De la obra “TRADICION, FAMILIA, PROPIEDAD – Un ideal, un lema, una gesta”, Parte II, Colombia y también Parte III: Las TFPs alertan: la izquierda católica incita a la guerrilla en Iberomérica, Las TFPs alertan: LA IZQUIERDA CATOLICA INCITA A LA GUERRILLA EN IBEROAMERICA

 

 

*      *     *

 

"El Tiempo", Bogotá, 29-4-1983; "El País", Cali, 29-4-1983; "El Diario del Huila", Neiva, 29-4-1983:

 

 

La despreocupación viene siendo la mayor aliada de la guerrilla

 

Llamado de la TFP a los despreocupados: ¡preocúpense por fin!

 

 

Transcurridos ya varios meses desde que el Su­premo Gobierno promulgara, con macizo apoyo político, eclesiástico y publicitario, la Ley de Amnistía, han ido tomando forma, en la conciencia de innumerables colombianos, varias preguntas a las cuales resulta indispen­sable responder. Durante este periodo, en lugar de la pacificación anunciada, las osadías de la guerrilla fueron adquiriendo una magnitud sin precedentes y van dejando ver el plan comunis­ta de aprovechar todas las circunstancias para convulsionar a la Nación. Siendo así, y dado que con las medidas de clemencia hacia los guerri­lleros, lejos de aplacarlos, sólo se consiguió es­timularlos, ¿qué se debe decir de ese paso dado por las autoridades? ¿Qué cabe desear a res­pecto del período que así abrieron en la historia del País? ¿Y cómo enfrentar a la amenaza sub­versiva que, en vez de menguar, a todas luces tiende con la colaboración de cómplices que la opinión pública no sospecha, a detonar la gue­rra civil?

En los últimos días, estas graves preguntas mostraron plenamente cuán importantes son, a consecuencia de diversos acontecimientos, todos ellos de tanta significación que, para que sean sopesados, basta enumerarlos:

el descubrimiento en Brasil de una remesa clandestina, por medio de varios grandes avio­nes, de toneladas de armas, por parte de la tira­nía libia, con destino a los guerrilleros de nues­tro país, así corno a los marxistas de América Central; remesa en la cual las Cancillerías del Continente entrevieron muy lógicamente la mano de Moscú;

• los ponderables indicios de ser ese un sistema habitual de suministrar material bélico a la subversión de toda América;

- la declaración jactanciosa de dirigentes terro­ristas de que continuarán en su acostumbrada y nefasta acción, ya ahora en escala mucho ma­yor; lo que concide con el hecho de no pocos guerrilleros haber ido a Libia a recibir entrena­miento.

la instrucción, venida del Kremlin, a los diver­sos movimientos guerrilleros colombianos de unirse entre sí para lograr una mayor efectivi­dad en sus sanguinarios propósitos, tal como lo hicieron ya en varias de las traumatizadas na­ciones centroamericanas;

y la denuncia, formulada por autoridades militares, de un plan marxista para, mediante la guerrilla, obtener la secesión y el dominio rojo de una parte de nuestro territorio, coma medio para la ulterior conquista de toda la Nación.

La Sociedad Colombiana de Defensa de la Tra­dición, Familia y Propiedad (TFP) juzga su deber responder a esas preguntas, las cuales, por así decir, van aflorando en casi todos los ambientes del país. Y, para hacerlo, considera necesario examinar el problema con toda obje­tividad y desapasionamiento, así como formu­lar argumentos y conclusiones con insofisma­ble claridad; y esto, independientemente de quienes puedan sentirse afectados, porque sería inconcebible que, habiendo perdón incon­dicional para los guerrilleros, no hubiese liber­tad tan sólo para a esto formular reparos.

 

 

 

LA ACCION IDEOLOGICA DE LA TFP CONTRA LA GUERRA PSICOLOGICA REVOLUCIONARIA

 

¿En qué consiste el punto de vista ideológico? —como dice el eminente pensador católico Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, "el movimiento comunista constituye fundamentalmente:

• una secta filosófica atea, materialista y hege­liana, que deduce de sus erróneos principios toda una concepción peculiar del hombre, de la economía, de la sociedad, de la política, de la cultura y de la civilización;

• una organización subversiva mundial: el co­munismo no es sólo un movimiento de carácter especulativo. Por los imperativos de su propia doctrina, quiere volver comunistas a todos los hombres, y moldear enteramente según sus principios la vida de todos los pueblos. Consi­derada en este aspecto, la secta marxista profe­sa el imperialismo integral, no sólo porque pre­tende imponer el pensamiento y la voluntad de una minoría a todos los hombres, sino porque, más aún, esa imposición alcanza a todo el hom­bre, en todas las manifestaciones de su activi­dad". (Cfr. "Transbordo ideológico inadverti­do y Diálogo", Edit. C.I.O., S.A., Madrid, 1971, pág. 6).

Siendo así, el comunismo procuró, durante dé­cadas, realizar la conquista mundial a partir de los pequeños núcleos de militantes que poseía, cohesos y fanáticos, los cuales, ora intentaban persuadir de su doctrina a las masas populares, para infundirles odio y lanzarlas en la lucha de clases, para por esa via alcanzar el poder; ora utilizaban la violencia, esto es, promovían de­sórdenes y revoluciones con el mismo fín. Mientras que, en el plano mundial, la confron­tación clara entre Oriente y Occidente era la consecuencia de la misma impostación del co­munismo, agresiva y feroz.

Sin embargo, a medida que esa conquista avanzó, fue creciendo en las multitudes una apatía en relación a las promesas igualitarias del comunismo, así como una notoria resisten­cia a su índole colectivista y tiránica. Por tal razón, la táctica de expansión roja fue sufrien­do adaptaciones, en virtud de las cuales la guerra psicológica revolucionaria se convirtió gradualmente en el arma capital, con el resul­tado de que, gracias a ella, el marxismo obtuvo victorias que la mera violencia nunca le propor­cionaría.

¿Qué es la guerra psicológica revolucionaria? —Es una serie de recursos usados por el comu­nismo para obtener que, a falta de apoyo popular —realidad a un mismo tiempo obvia para quien esté dispuesto a verla, e inconfesa­ble para un movimiento que se declara defen­sor de las masas e intérprete de su voluntad— las naciones se dejen conducir hacia el dominio rojo. Esto es, para que pierdan en forma gra­dual la voluntad de resistir y concomitante­mente vayan aceptando ser sojuzgadas por regímenes que, sin declararse marxistas, no obstante impongan, en el aspecto socio-econó­mico, un sistema muy próximo al deseado por Marx; de modo que, algún tiempo después, venga a ser instaurado el comunismo propia­mente dicho, con lo cual incluso las soberanías nacionales quedarán comprometidas, tanto cuanto lo serían con una guerra convencional.

Para lograr tal objetivo, es necesario provocar en la opinión pública una impresión análoga a la que sería producida por una protesta popu­lar generalizada y tormentosa, lo cual puede ser logrado por sectores que, si no son lo sufi­cientemente vastos como para producir auténticas y grandes agitaciones, al menos deben ser muy violentos. A eso deberá sumarse la acción complementaria de otras fuerzas, más numerosas y sobre todo de apariencia más ino­cua, las cuales tendrán que pleitear con un tono bonachón y condescendiente —y, en lo posible, con el apoyo de sectores menos comprometi­dos— que la nación vaya consintiendo en que sean hechas concesiones a la minoría violenta.

La condición indispensable para el éxito de tal operación es que ambas partes cumplan los respectivos papeles con la coordinación que tendrían si un mismo cerebro las guiase; pero sobre todo es necesario que no transparezcan síntomas de que es así, para que la indignación e inquietud provocadas por los exaltados no perjudique la credibilidad de los "moderados".

De ese modo, por sucesivos lances, en los cua­les unos exigirán con amenazas las concesiones que serán benévolamente favorecidas por los otros, la nación irá siendo llevada a una situa­ción en la cual la minoría violenta al mismo tiempo estará fuera y dentro de la Ley: fuera, por los crímenes y delitos que comete; y den­tro, no sólo porque numerosas autoridades no tomarán medidas eficaces contra ella, sino también porque buscarán ansiosa e incondicio­nalmente su amistad.

Así, la nación víctima vivirá alternadamente períodos de violencia y lapsos de pseudo-paz; éstos —que no serán otra cosa que las ocasio­nes para que los subversivos reformulen y per­feccionen con tranquilidad su organización— con frecuencia se verificarán poco después de obtenidas las concesiones y estarán destinados a producir en la opinión pública la sensación de que ellas fueron eficaces medidas distensionis­tas; pero luego darán paso a nuevos episodios de violencia, cuando el marxismo juzgue opor­tuno y probablemente exitoso reclamar nuevas ventajas.

A este respecto, Roger Muchielli, conocido es­pecialista francés en guerra psicológica, pudo escribir: "La concepción clásica hacía de la subversión y de la guerra psicológica una má­quina de guerra entre otras, durante el tiempo de las hostilidades y ellas se detenían a su fin. Los Estados de hoy, arrinconados por esta dis­tinción arcaica, no han comprendido que la guerra psicológica hace estallar la distinción clásica entre guerra y paz. Es una guerra no convencional, extraña a las normas del derecho internacional y a las leyes conocidas de guerra; es una guerra total que desconcierta a los juris­tas y persigue sus objetivos al abrigo de sus códigos. Como lo dice Mégret, la distinción clácica entre la paz y la guerra serán desde enton­ces puesta en cuestión por la guerra psicológica (...) libre de las barreras de los tiempos, de los lugares y de las convenciones, fuerza inmate­rial y, por eso mismo, inagarrable, susceptible de todas las encarnaciones y de todas las meta­morfósis" (Cfr. ''La Subversión", Ed. Bordas, Col. Connaisance, París, 1972, págs. 26-27 - Los destaques en negrita son nuestros).

No cuesta entender así que la opinión pública con facilidad pierda de vista la coordinación de las varias facciones, violentas y pseudo-pacifis­tas, que actúan en la guerra psicológica; como también que, a veces, no vea de inmediato que el comunismo es el beneficiario de esas manio­bras. Y están justamente destinados a produ­cir ese efecto los continuos ataques de quienes son más radicales en el marxismo a los que lo son menos, a pesar de los incesantes favores que reciben de éstos...

 

 

LA CONDESCENDENCIA DIO A LOS GUERRILLEROS MUCHO MAS DE LO QUE POR LA VIOLENCIA CONQUISTARON

 

No obstante esa dificultad, la gravedad de la violencia que siguió a la amnistía ha ido mos­trando a la opinión pública colombiana que con esa medida el comunismo obtuvo en nuestra Patria y contra ella una victoria resonante: el principio de autoridad fue quebrado, la firmeza de las leyes disminuyó, la impunidad de nume­rosos crímenes fue establecida, con tal de que éstos hubieren sido cometidos con vistas a imponer un régimen marxista, y en consecuen­cia, a partir de esa victoria, la ofensiva roja continúa con mayor ímpetu, la sangre colom­biana sigue siendo derramada, y fue abierto un funesto precedente que podrá costar caro a nuestro país.

La TFP, que hubiera deseado no estar sola en la oposición a la infausta medida, se alegra, sin embargo, de que sobre ella recayese la honra de ser, quizá, la única excepción a la norma de pa­sividad, indolencia e incomprensible optimis­mo con que la amnistía fue recibida en el ámbi­to civil; y de que su palabra haya estimulado las reservas que numerosas conciencias tenían a esa forma de proceder.

El llamado formulado por la TFP, días antes de la aprobación de la ley, no fue escuchado por quienes, en ese momento, sólo oyeron a los fautores de la subversión; pero quedó inscrito en los anales de nuestra historia: con la amnis­tía, se verificaría la transferencia de la agita­ción "desde el fondo de las selvas al centro de las grandes ciudades", en las cuales los guerilleros comenzarían a gestar "las insurrec­ciones de los barrios obreros contra los barrios patronales". De esa forma, las concesiones —la primera de las cuales fue la propia amnistía— en vez de aplacar a los guerrilleros, "sólo servi­rían para alimentar en ellos la esperanza de éxi­to, por medio de extorsiones aún más amargas, radicales y violentas; con marcha rápida hacia la extorsión total (1).

¿Qué sucedió? —En cierto sentido, mucho menos que eso; en otro sentido, inmensamente más...

En efecto, constituiría una inaudita temeridad para los guerrilleros, que, recién amnistiados, dieran cumplimiento, en poco más de cien días, a su designio de convulsionar la vida de nuestros grandes centros urbanos, para continuar la escalada rumbo a la capitulación de las autoridades y, finalmente, adueñarse del poder: darían cumplimiento así a la previsión de la TFP (y prestigiarla de esa manera era exactamente lo contrario de lo que los guerri­lleros podrían querer...), alarmarían indecible­mente a la opinión pública, desacreditarían por completo a los promotores de las concesiones y, en vez de abrirse camino hacia el poder, lo cerrarían definitivamente.

No obstante, en otro sentido, los guerrilleros obtuvieron mucho más: durante estos meses, el alcanzar acuerdo con ellos se convirtió, para numerosas y destacadas personalidades del País, en el desiderátum común, sin el cual nada de bueno y estable en el terreno político éstas juzgaban posible obtener. Quienes, en estricta justicia, eran hasta entonces considerados criminales, pasaron a ser tratados como "héroes" e "idealistas"; y su amistad comenzó a ser disputada, como si fuese un motivo de honra, por muchos que antes, situados en las esferas del Poder, eran tenidos como sus adver­sarios; de esa forma, sin necesidad de convul­sionar ciudades, se apoderaron, por así decirlo, del centro de los centros de éstas, allí donde se decide el futuro de la Nación.

En rigor, no fue necesario a los guerrilleros for­malizar mayores extorsiones, pues la condes­cendencia hacia ellos era tal que aquello que deseaban en materia política, les fue dado es­pontáneamente. Así, a la amnistía incondicio­nal y generalizada —sin entrega de armas, sin liberación de secuestrados y prácticamente sin excepción— se siguieron otras benevolencias aún más desconcertantes.

 

 

 

DESPUES DE LA AMNISTIA, HABER SIDO GUERRILLERO ES MOTIVO DE PRIVILEGIO

 

En efecto, en los momentos en que las leyes confiscatorias y socialistas van atacando, sin piedad ni justicia, a honrados propietarios ru­rales, el Supremo Gobierno procedió a conferir a numerosos guerrilleros, presuntamente arre­pentidos, bienes que nunca otorgó como pre­mio ni aún a los actos más meritorios: el Insti­tuto Colombiano de la Reforma Agraria proce­dió a hacerles entrega de parcelas agrícolas, junto con beneficiarlos con cuantiosos créditos, muchas veces sin otra garantía que el aval del propio Estado.

¿Cuál era el origen de esas tierras? — La mayor parte de las noticias de prensa evitó cuidadosa­mente dar detalles al respecto. Sin embargo, cabe presumir que algunas de ellas, como mu­chas de las tierras del INCORA, hayan sido arrebatadas, sin adecuada compensación, a sus legítimos dueños. Lo cual resulta chocante pues no sólo significa premiar al criminal usan­do bienes obtenidos mediante el despojo, sino también porque configura todo un cuadro de siniestra articulación de diversas injusticias.

En efecto, dado que la violencia guerrillera ha obligado a los propietarios rurales de no pocas regiones a abandonar sus predios y a renunciar por el momento a su explotación, porque ésta conlleva el peligro inminente de secuestro y muerte; y dado que tal abandono los pone en grave peligro de que sus tierras sean expropia­das, el entregar a ex-guerrilleros propiedades que ya lo fueron significa ya no sólo la impu­nidad del crimen sino directamente su impe­rio oficial por encima de la Ley, pues en princi­pio abre camino a verdaderas usurpaciones que podrán ser reconocidas por ésta.

En otros casos, las parcelas provinieron de la Curia Diocesana de Florencia, cuyo Obispo, Mons. José Luis Serna, no sólo se destacó como adalid eclesiástico de la amnistía, sino que declaró sin ambages haber proporcionado repe­tidas veces asilo a guerrilleros.

La prensa nacional también fue muy parca en detalles sobre la manera como tales tierras fue­ron adquiridas por la mencionada Vicaria Apostólica, pero cualquiera que haya sido, re­sulta difícil creer que aquellas personas por cuyo esfuerzo o generosidad ello fue posible hayan imaginado que esos bienes terminarían en manos teñidas de sangre, y menos aún que constituirían una especie de recompensa por los delitos cometidos.

Todavía peor: las mencionadas parcelas, por sugestiva coincidencia, están ubicadas precisa­mente en una de las zonas más afectadas por la guerrilla, como si la intención hubiese sido mantener a los guerrilleros en el mismo teatro de sus nefastas operaciones. Naturalmente, esa "solución" es aceptada por ellos pues les per­mitirá conservar intacta la organización subversiva que allí deben de haber formado, sin desmantelar sus esquemas y articulaciones, a despecho de la grave amenaza que significan para el Pais; peligro éste que, a pesar de su evi­dencia, muchas autoridades no parecen perci­bir.

La política de discriminación a favor de los subversivos amnistiados y los favores que se concedieron a los mismos fueron tales que, según voceros del Ejército (2), ¡hubo numero­sos casos de personas que intentaron hacerse pasar por guerrilleros, para alcanzar así los be­neficios que a éstos se confería y que, de otra forma, nunca podrían obtener!

Este proceso de entrega psicológica de unos y de conquista por parte de los otros no impidió, antes bien requirió que la violencia guerrillera continuase. En efecto, los marxistas procura­ban así dar a entender que al fanatismo por la ilegalidad, por el colectivismo y por el crimen sólo se le vencería de una manera: por conce­siones enormes y continuas, inspiradas en —una vez que incluso a los ideales más nobles puede ocurrir la desventura de ser servidos por fanáticos— lo que podría ser llamado de "fana­tismo por la paz"...

Y para representar tal "fanatismo por la paz" hubo —y, en verdad, aún los hay— numerosos y destacados aspirantes, quienes, como si no viesen los fracasos de la política de entregas, persisten en llevarla adelante.

Evidentemente, los autores de los crímenes más chocantes fueron beneficiados por la llamada "medida de clemencia": los que que­maron viva a una religiosa inválida (3); quie­nes asesinaron a militares cautivos, sin hacerles otro cargo que su condición de tales (4); y, evidentemente, numerosos autores de secues­tros, seguidos del homicidio de la respectiva víctima. Así, la "clemencia" ante el delincuen­te tomó el lugar que correspondía a la compa­sión por las víctimas inocentes.

Como era de esperar, no tardaron en producirse casos de guerrilleros presos que, ni bien salie­ron en libertad gracias a la amnistía, volvieron a tomar las armas para proseguir en su sinies­tra lucha (5). Igualmente, la guerrilla reanudó los asesinatos de campesinos (6), a quienes acusaba de no prestarle colaboración, o de brindársela a las Fuerzas Armadas; así como continuaron los secuestros de propietarios rurales, con el fin de arrancar a sus familias cuantiosos —y con frecuencia inútiles— resca­tes.

Dado todo lo anterior, y significando eso una enorme capitulación ante la guerra psicológica revolucionaria que el imperialismo comunista mueve contra nuestra Patria por medio del bi­nomio guerrilla-falsa distensión, ¿cómo hacer para que el País se reponga de tal claudicación y de los demoledores efectos que ella está pro­duciendo?

Para alcanzar tal fin, es necesario que Colom­bia se disponga a resistir por entero a la expan­sión comunista, cualesquiera sean las tácticas que ésta use, y que adhiera plenamente a los principios fundamentales de la Civilización Cristiana, los cuales, desde los albores de su historia, guiaron a la Nación. De esa forma, si­guiendo las reglas de la lógica, del deber y de la honra, nuestra Patria realizará con ufanía su misión en los días que corren y progresará ha­cia el cumplimiento de la vocación que le co­rresponde en el concierto americano.

A propósito de esos principios fundamentales, y en particular sobre aquellos que más directa­mente están en juego en las presentes circuns­tancias, la TFP considera necesario manifes­tarse con mayor detalle.

 

 

 

¿CONSTITUYEN LOS PROPIETARIOS Y SOLDADOS SUB-CLASES DE HOMBRES SIN DERECHO A LA VIDA?

 

Dada la situación descrita, en que a los lances de inconcebible violencia se han seguido los de increíbles concesiones, resta preguntar a quienes aún son defensores de semejante am­nistía: puesto que la impunidad sistemática en la violación de un derecho significa la virtual negación de éste, ¿hay entonces, según ellos, una categoría tan miserable de hombres que a ella le sea negado incluso el derecho a la vida? ¿Clasifican en tal categoría, por una parte, a los propietarios, de cuyos bienes los guerrille­ros quieren apoderarse y, por otra, a los solda­dos, sin cuyo exterminio o doblegamiento no conseguirían hacerlo?

—¿Qué decir, en primer lugar, de los propieta­rios, para muchos de los cuales la posesión de bienes implica un riesgo de muerte? — Podrá objetarse que a ellos les está cuestionado sólo el derecho de propiedad y no el derecho a la vida. Pero a eso se debe responder que es nece­sario establecer si el derecho de propiedad es o no un derecho auténtico. La TFP afirma, con base en la Doctrina Católica tradicional, que el derecho de propiedad es un derecho auténtico, sagrado e intangible, sin el cual no es posible constituir un recto orden social; y que, si bien ese derecho está sujeto —como absolutamente todos los que posee el hombre a título indivi­dual, incluso el derecho al trabajo— a una fun­ción social, no por eso es un derecho más débil o cuestionable.

Ahora bien, si hay alguien que piensa que no es así, y que, en consecuencia, el hombre nada pierde por el hecho de estar imposibilitado de tener bienes propios, o por la circunstancia de perderlos, es necesario que reconozca que está en oposición a lo enseñado, continuamente y durante siglos, por el Magisterio de la Iglesia.

Entonces, cuando una persona, por ejercer un derecho legítimo, corre el riesgo de su muerte, está sometido no sólo en relación a éste, sino también con respecto al derecho a la vida. Por­que, ¿tiene algún sentido que, diciendo la Ley —en conformidad con el Derecho Natural— que son propietarios, por ese hecho sean objeto de exigencias de parte de los guerrilleros y, ne­gándose a aceptarlas, que sean secuestrados y asesinados, y qué estos crímenes no reciban castigo?

El clamor contra las grandes propiedades, pro­venientes de los guerrilleros y de sus propa­gandistas, no convence; menos aún, cabe basar en ello esperanzas de que los deseos de éstos se circunscriban a limitar confiscatoriamente el tamaño de los predios o el monto de las fortu­nas. Pues por causa de la guerrilla sufren grave perjuicio en su patrimonio personas de todas las clases sociales, y a los guerrilleros no parece importarles cuando los afectados son pobres.

Por lo demás, en El Salvador, la nación herma­na tan larga y gravemente convulsionada por el marxismo —y que se va volviendo muestra de lo que espera a los países donde la guerrilla no es derrotada— la gran propiedad fue aniqui­lada por las reformas socialistas y confiscato­rias, impuestas por un gobierno dictatorial. Y, sin embargo, las guerrillas han radicalizado su ofensiva después de eso, buscando acabar con todos los restos de propiedad e instaurar el co­lectivismo.

- En cuanto a los soldados, evidentemente, más que ejercer un derecho, cumplen con valentía el deber de resguardar el orden; al hacerlo, en­cuentran resistencia y procuran imponer la fuerza de la Ley. Si, cuando mueren en ello, los asesinos gozan de completa impunidad, enton­ces el derecho a la vida de los soldados, a pesar de haberse consagrado a la defensa del País, no tiene garantía alguna. ¿Qué decir de la ofensiva de la cual son víctimas? ¿Qué decir de las acti­tudes de "comprensión" y benevolencia hacia tal ofensiva?

 

 

LA MORAL CATOLICA, POR MULTIPLES RAZONES, CONDENA LA GUERRILLA MARXISTA

 

Sobre la guerrilla, en tesis, la Doctrina Católica dice lo mismo que sobre las varias formas lici­tas de guerra; esto es, lo que afirma de la guerra en sí: puede haber una guerra justa, depen­diendo de que sean legitimas tanto la causa que mueve a una nación a hacerla, cuanto la autoridad que toma la decisión; y de que con la guerra se busque obtener el bien y evitar el mal.

Entonces, en concreto, ¿es licita la guerrilla en nuestro país? — Por múltiples razones, no lo es: no sólo no tiene causa justa, sino que el móvil de quienes la orientan y ejecutan es in­trínsecamente malo, pues es el deseo de instau­rar un régimen económico-social colectivista y tiránico, que trae consigo la negación de todos los derechos, la violación de todos los princi­pios verdaderos y la supresión de todas las li­bertades. La guerrilla busca, por medio de la violencia injusta, constante y general, implan­tar la omnipotencia a perpetuidad de quienes afirman los errores marxistas.

Pero eso no es todo; la guerrilla no sólo no es movida por una autoridad legítima, sino que supone la rebelión contra la misma, con el fin de establecer el dominio absoluto de quienes, en virtud de sus objetivos, no pueden poseer le­gitimidad alguna.

En consecuencia, al contrario de la guerra, en la cual las muertes y destrucciones ocurridas, si bien que lamentables, no pueden ser califica­das de crímenes, en la guerrilla marxista forzosamente deben serlo, pues en ella se combinan la iniquidad intrínseca de la meta con la ines­crupulosidad de la forma de proceder.

 

 

¿POR QUE LOS “PACIFISTAS”, QUE HABLAN TANTO CONTRA LA GUERRA, GUARDAN COMPLETO Y UNANIME SILENCIO SOBRE LA GUERRILLA?

 

Llama poderosamente la atención que esto, que tan claro e incontrovertible resulta una vez que es expuesto, sea sistemáticamente callado por numerosos movimientos y líderes "pacifis­tas"; tanto laicos cuanto eclesiásticos, que no cesan de promover la "paz" siempre que una eventual guerra perjudicaría los intereses del comunismo; que en este caso, como en tantos otros, los promotores de la distensión se hayan empeñado más en hacer concesiones con el su­puesto fin de pacificar que en obtener una paci­ficación efectiva; y que a menudo miren a la guerrilla con comprensión y simpatía... al mismo tiempo que califican de inhumana su re­presión.

El triste ejemplo de Nicaragua, El Salvador y Guatemala, en donde destacados sectores ecle­siásticos han dado, durante los últimos años, estímulos y aplauso a la guerrilla, cuando no la auxiliaron o participaron directamente en ella —y esto con la más absoluta pasividad de la Sagrada Jerarquía, o cuando más, con algunas lamentaciones ocasionales y sin consecuen­cia— muestra bien el rumbo que, en los días que corren, pueden tomar los acontecimientos en nuestro país. Pues si nada en el mundo es estable, mucho menos lo es el mal, no porque esté en situación precaria, sino porque tiende a crecer. De donde es de recelar que suceda en Colombia como en las vecinas y atormentadas naciones centroamericanas: que las sorpren­dentes actitudes de condescendencia eclesiástica hacia la guerrilla, no siendo corregidas, sean seguidas por su declarado y escandaloso favorecirniento.

 

 

LLAMADO DE LA TFP A LAS AUTORIDADES TEMPORALES, CIVILES Y MILITARES

 

En virtud de todo lo anterior, y dado el es­truendoso fracaso de las medidas distensionis­tas, la TFP formula un llamado a las autorida­des temporales, civiles y militares, para que, en cumplimiento de su deber y de acuerdo con la Ley, combatan enérgicamente la guerrilla en nuestro país, con vistas a una completa y efec­tiva restauración del orden y de la paz, con el fin de proteger a la Nación y de resguardar la seguridad de las poblaciones afectadas.

Parece inhumano no proceder así porque signi­ficaría tolerar con indiferencia que amplios sec­tores de la población, que vive donde la guerri­lla actúa, continúen sufriendo a manos de ésta toda suerte de alarmas, vejámenes, perjuicios y despojos, cuando no la misma muerte o males morales en comparación con los cuales hasta ésta podría serles preferible.

A este respecto es necesario reconocer que las medidas tímidas, parciales o aplicadas de for­ma vacilante no resuelven sino más bien agra­van y perpetúan el problema, no sólo porque alientan a la subversión, sino también porque —como está sobradamente demostrado por la experiencia de los últimos años— producen en la opinión pública la sensación infundada de que se trata de un mal sin posibilidades de ser remediado.

Por supuesto, no se trata de ejercer represión indiscriminada, que afecte tanto a culpables cuanto a inocentes; ni tampoco de aplicar me­didas exageradas o ilícitas de coerción. Se tra­ta, teniendo certeza de que frente al crimen el castigo es indispensable, y considerando que quienes optan por la violencia lo hacen a sa­biendas de que ésta por la fuerza será combati­da, que se proceda a tomar las medidas que de suyo sean lícitas, y que además sean atinadas pala hacer cesar en un plazo breve esa nefasta acción.

Haciendo efectiva la Ley, Colombia alcanzará, además, dos importantes objetivos: cesarán de estar excesivamente expuestos quienes sirvan a la Patria con idealismo; y, sobre todo, queda­rá claro que la violencia y la ilegalidad no son medios idóneos para conseguir lo que resulta dificil de obtener por métodos legítimos. Pues sería ruinoso para el País que, continuando la violencia marxista y gozando siempre de im­punidad, se generalizase la convicción de que, con procedimientos análogos, cualquier fuerza, por minoritaria que fuere, alcanzaría lo que desea.

 

 

LLAMADO DE LA TFP A LA POBLACION QUE HABITA DONDE LA GUERRILLA ACTUA

 

Si la firmeza de las autoridades temporales es indispensable para hacer cesar la crónica vio­lencia marxista en nuestra Patria, debe decir­se, por otra parte, que por drástica que sea la represión, ésta probablemente no será suficien­te si no fuere acompañada por una maciza cola­boración de las poblaciones que viven donde la guerrilla actúa, para privarla de todo elemento que pueda servir para su mantenimiento y pro­greso.

En efecto, es sabido y por lo demás resulta ob­vio, que él auxilio de las poblaciones rurales es para la guerrilla el elemento del cual se nutre, no sólo por los recursos materiales de que ella precisa y que debe obtener del medio en el cual actúa, sino también porque allí debe realizar parte importante del reclutamiento de sus par­ticipantes, como también mimetizarse para es­capar de las medidas de represión.

Es por tanto evidente que una población ente­ramente infensa a la guerrilla bloquea por completo sus posibilidades de acción, y así la extingue; como es claro también que una po­blación connivente le da posibilidades al menos de mantenimiento, lo que la vuelve crónica y eventualmente incoercible.

Todo el país sabe que la población rural de las regiones asoladas por la guerrilla ha sido su víctima más inmediata, constante e indefensa. Pero esto es así sólo cuando los ataques guerri­lleros tienen blancos individuales o circunscri­tos; porque, cuando encuentran oposición generalizada de los habitantes, o son derrota­dos o simplemente optan por buscar una zona más propicia.

De forma que la única manera de impedir las venganzas de la subversión a quienes no cola­boran con ella es conseguir que ésta sea la nor­ma habitual, de modo que, imposibilitada de ejercer represalias contra todo un pueblo, deba abstenerse enteramente de ellas.

Así, si es preciso —y en no pocos casos lo será— la población civil deberá retirarse de las zonas de conflicto, no sólo para no correr peli­gro, sino para que los guerrilleros no encuen­tren a nadie a quién pedir ayuda, ni nada de qué apoderarse; y, por otra parte, para posibilitar la acción militar sin que ésta tenga que discriminar entre los habitantes honrados pero amenazados y los subversivos que pug­nan por confundirse entre ellos. La devastación material podrá ser una medida dolorosa, pero, comparada con la devastación moral que signi­fica la connivencia con la guerrilla —a la cual se suma la destrucción material provocada por los enfrentamientos— es mil veces preferible.

 

*      *     *

 

A comienzos de este siglo, cuando los errores de la Revolución Francesa se expandían por el mundo y dominaban importantes ambientes, con grave perjuicio para la gloria de Dios y la salvación de las almas, el Beato Ezequiel Mo­reno Díaz, Obispo de Pasto, se destacó por su fogosa combatividad contra ellos y en defensa de la Fé. Por eso, el fue el Pastor fiel, que con­quistó un lugar de excepción honra en nues­tra historia, así como la Bienaventuranza eter­na.

Al concluir el presente Manifiesto, la TFP for­mula votos de que el Dignísimo Episcopado Colombiano, frente a los errores marxistas —que son los sucesores naturales de los emanados de la Revolución Francesa— así como ante la violencia de que aquellos se sir­ven, tome una actitud de combatividad semejante a la de su venerable antecesor, apoyando a las Fuerzas Armadas y a las auto­ridades temporales, como también estimulan­do a la población en general, a rechazar la agre­sión guerrillera, por todos los medios lícitos que al alcance de ellas estén.

La TFP, al formular los llamados más arriba inscritos eleva su mirada hacia Nuestra Señora de Fátima, que en los albores de este siglo in­crepara al mundo, predijera la expansión del comunismo pero, al mismo tiempo, prometiera, para más allá de esas borrascas, el triunfo final de su Inmaculado Corazón. En Ella se centra nuestra esperanza, de que quiera tocar los corazones de los guerrilleros, de las autorida­des y de todos los colombianos, arrancando a la Nación de la conflagración en que se encuentra, para que se restablezca la verdadera paz, esto es, no la tranquilidad aparente y precaria de las capitulaciones, sino la tranquilidad en el orden.

 

 

Notas:

 

(1) Amnistía a los guerrilleros: ¿Medida de pacificación? ¿O transferencia de la guerrilla del fondo de las selvas al centro de las ciudades? La TFP pide a Nuestra Seño­ra que ilumine a los gobernantes. "EL TIEMPO" de Bo­gotá, 9-XI-82, "EL PAIS" de Cali, 11-XI-82; "EL MUNDO" de Medellín, 13-XI-82 y, sucesivamente en el mismo mes en: "DIARIO DE LA FRONTERA" de Cúcuta; "DIARIO DEL HUILA", de Neiva; "DIARIO DE LA COSTA", de Cartagena.

(2) "EL TIEMPO", 17-I-83.

(3) "EL TIEMPO", 17-I-83.

(4) "EL TIEMPO'', 20-I-83.

(5) "EL TIEMPO", 16-II-83.

(6) "EL TIEMPO”, 4-I; 19-1, 11-II de 1983.