Legionario,
1-6-1941
La
Medianera Universal
Plinio
Corrêa de Oliveira (*)
En el día 31 de mayo la Santa Iglesia celebra la fiesta de Nuestra Señora,
Medianera Universal de todas las gracias. En esta época de confusión, de
aflicciones y de peligros nuestras oraciones irremediablemente se tornan más
apremiantes.
Y, con esto, se vuelve más importante también el que sepamos rezar bien. Y
pocas verdades de la Fe concurren de un modo tan poderoso para valorizar
nuestras oraciones, cuanto la Mediación Universal de María, si la estudiamos
seriamente y hacemos que cale a fondo en nuestra vida de piedad.
¿En qué consiste esa verdad? La Teología enseña que todas las gracias que
nos vienen de Dios pasan siempre por las manos de María, de tal manera que nada
obtendremos de El, si María no se asocia a nuestra oración, y todas las
gracias que recibimos las debemos siempre a la intercesión de María. Así, la
Madre de Dios es el canal de todas las oraciones que llegan hasta su Divino
Hijo y el camino de todas las gracias que Este otorga a los hombres.
Evidentemente, esta verdad supone que en todas las oraciones que hagamos,
pidamos explicitamente a Nuestra Señora que nos apoye. Esta práctica sería
sumamente loable. Pero, aunque no invoquemos declaradamente la intercesión de
Nuestra Señora podemos estar seguros de que seremos atendidos porque Ella reza
con nosotros, y por nosotros.
De ahí se saca una conclusión sumamente consoladora. Si tuviésemos que
confiar sólamente en nuestros méritos, ¿cómo podríamos confiar en la eficacia
de nuestra oración? Se cuenta que cierta vez, Nuestro Señor se apareció a
Santa Teresa trayendo en las manos unas uvas maravillosas. Preguntó la santa
al Divino Maestro qué significaban las uvas, y El respondió que eran una
imagen del alma de ella. Miró entonces la santa detenidamente a las frutas y en
la medida en que las examinaba, su primera impresión, que fue magnífica, se
deshacía, y daba lugar a una impresión cada vez más triste. Llenas de manchas y
de defectos, las uvas acabaron por parecer repugnantes a la gran santa. Ella
comprendió entonces el alto significado de la visión. Incluso las almas más
perfectas tienen manchas, cuando son atentamente examinadas. Y ¿cuáles son las
manchas que pueden pasar desapercibidas a la mirada penetrante de Dios? Por eso
tenía mucha razón el Salmista cuanto exclamaba: «Señor si atendieses a nuestras
iniquidades, ¿quién se sustentará en vuestra presencia?»
Y, si no hay nadie que no presente manchas a los ojos de Dios, ¿quién
puede esperar con plena seguridad ser atendido en sus oraciones?
Por otro lado, Dios quiere que nuestras oraciones sean confiantes. No desea
que nos presentemos ante su trono como esclavos que se aproximan con miedo de
un temible señor, sino como hijos que se acercan a un padre infinitamente
generoso y bueno. Esa confianza es incluso una de las condiciones de la
eficacia de nuestras oraciones. Pero, ¿cómo tendremos confianza, si, mirando en
nuestro interior, sentimos que nos faltan las razones para confiar? Y si no
tenemos confianza, ¿cómo esperamos ser atendidos?
De las tristezas de esta reflexión nos saca, triunfalmente, la doctrina de
la Mediación Universal de María.
De hecho, nuestros méritos son mínimos, y nuestras culpas grandes. Pero, lo
que por nosotros mismos no podemos alcanzarlo, tenemos el derecho de esperar
que las oraciones de Nuestra Señora lo alcance.
Y jamás debemos dudar de que Ella se asocia a nuestras oraciones cuando son
convenientes a la mayor gloria de Dios y a nuestra santificación. De hecho,
Nuestra Señora nos tiene un amor que sólo de modo imperfecto puede ser
comparado al amor que nos tienen nuestras madres terrenas. San Luis María
Grignón de Monfort dice que Nuestra Señora tiene al más despreciable y
miserable de los hombres un amor superior al que resultaría de la suma del amor
de todas las madres del mundo a un hijo único. Nuestra Madre auténtica en el
orden de la gracia nos engendró para la vida eterna. Y a Ella se aplica
fielmente la frase que el Espíritu Santo esculpió en la Escritura: «Aunque tu
padre y tu madre te abandonasen, Yo no me olvidaría de ti». Es más facil ser
abandonados por nuestros padres según la naturaleza, que por Nuestra Madre
según la gracia.
Así, por más miserables que seamos, podemos presentar con confianza a Dios
nuestras peticiones: siempre que fueran apoyadas por Nuestra Señora,
encontrarán un valor inestimable a los ojos de Dios, que ciertamente obtendrá
para nosotros el favor pedido.
Nos conviene meditar incesantemente sobre esta gran verdad. Católicos que
somos, debemos enfrentar en esta vida las luchas comunes a todos los mortales
y, además de esto, las que nos vienen por el hecho de estar al servicio de
Dios. Pero, aunque los horizontes parezcan estar a punto de descargar sobre
nosotros un nuevo diluvio, aunque los caminos se nos cierren al paso, los
precipicios se abran y la propia tierra se mueva bajo nuestros pies, no
perdamos la confianza: Nuestra Señora superará todos los obstáculos que estén
por encima de nuestras fuerzas. Mientras esta confianza no deserte de nuestro
corazón, la victoria será nuestra, y de nada valdrán las tramas de nuestros
adversarios: caminaremos sobre las áspides y los basiliscos y aplastaremos con
nuestros pies los leones y los dragones.
(*) El
presente artículo (reproducido con pequeñas adaptaciones) puede ser leído en su
versión original clicando en «O
Legionario».