitación a la guerrilla, dirigida por sandinistas ‘cristianos’, a la izquierda católica de América Latina”; “Soy católico: ¿puedo ser contrario a la Reforma Agraria?”; “El socialismo autogestionario: frente al comunismo, ¿es una barrera o una cabeza de puente?” y “Las Comunidades Eclesiales de Base... de las cuales mucho se habla y poco se conoce. La TFP las describe como son”.

En 1960 fundó la Sociedad Brasileña de Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad-TFP, y ha sido desde entonces Presidente del Consejo Nacional de la entidad. Inspiradas en “Revolución y Contra-Revolución” y en otras obras del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, otras TFP y entidades congéneres se constituyeron animismo en quince países de América, Europa, África y Oceanía.

 


NOTAS

[1] Nota de la 5ª edición brasileña, julio de 1974: También “Trasbordo Ideológico Inadvertido y Diálogo” traspuso la cortina de hierro. En el mismo semanario “Kierunki” (Nos 51-52 y 53, de 1967), el Sr. Z. Czajkowski, redactor jefe del mensuario “Zycie i Mysl”, escribió un nuevo artículo con un título bastante singular: “En el círculo de una mistificación psicológica, o sea, de una polémica con el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira — continuación”. Al tomar posición contra “La libertad de la Iglesia en el Estado comunista”, el escritor “comuno-católico” polaco había hecho cuestión de enviar sus argumentos al autor del libro que pretendía refutar. Esta vez, mientras tanto, sólo tomamos conocimiento de su nueva embestida a través de la noticia de siete páginas publicada en enero de 1968 en “La Vie Catholique en Pologne/Revue de la Presse Polonaise”, editada en Varsovia por la Asociación “Pax”. Tal revista, destinada a informar (¿o desinformar...?) al público occidental sobre la vida religiosa en aquel país y, particularmente, sobre las actividades del grupo “Pax”, sólo fortuitamente llegó a nuestras manos, y asimismo con un atraso enorme. Al presentar de esta forma su nuevo ataque, como continuación de la polémica, el Sr. Z. Czajkowski empleó la palabra en un sentido muy “sui géneris”, desde el momento en que no tomó providencias para que su argumentación llegase a la parte contraria. Dígase de paso, el escritor “católico”-comunista tenía sus razones para proceder así: con el fin de rebatir mejor nuestro ensayo, ¡adulteró, pura y simplemente, con la mayor desfachatez, diversos trechos que pretendió refutar! (cfr. “Catolicismo”, N° 244, de abril de 1971). Por donde se ve, también, de qué lado está la “mistificación”...

Lo importante, en todo caso, es que un elemento calificado dentro de la Asociación “Pax”, la cual constituye un dócil instrumento en las manos del gobierno comunista polaco, haya juzgado oportuno alertar a los círculos intelectuales de su país también contra este trabajo nuestro. Señal de que el comunismo recela que “Trasbordo Ideológico Inadvertido y Diálogo” le cause un serio daño en sus propios dominios detrás de la cortina de hierro.

[2] Los progresos del comunismo en Italia en nada invalidan lo que afirmamos respecto al fracaso de las viejas técnicas de proselitismo comunista explícito. Ellos prueban, por el contrario, el éxito de las técnicas nuevas. El Partido Demócrata Cristiano italiano —por lo menos en cuanto considerado en sus corrientes de centroizquierda, izquierda y extrema izquierda— está siendo trabajado a fondo por sentimientos de afinidad y miedo, hábilmente aprovechados por el PCI. Este encubre cuanto le es posible, en Italia, su carácter materialista y ateo, y apela continuamente a un entendimiento con los católicos. Con esto, produce un deshielo en la Democracia Cristiana. Al mismo tiempo, el peligro de una guerra continúa dominando el panorama político peninsular. De ahí nace una flexibilidad mayor del Partido Demócrata Cristiano en relación a la izquierda, y la política de buena vecindad entre él y el socialismo. Ambos factores, por su parte, debilitan las disposiciones anticomunistas de la mayoría de la población, facilitan la expansión del Partido Comunista y, sobre todo, operan un peligroso deslizamiento del centro hacia la izquierda socialista, dentro mismo de los cuadros políticos demócrata-cristianos. Un fenómeno semejante sucede con otros partidos italianos que se dicen centristas, también trabajados por análoga estrategia comunista. De allí el gran riesgo al que está expuesta Italia, en los días que corren.

[3] Nota de la Edición Chilena de marzo de 1985: En 1981, dieciséis años después del lanzamiento de “Trasbordo Ideológico Inadvertido y Diálogo”, se perfiló en el horizonte de Occidente, como un gigantesco espectro, una gran maniobra de trasbordo ideológico —hasta ahora, tal vez la de mayor envergadura— movida por el comunismo internacional para instaurar su régimen igualitario.

Considerando el real —y ya no más ocultable— fracaso de las experiencias socialistas, paralelo a una campaña internacional tendiente a exagerar las dificultades del sistema económico occidental, estaban propicias las condiciones psicológicas para imponer al mundo una pseudo tercera vía entre el capitalismo y el comunismo. Tercera vía que evitaría el colapso del comunismo, y terminaría haciendo capitular a Occidente frente a Rusia y sus satélites.

Es en la perspectiva de este cuadro político y psicológico, que en mayo de 1981, con la victoria electoral del Partido Socialista, Mitterrand asumía la presidencia de Francia. Y comenzó así a proyectar sobre el mundo su programa de socialismo autogestionario como una fórmula seductora, fascinante y con una gran capacidad de irradiación. En una palabra, una atractiva carnada del comunismo internacional. Paralelamente, en Francia y en el resto de Occidente, tanto los líderes como la opinión pública del centro y la derecha, parecieron no reaccionar ante la peligrosa maniobra de guerra psicológica.

Y fue delante de este panorama —mezcla de unanimismo apático y de fascinación— que el profesor Plinio Corrêa de Oliveira tomó su pluma para publicar, a fines de 1981, un minucioso y documentado estudio sobre esta materia, titulado “El socialismo autogestionario: frente al comunismo, ¿es una barrera o una cabeza de puente?” [Nota del sitio: Para más información, en español, sobre ese monumental estudio pinchar aquí].

Este estudio, denunciando y desmitificando la gigantesca maniobra de trasbordo ideológico inadvertido, fue publicado inicialmente en el “Washington Post” y el “Frankfurter Allgemeine Zeitung”. Posteriormente el documento fue estampado en la íntegra en 49 de los principales diarios del mundo libre, alcanzando un tiraje de 34 millones de ejemplares, y logrando una enorme repercusión internacional. Así fue desenmascarado a los ojos del mundo este nuevo camuflaje del comunismo; y, al parecer, ningún artificio de la propaganda socialo-comunista encontró hasta ahora una contraofensiva de tamaña amplitud.

La Historia ciertamente medirá con toda justicia, en la perspectiva del tiempo, la influencia que la difusión del referido estudio de Plinio Corrêa de Oliveira tuvo en el eclipsamiento posterior, tanto de Mitterrand, como de su fórmula de socialismo autogestionario (cfr. Suplemento Especial de “El Mercurio” del 20-1-82; y Boletín “Tradición, Familia, Propiedad” de marzo del 82).

[4] Desarrollamos este pensamiento en nuestro ensayo “Revolución y Contrarrevolución” (Edición original por Boa Imprensa Ltda., Campos - RJ, Brasil, 1959). Tuvimos la satisfacción de verificar que las principales tesis de ese ensayo, relativas a la Revolución Francesa como causa del comunismo, fueron también afirmadas en un documento por 269 Padres del II Concilio Ecuménico Vaticano, pertenecientes a 66 países. En el referido documento se pedía que fuese renovada por el Concilio la condenación del socialismo y del comunismo (cfr. “Catolicismo” N° 157, de enero de 1964).

[5] Tratase de un mito bien conocido, presente ya en las elucubraciones de ciertas sectas protestantes nacidas en el siglo XVI, así como en la ideología de ciertos elementos “avanzados” de la Revolución Francesa. De él nos ocuparemos más adelante (Cap. IV, 2).

[6] Séanos permitido, de paso, hacer un comentario al margen del tema, pero que puede elucidar un aspecto importante del problema comunista en 1965.

Las consideraciones que hicimos en este capítulo revisten importancia para el estudio de la verdadera naturaleza del conflicto actual entre la URSS y la República Popular de China.

En virtud de las razones que enunciamos, el comunismo debe, en rigor de lógica, operar una considerable renovación de métodos, para ensayar esa nueva etapa de su lucha. Así, es forzoso preguntar, a propósito de cada acontecimiento de importancia ocurrido en el mundo marxista —como es la ruptura de Rusia con China— hasta qué punto, por encima de las causas próximas y visibles, el mismo se ajusta a los nuevos métodos y fines de la alta y más reciente estrategia comunista. Un observador cauto debe pues considerar a esta luz, con el más fino sentido crítico, el diferendo chino-soviético.

En efecto, si bien es indudable que existen puntos naturales de divergencia entre los intereses nacionales de Rusia y de China, y razones de competencia entre el PC ruso y el PC chino, en cuanto a la dirección mundial del movimiento comunista es de notar que la disidencia entre los “grandes” del comunismo presenta, desde el punto de vista propagandístico, otro aspecto, y este de gran envergadura. Considerada en función del binomio miedo-simpatía, se ve que a los ojos de los pueblos libres, la China comunista presenta la faz sombría y agresiva, capaz de actuar sobre el miedo de Occidente, en cuanto las propuestas de coexistencia pacífica de la URSS y los síntomas de “deshielo” allí verificados hacen vibrar, más acá de la cortina de hierro, las fibras del alma simpáticas al comunismo. Estas dos fases, la china y la rusa, formando el anverso y el reverso de una misma medalla, bien podrían constituir como que un dispositivo de doble presión psicológica sobre el binomio miedo-simpatía existente en la opinión pública del mundo libre, sirviendo así a los supremos intereses del expansionismo comunista. Para comprender la plausibilidad de esta hipótesis, hay que tener en cuenta que esos intereses son comunes, en último análisis, a todos los marxistas, sean ellos rusos o chinos.

Análogas consideraciones se deben hacer sobre la actual tendencia hacia un tal o cual restablecimiento de la libre iniciativa en la URSS.

Por una parte, si esta, desistiendo por ahora de una guerra suicida, quiere competir con los EE.UU. en un clima de coexistencia pacífica en el terreno de la producción, debe necesariamente apelar al restablecimiento, aunque muy rudimentario, de la libre iniciativa. Pues la experiencia soviética prueba que de otro modo ningún progreso es posible en los sectores en que más insuficiente se muestra la producción.

Pero ese restablecimiento ¿no será utilizado propagandísticamente para otros fines?

Por ejemplo, ¿no podría provocar una desmovilización de los espíritus en el mundo libre, preparándolos para la ilusión de que la URSS estaría en camino hacia un régimen democrático apenas semi-socialista, y que los peligrosos contrastes entre los dos mundos podrían ser eliminados en el caso de que Occidente, en el interés de la paz, consintiese en “socializarse” fuertemente, al mismo tiempo que la URSS se “capitalizase” un poco?

Esa ilusión, actuando sobre el binomio miedo-simpatía, ¡a qué retrocesos, a qué capitulaciones podría predisponer a las naciones libres!

[7] No tomamos aquí las expresiones “reforma agraria”, “reforma de la empresa” y “reforma urbana” en su sentido natural y propio, que puede significar apenas una justa y proporcionada mejora de las condiciones de los trabajadores de la ciudad y del campo, de los pequeños propietarios rurales, y de los inquilinos, respetando el principio de la propiedad privada, y atendida la función social que a ésta compete (cfr. “Reforma Agraria - Cuestión de conciencia”, por Mons. Geraldo de Proença Sigaud, Mons. Antonio de Castro Mayer, Plinio Corrêa de Oliveira y Luis Mendonça de Freitas; Club de Lectores, Buenos Aires, 1963). Las empleamos en el sentido corriente que les dio la demagogia de las leyes que, bajo pretexto de imponer el ejercicio de la función social de la propiedad, mutilan a esta como si el ejercicio adecuado de una función pudiese importar la destrucción del respectivo órgano. La protección de los trabajadores y de los pequeños propietarios rurales, la participación de los empleados en los beneficios, en la gestión y en la propiedad de la empresa, en cuanto estimulada, en los casos adecuados, y no impuesta por ley, así como la protección de los locatarios contra posibles excesos de parte de los locadores, nada tiene que ver con las medidas confiscatorias de que acabamos de hablar.

[8] No queremos afirmar con esto que cada persona que promueve reformas de esta naturaleza sea necesariamente comunista. El proceso de trasbordo ideológico es inadvertido, no sólo en sus pacientes, sino también a veces en algunos de los que lo llevan a cabo.

[9] Un ejemplo manifiesto de la eficacia de ese deslizarse subrepticio de países enteros rumbo al comunismo, mediante el empleo del trasbordo ideológico inadvertido en ciertos sectores de la opinión, se encuentra en Argelia, Túnez y sobre todo en Egipto, donde éste parece estar, en 1965, en vías de ejecución más adelantada. Los cercenamientos sucesivos del derecho de propiedad y de la libre iniciativa conducirían a aquellas naciones a un orden de cosas profundamente socialista, el cual propende cada vez más para la extrema izquierda.

Las declaraciones anticomunistas de algunos de sus líderes no prueban que las transformaciones por ellos impuestas no sean comunistas ni tiendan para el comunismo. Pues el carácter comunista de una transformación surge de la naturaleza de ésta, y no del rótulo que le dan los políticos que la llevan a cabo.

Del mismo modo, las reformas de Nasser no dejarán de ser muy avanzadamente socialistas por el simple hecho de que en Egipto está proscrito el partido comunista. Sería muy infantil quien de allí dedujese que aquel país está caminando para nimbos opuestos a los del comunismo.

De la utilidad de la aplicación, a esas tres naciones contemporáneas, del proceso de trasbordo ideológico inadvertido —completado y acentuado por sucesivas “reformas de base”— dice bien la relativa inercia de la opinión en Túnez. Ni en Egipto, ni en Argelia, ni en Túnez (hablamos de los nativos), se registraron reacciones en proporción a las que hubo en Cuba ante la bolchevización explícita y hasta teatral promovida por Fidel Castro. Y tampoco se impresionó tanto la opinión mundial con los progresos del comunismo en el África del Norte, como con la bolchevización en Cuba.

[10] Como es evidente, empleamos aquí el vocablo “talismán”, como también más adelante el vocablo “mágica”, en su sentido corriente y meramente metafórico.

[11] Usamos varias veces, a lo largo del presente estudio, expresión “hermanos separados”, hoy tan en boga. La entrelazamos de vez en cuando con las palabras “hereje” y “cismático”, que en ciertos ambientes van siendo cada vez menos usadas. Actuamos así intencionalmente, pues “hermanos separados”, es una expresión que va sufriendo, ella también, un uso talismánico.

Todos los hombres, por haber sido creados por el mismo Dios y descender de la misma primera pareja, son hermanos. A un título todavía más noble, son hermanos los que creen en Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Redentor del género humano, y que en nombre de Él fueron bautizados. Por más profundas y fuertes que sean las divergencias entre los hombres, estos títulos de fraternidad no por eso desaparecen. Nada más legítimo, pues, que la calificación de “hermanos separados”.

Decir “legítimo” es decir todavía poco. La expresión, que contiene una evidente acentuación en el sustantivo “hermanos”, tiene el mérito de dar, a los que la usan, una conciencia más viva y actual de esa supereminencia de los vínculos fraternos por encima de las divisiones, y a tal título, constituye un factor útil para aproximaciones apostólicas preciosas.

Más aún, si a veces es preciso acentuar que tantos hombres separados de nosotros son nuestros hermanos, no menos necesario es acentuar en otras ocasiones que esos hermanos no son hermanos cualesquiera, sino que, por el contrario, están profundamente separados de nosotros. Pues es en la debida y entera evaluación de ambos elementos —fraternidad y separación— que está la verdad plena respecto de la situación de los no católicos frente a los católicos.

Ahora bien, las palabras “herejía” y “cisma” expresan la naturaleza de esa separación con admirable precisión moral y canónica, pues trae a la mente la autoridad magistral y jurídica de la Iglesia, la enorme gravedad del error o de la revuelta contra ésta, la severidad de las sanciones eclesiásticas, y la necesidad de precaverse los católicos del contagio de los infieles.

Así, hacer raro el uso de las palabras “hereje” y “cismático”, o hasta suprimirlas, para solo hablar de “hermanos separados”, importa una verdadera mutilación talismánica del alcance real de esa separación. Mutilación ésta particularmente dañosa en un clima infestado de irenismo y relativismo religioso, como es el nuestro.

Esto nos podría llevar tan lejos, que cierta revista católica holandesa preguntó, con gracia, cuándo comenzaremos a proscribir la palabra “demonio” para sólo usar “ángel separado”.

[12] Este riesgo estuvo presente en las preocupaciones del Concilio Ecuménico Vaticano II, el cual dispuso que la tarea de conocer mejor el pensamiento de los hermanos separado y de presentarles de modo más conveniente nuestra Fe, a través de reuniones en las que se trate sobre todo de cuestiones teológicas, no se encargaría a cualquier católico sino solamente a “personas verdaderamente competentes”, bajo la vigilancia de los Obispos (cfr. Decreto Conciliar “De Oecumenismo”, del 21 de noviembre de 1964, nº 9 AAS., vol. LVII, nº 1, p. 98). Claro está que por “personas verdaderamente competentes” se entiende las que tienen no sólo estudios bastante seguros para que puedan resistir ilesas los sofismas de la herejía, sino también suficiente vigor en la virtud teologal de la Fe.

[13] La dialéctica, como Aristóteles la concibe, aunque inspirada en Platón, no nos parece relacionada próximamente con la presente temática (cfr. A. Lalande, op. cit., ibíd.).

[14] En la Encíclica “Ecclesiam Suam”, el Santo Padre Paulo VI, al tratar del diálogo, usa la palabra latina “colloquium” (loqui cum), cuyo equivalente en español, “coloquio”, también sirve para designar en sentido lato toda y cualquier forma de interlocución.

[15] Al contrario de lo que se da en la discusión y especialmente con el diálogo-investigación, el diálogo-entretenimiento sólo tiene una relación lejana con el diálogo según la noción platónica.

[16] Si el diálogo-investigación implica eventuales divergencias, qué consiste su diferencia con la discusión? El diálogo-investigación no versa sobre ningún tema en que los interlocutores estén en desacuerdo, sino sobre un tema que ignoran, al menos en parte. La divergencia es en el apenas un episodio eventual y esporádico, relativo a algún aspecto de la investigación. La discusión tiene por objeto un asunto en el que hay desacuerdo, e importa fundamental y continuamente el esgrimir de los argumentos.

[17] Es útil confrontar la terminología aquí adoptada y la que es usada por el Santo Padre en la memorable Encíclica “Ecclesian Suam” (in AAS vol. LVI, nº 10, pp. 609-659).

La temática de ese histórico documento es bien distinta de la que nos ocupa en el presente trabajo. El Papa trata fundamentalmente de enseñar lo que él llama el diálogo de salvación, o diálogo apostólico de la Iglesia, mostrando principalmente sus características, sus modalidades y la inmensidad de su ámbito, el cual abraza a la humanidad entera.

En consecuencia, la Encíclica se ocupa apenas colateralmente de ciertos aspectos negativos del diálogo, como por ejemplo la hipótesis de un diálogo con los comunistas, que ella califica de “bastante difícil, para no decir imposible”. O de la inviabilidad de un diálogo cuando los no católicos “lo rechacen en toda la línea, o simulen querer aceptarlo”.

Es también a título colateral que el Santo Padre se refiere al peligro del irenismo y del sincretismo en el diálogo.

Ahora bien, en el presente estudio, el diálogo que se pretende analizar y señalar a la atención de la opinión pública es precisamente el opuesto. No es el diálogo deseado por la Iglesia, para atraer a las almas, sino el diálogo desnaturalizado astutamente por el comunismo, para desviarlas o mantenerlas apartadas de la Iglesia. Es apenas a título preparatorio y explicativo que nos ocupamos del buen diálogo.

Están en el panorama de la Encíclica todas las formas de interlocución entre católicos y acatólicos, y en lo que se refiere a la discusión pugnaz y hasta inclusive la polémica, no las rechaza sino cuando sean “injuriosas” y, como por otra parte sucede “con frecuencia”, “violentas”. Por lo tanto, el Papa no excluye la buena discusión ni la buena polémica.

Así, en el espíritu de la Encíclica, la interlocución, que en este estudio llamamos diálogo “lato sensu”, comporta como formas moralmente legítimas (además del diálogo-entretenimiento y del diálogo-investigación, como es obvio) las tres modalidades de discusión que denominamos discusión-diálogo, discusión pura y simple y polémica.

Entretanto, es fácil notar que el Papa fija más detenidamente su atención sobre la discusión-diálogo, notable por su cordialidad. Y que la considera, incluso, como la que “más genuinamente tiene la naturaleza de diálogo”. En esta perspectiva la discusión pura y simple y la polémica son formas auténticas y legítimas de diálogo, si bien menos plenas.

Todo esto, lo decimos para mostrar la armonía entre lo que afirmamos sobre el diálogo legítimo y lo que enseña la Encíclica sobre el diálogo de salvación.

Varias de las increpaciones que hacemos al mal diálogo lo diferencian fundamentalmente del diálogo apostólico de la Iglesia, enseñado por la Encíclica “Ecclesiam Suam”.

Así, este último nada tiene de relativista: procura esencialmente la conversión de la parte no católica.

Tampoco participa de la ilusión irenística de que el interlocutor no católico está siempre de buena fe. La Encíclica, al hablar de la posible insinceridad de ciertos interlocutores, de la dureza de los que cierran el oído a las tentativas de diálogo de la Iglesia, y de los peligros del irenismo y del sincretismo como elementos de falseamiento del diálogo de salvación, no ignora que el pecado original dejó efectos en el hombre.

Por fin, si la “Ecclesiam Suam” trata del irenismo apenas de pasada, no es menos cierto que lo rechaza explícitamente, y deja ver las aprehensiones que el Pontífice siente acerca de él. De tales aprehensiones, por otra parte, no podría tener dudas quien, ya antes de la Encíclica, hubiese leído la Exhortación del 12 de febrero de 1964 a los Párrocos y Predicadores cuaresmales de Roma, en la que Paulo VI afirma con energía: “La espada del espíritu parece (en la hora presente) reposar en la vaina de la duda y del irenismo. Pero es precisamente por esto que el mensaje de la verdad religiosa debe resonar con mayor vigor. Los hombres tienen necesidad de creer en quien se muestra seguro de aquello que enseña” (in “Osservatore Romano”, edición semanal en francés, del 21 de febrero de 1964).

[18] Véase, en este sentido, lo que enseña Santo Tomás de Aquino, Sum. Theol., 2-2, q. 158, a.I.

[19]Il faut vivre comme on pense, sinon, tôt ou tard, on finit par penser comme on a véçu” (Paul Bourget, “Le démon de midi”, Librairie Plon, Paris, 1914, vol. II, p. 375).

[20] Las demás cosas, y sobre todo las inferiores, se ordenan al bien del hombre como a su propio fin. Si nada de malo existiese en las cosas, el bien del hombre estaría grandemente disminuido, tanto en lo que dice respecto al conocimiento, cuanto al deseo o amor del bien. Pues por la comparación con el mal se conoce mejor el bien, y cuando sufrimos algunos males, deseamos el bien más ardientemente: así como los enfermos conocen mejor que nadie cuán buena es la salud y también la desean con más ardor que las personas sanas. Por eso, la Providencia Divina no excluyó totalmente de las cosas el mal”. (Santo Tomás de Aquino, C. Gent., III, 71).

[21] Dígase de paso que la condenación de la discusión pura y simple y de la polémica, conduce al rechazo de la apologética. La mala apologética es como el sosia de la mala discusión y de la mala polémica. Aquella es el apriorismo, la unilateralidad, el desarreglo pasional en el elogiar o defender algo. Como éstas lo son en el vituperar o atacar alguna cosa. Pero la buena apologética es hermana de la buena discusión y de la buena polémica. Por eso mismo, la defensa de la apologética se ha de hacer, mutatis mutandis, exactamente en los mismos términos que la de la discusión pura y simple, y de la polémica.

Por su parte, la mala hagiografía es la trasposición de la mala apologética al plano de la historiografía religiosa. Por eso, no es raro ver la palabra empleada en un sentido peyorativo, como si toda hagiografía no fuese sino una leyenda edificante sin valor histórico, una especie de cuento de hadas cristiano. Es fácil ver que la defensa de la buena hagiografía debe hacerse con argumentos análogos a los de la defensa de la buena apologética, de la buena discusión y de la buena polémica, de las cuales ella es una noble hermana.

[22] “Dios no ha hecho ni formado nunca más que una sola enemistad, mas ésta irreconciliable, que durará y aumentará incluso hasta el fin, y es entre Maria, su digna Madre, y el diablo; entre los hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y secuaces de Lucifer (...).

“Dios no sólo ha creado una enemistad, sino enemistades, y no sólo entre Maria y el demonio, sino entre la descendencia de la Santísima Virgen y ia del diablo; es decir, que Dios ha levantado enemistades, antipatías y odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de su Madre y los hijos y esclavos del demonio; por eso no se aman mutuamente ni tienen correspondencia interior unos con otros. Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos del mundo (pues estos distintos nombres significan una misma cosa), han perseguido incesantemente hasta aquí y perseguirán todavía más que nunca a aquellos y aquellas que pertenezcan a la Santísima Virgen, así como en otro tiempo Caín persiguió a su hermano Abel, y Esaú a su hermano Jacob, que son figuras de los réprobos y de los predestinados” (cfr. “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” de San Luis Maria Grignion de Montfort; Obras Completas, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1954; pp. 469 y 470, Nos 52 y 54).

[23] Entendemos aquí la palabra “irenismo”, no en el sentido de amor temperante a la verdadera paz, sino en el de amor desarreglado de una paz obtenida a cualquier precio, a costa de los principios, de los derechos adquiridos, etc. En suma, de una paz inauténtica. De tal irenismo dice Pío XII en la Encíclica “Humani Generis” del 12 de agosto de 1950: Señálese también otro peligro, tanto más grave cuanto más se oculta bajo la capa de virtud. Muchos deplorando la discordia del género humano y la confusión reinante en las inteligencias humanas, son movidos por un celo imprudente y llevados por un interno impulso y un ardiente deseo de romper las barreras que separan entre sí a las personas buenas y honradas; por ello, propugnan una especie tal de “irenismo” que, pasando por alto las cuestiones que dividen a los hombres, se proponen no sólo combatir en unión de fuerzas al arrollador ateísmo, sino también reconciliar las opiniones contrarias aun en el campo dogmático. (…).Si los tales no pretendiesen sino acomodar mejor, con alguna renovación, la ciencia eclesiástica y su método a las condiciones y necesidades actuales, nada habría casi de temerse; mas, al contrario, algunos de ellos, abrasados por un imprudente “irenismo”, parecen considerar como un óbice para restablecer la unidad fraterna todo cuanto se funda en las mismas leyes y principios dados por Cristo y en las instituciones por El fundadas o cuanto constituye la defensa y el sostenimiento de la integridad de la fe, caído todo lo cual, seguramente la unificación sería universal, en la común ruina”.

[24] ¿Podría la palabra-talismán “diálogo” —en un futuro más remoto— llevar a los que la usan a una posición religiosa gnóstico-platónica en la cual los interlocutores, por el uso de la palabra, procurarían despertar recíprocamente las reminiscencias del pasado anterior a la caída? No hay duda que, en la palabra “diálogo”, hay elementos utilizables para ese paso de Hegel a Platón. “Habent sua fata libelli”, dice el proverbio. “Habent sua fata verba”, diríamos de la palabra en general. Especialmente de la palabra-talismán. “Qui vivra verra”. Es difícil ir aquí más allá de conjeturas.

[25] Bien se ve que la palabra “mundano” no está aplicada aquí en el sentido corriente, de persona excesivamente afecta a la vida de sociedad elegante, refinada, y tantas veces frívola. La frivolidad es siempre un mal. La elegancia y el refinamiento en si son laudables, y si el frívolo es uno de los tipos de mundano en nuestro sentido de la palabra, el elegante y el refinado pueden no serlo.

[26] Søren Aabye Kierkegaard fue un filósofo y teólogo danés del siglo XIX. Se le considera el padre del Existencialismo [Nota introducida por el compilador del sitio].

[27] ¿Podría decirse que, en la fase hegeliana, todas las formas de interlocución entre personas de posición ideológica diferente (por lo tanto el diálogo-entretenimiento, el diálogo-investigación, la discusión-diálogo, la discusión pura y simple, y la polémica) continúan existiendo en apariencia, pero se reducen en la realidad a meras formas del “ludus” hegeliano?

Para responder afirmativamente, sería preciso insistir en rigor en que cada una de estas modalidades de interlocución, al estar incubada en un sentido lúdico, tiene una semejanza extrínseca con la misma modalidad tomada en su sentido legítimo (cfr. Cap. IV, 1, B).

Admitido esto, no vemos ningún obstáculo para responder afirmativamente a la pregunta arriba formulada. Pero el análisis de estas perspectivas más extensas, exigiría un trabajo aparte.

[28] Una víctima de la palabra-talismán “diálogo”, al leer todas estas consideraciones, no dejará de preguntarse si el autor, tan inmune al irenismo, es indiferente al peligro de una hecatombe termonuclear.

Esta pregunta es en sí un insulto, pues solamente un loco o un desalmado puede ser indiferente a tal peligro.

Un católico que no lo tema con todas las potencias de su alma, no tiene sinceridad en su fe. En realidad, no será sino un fariseo.

Sin embargo, para un católico sincero, hay un mal aún más grave que la guerra: es el pecado. San Agustín aclara bien este pensamiento: “¿Qué hay de recriminable en la guerra? ¿Será el hecho de que en ella se matan hombres destinados todos a morir un día, a fin de que los vencedores puedan vivir en paz? Hacer tal censura a la guerra sería cosa de pusilánimes, no de hombres religiosos. Lo que se increpa, a justo título, en las guerras, es el deseo de causar daño, la crueldad en la venganza, un ánimo implacable y enemigo de toda paz, la ferocidad de las represalias, la pasión del dominio, y otros sentimientos semejantes” (Cont. Faust., XXII, 74 - PL 42, 447). Si estos son los pecados a los que la guerra puede llevar a los hombres, mucho más grave aún es el pecado al cual, en las presentes circunstancias, los puede llevar el irenismo. Pues es la apostasía que, en cuanto atenta contra la fe, raíz de todas las virtudes, es el más grave de los pecados.

Si la condición para preservar la paz consiste en que los hijos de la Iglesia acepten una concepción relativista de la Religión —cavilosamente introducida en ellos por la palabra-talismán “diálogo” y otras congéneres— y una civilización socialista, entonces es preciso reconocer francamente que se plantea la alternativa de obedecer a Dios, que nos manda creer en lo que reveló, o a los déspotas comunistas que, amenazando con la bomba de hidrógeno, nos mandan rechazar la Revelación. Frente a esta alternativa, no hay, una vez más, cómo dudar: “importa más obedecer a Dios que a los hombres”, advierte el Príncipe de los Apóstoles (Act. 5, 29).

En la realidad, sin embargo, negamos que la opción frente a la cual se encuentra la humanidad sea la apostasía o la destrucción atómica. Por un lado está el precepto divino y por otro lado la amenaza comunista, ciertamente. Pero el peligro de la hecatombe termonuclear será mayor si desobedeciéramos a Dios en lugar de desobedecer a los déspotas de Moscú o Pequín.

Pues si la opinión pública, dominada por el binomio miedo-simpatía, e intoxicada por las palabra-talismán del irenismo —“diálogo”, entre ellas— aceptara una concepción relativista y hegeliana de la Religión, impondrá inevitablemente que las naciones no comunistas acepten en términos de coexistencia, y para salvar la paz, la generalización del comunismo en el mundo.

Ese pecado supremo, por el mismo hecho de ser cometido por naciones y no apenas por individuos, está sujeto a la Justicia Divina de modo muy especial.

En efecto, mientras que los pecados de los individuos pueden ser castigados en este mundo o en el otro, no sucede lo mismo con los pecados de las naciones. Estas, como dice San Agustín, no pudiendo ser recompensadas ni castigadas en la otra vida, reciben aquí mismo el premio de sus buenas acciones y el castigo de sus crímenes.

A un pecado supremo de los países corresponde, pues, en términos de justicia, un castigo supremo en este mundo. Y éste, bien puede ser la catástrofe termonuclear.

Así, más peligro hay de una tal catástrofe en la apostasía que en la fidelidad.

Esta afirmación se prueba aún mejor si consideramos no sólo la pena, sino también el premio. Las naciones fieles a la ley de Dios deben recibir en esta tierra la justa recompensa. Nada, pues, es más propio para atraer a un pueblo la protección y el favor de Dios, aún en lo que respecta a los bienes de esta vida, que la fidelidad heroica frente al peligro termonuclear. Esta fidelidad es el medio por excelencia para apartar el peligro.