Reflexiones en torno a «Revolución y Contra-Revolución» – I – Decadencia de la Edad Media

Reunión extraordinaria – 15 de junio de 1964 – [Fecha incierta]

Presentamos las tres luminosas conferencias pronunciadas por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en torno al problema de la Revolución y la Contra-Revolución, y publicadas en la antigua Circular a los Propagandistas de «Catolicismo», en 1964. El estudio del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira resume las tesis de la lucha ideológica de la TFP.

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A D V E R T E N C I A

El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.

Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:

«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».

Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.

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* El proceso de la decadencia de la Edad Media: gradualidad

La decadencia de la Edad Media («Revolución y Contra-Revolución», cap. III, 5, A) se produjo a través de una crisis de mentalidad provocada por la sensualidad. Es todo un clima moral provocado por este mal.

Los efectos de la sensualidad tienen su origen ya en el siglo XIV, cuando comienza a observarse en la Europa cristiana una profunda transformación de la mentalidad que, a lo largo del siglo XV, crece cada vez más en Occidente.

Es importante observar que la palabra mentalidad se ha empleado a propósito. No se trata de doctrina, porque doctrina y mentalidad son cosas distintas. Nos referimos más bien a un estado de ánimo, a una mentalidad, y no a la doctrina. Esa mentalidad nace de forma confusa, pero, a medida que crece, se va volviendo más nítida. Son transformaciones de mentalidad que pasan por un proceso de nitidez. Esa es una de las reglas de la gradualidad.

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Codex Manesse – ca. 1300-1340 – Escena de amor cortés medieval.

Los elementos de esta mentalidad son, en primer lugar, un apetito por los placeres terrenales, que tiende a transformarse en ansia. Es un apetito consentido que, al convertirse en ansia, tiene manifestaciones más nítidas que las del simple apetito. En segundo lugar viene la necesidad de diversiones que tienden a volverse más complicadas, más suntuosas, más frecuentes, con reflejos en los trajes, en los modales, en el lenguaje, en la literatura, en el arte y en una vida llena de deleites y fantasías de los sentidos, provocando la sensualidad y la molicie, la desaparición de la austeridad y la seriedad, la manía de convertir todo en algo risueño, gracioso y festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor-sacrificio; es la caballería la que se vuelve amorosa, la literatura la que esto refleja y, como consecuencia, el exceso de lujo y la avidez de lucro.

Todo esto es característico no de una doctrina, sino de una mentalidad. La doctrina le sigue.

* Junto al orgullo surge una nueva doctrina: el absolutismo

Tras emplear la palabra mentalidad, hablamos anteriormente de clima moral.

Mentalidad y clima moral son conceptos muy afines, que se complementan. Entonces, ya no impera solo la sensualidad, sino también la vanidad, el orgullo, que penetran más directamente en el ámbito de los principios y la doctrina. Son disputas ostentosas y vacías, exhibiciones fatuas de erudición y viejas tendencias filosóficas que renacen.

Esto que ocurre en el ámbito de las doctrinas de carácter filosófico y religioso penetra también en el ámbito político a través de una nueva doctrina: el absolutismo. Ya no existe solo la vanidad de los juristas por conocer el Derecho Romano, por estar al tanto de la cultura de Roma y querer imitarla; ahora existe también el orgullo de los reyes, que querían dominar mediante el absolutismo.

* Historial del desencadenamiento de la Revolución tendenciosa

¿Cuál fue el origen de la Revolución? ¿Cuál fue el punto de transición entre la era en la que no había Revolución y la era revolucionaria?

Desde cierto punto de vista, la historia de Europa tiene dos períodos. Inicialmente, una mezcla de pueblos latinos y germánicos, bautizados y cristianizados, vivió en condiciones extremadamente difíciles, con una supervivencia muy incierta, amenazada por enemigos de todo tipo. En un segundo período, Europa se consolida, derrota a sus adversarios y comienza a expandirse, alcanzando su apogeo en el siglo XIX, con el dominio de casi todo el mundo a través de su colonialismo.

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Las luchas de Carlomagno – Vita Karoli Magni – Imagen siglo XIII – Desconocido – St. Gallen – Stiftsbibliothek

Volvamos a la Europa de Carlomagno o, poco después, a la del siglo IX. Los árabes, que dominaban España, constituían un peligro permanente junto a los Pirineos; los sarracenos, que realizaban invasiones en el sur de Francia y en Italia, sometían a innumerables pruebas a toda la costa mediterránea del imperio de Carlomagno; en Alemania, los germanos; y, por mar, los normandos, que atravesaron Francia por los ríos y, avanzando hacia el Mediterráneo, llegaron hasta Sicilia y Constantinopla, donde incendiaron parte de la ciudad.

En los famosos leones de San Marcos, que procedían de Bizancio y hoy se encuentran en Venecia, hay inscripciones en sus hocicos; estas permanecieron indescifrables hasta que se conocieron los caracteres normandos. Estos mismos normandos, al llegar a Constantinopla, grabaron insultos en los dientes de los leones. A partir de estos hechos, que muestran claramente la penetración normanda, nos hacemos una idea de su enorme peligro. Carlomagno, que nos parece haber reinado en la paz de su poder, tuvo, por el contrario, una vida llena de aventuras.

Ese destino lleno de pruebas para Europa se mantuvo hasta el siglo XIII, cuando, podríamos decir, salió victoriosa. Pero, ¿en qué sentido? Los árabes no fueron expulsados de España, pero su influencia claramente decadente es señal evidente de que no vencerían. En toda la costa mediterránea se encuentran también los árabes, tan decadentes que, en el siglo XV, los turcos los derrotarían rápidamente.

Por otra parte, los germanos se han convertido por completo; los húngaros, que en otro tiempo constituyeron un gran peligro, también abrazaron la religión católica; los prusianos y los lituanos, que también fueron peligrosos y contra los que habían combatido los caballeros de la Orden Teutónica, están en vías de conversión; los normandos, al mezclarse, se han confundido con otros pueblos, han entrado en Inglaterra y ya no representan ningún peligro.

* La atmósfera triunfal de la Edad Media condujo a un relajamiento en la práctica de la virtud

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Jesucristo Salvador – Catedral de Burgos

La sensación en Europa es de que domina completamente la situación. Comienza, entonces, a surgir un estado moral y social victorioso, la llamada atmósfera imperial o triunfal de la Edad Media; Nuestro Señor Jesucristo pasa a ser presentado en las catedrales ya no solo como un mártir crucificado y sufriente, sino como un Rey lleno de gloria, y en la liturgia la afirmación de Su triunfo por todos los siglos, en el mundo, adquiere una enorme importancia.

Pero, acompañando a esta idea, venía, muy justificadamente, la del triunfo de los cristianos, y tras ella la concepción de que para siempre el poder de Jesucristo estaba afianzado en la Tierra; el más glorioso y civilizado de los continentes era cristiano; se había abierto un reino de paz en la Tierra, y las promesas del Evangelio iban a cumplirse con el triunfo de la cristiandad.

Ahora bien, para la transición que se va a producir, hay que señalar que el hombre medieval intuía bien el triunfo al que conduciría este auge. No olvidemos que después vino la caída de Granada, el descubrimiento de América y su colonización; vino la formación del Imperio Colonial Portugués y el dominio de Oriente. Se estaba, pues, en los albores de una era de prodigiosa expansión europea. Ellos lo sentían, y el ambiente era de gran esperanza, de gran expectación, de gran alegría.

Sucede, sin embargo, que un movimiento, aún poco estudiado, había hecho aparecer, a principios de la Edad Media, a muchos santos. ¿Cómo es que, tras la podredumbre romana y la efervescencia bárbara, en la época de Clodoveo, aparecieron una santa Clotilde, un San Remigio, un San Gastón de Arrás, un San Gregorio de Tours y tantos otros al mismo tiempo, y que fueron el punto de partida para la conversión de la Edad Media?

Debió de haber, en la base de este movimiento, una familia de almas, una especie de ciclo de santidad, que fundó la Edad Media. Ese ciclo se desarrolló bajo el signo de la lucha: la Iglesia era perseguida y amenazada; cada hombre se veía obligado a luchar contra el enemigo externo y contra el enemigo interno, la herejía; había luchas entre unos y otros, por la costumbre de las guerras bárbaras feudales que aún estaban muy presentes. En fin, todos vivían con dificultad.

blankAl mismo tiempo que se perfila ese triunfo europeo, las costumbres se van suavizando, las guerras privadas se vuelven menos numerosas; comienza una era de dulzura y suavidad. Es en ese momento, pues, cuando los católicos comienzan a relajar su modo de vida. Y es precisamente en esa relajación donde se perfila un fenómeno aparentemente legítimo, lícito.

El hombre medieval empieza a organizar su vida de tal forma que el placer desempeña un cierto papel. En la vida social se comienzan a celebrar fiestas más numerosas y fastuosas; las canciones populares se vuelven más alegres y joviales, ya no son solo guerreras; en el arte, la producción es más risueña. Y esta suavización de las costumbres se prolonga hasta los siglos XIII y XIV.

Después surgen fenómenos más complejos y comienza la decadencia. Podremos trazar la historia de este declive si nos basamos en un esquema que parte de tres principios, que explicaremos con más detalle más adelante.

* Se pueden aplicar a los problemas de la vida espiritual de los pueblos los mismos principios que a la vida espiritual de los individuos.

Nada extremo, ya sea en el sentido del bien o en el del mal, ocurre de repente. Ahora bien, tras ese paso que hemos descrito, Europa se precipita hacia una crisis gravísima, que no puede haber surgido de improviso. Sus inicios fueron muy discretos, antes de llegar a ser tan grave. Este es un principio de la vida espiritual del que no podemos abstraernos.

Podemos aplicar a los problemas de la vida espiritual de los pueblos los mismos principios que se aplican a la vida espiritual de los individuos. Podríamos hablar a un pueblo, colectivamente, de pasiones, de libre albedrío, de ascetismo, de las tres vías de la vida espiritual: purgativa, iluminativa e incluso unitiva. Tenemos, por tanto, el derecho a realizar un análisis histórico, basado en los principios de la vida espiritual aplicados a los pueblos.

Existe un método excelente para saber si un conjunto de hechos históricos está descifrado. Se trata de aplicar una clave a lo que resulta enigmático. Si la clave da sentido a todo, significará que los hechos están descifrados. Ahora bien, con los principios de la vida espiritual es posible construir una hipótesis lógica sobre la caída de la Edad Media; los aplicaremos y veremos cómo se explican los hechos.

Dejemos la Edad Media un poco a un lado y consideremos los problemas de la vida espiritual en un hombre. Sabemos que cada condición de vida tiene algo que, al menos accidentalmente, favorece el bien y da también ocasión al mal. Recíprocamente, las mejores condiciones de vida tienen algo que también da ocasión al mal.

Examinemos a un miembro de la banda criminal de los “apaches” [Nota: bandas de delincuentes del principio del siglo pasado que así se nombraban, de origen francés; galanes, peligrosos y crueles.]: vive en pésimas condiciones y es un hombre que hace el mal, por definición. Pero su vida le brinda la oportunidad de practicar algunas acciones, como el valor, que, aunque no es una virtud, tiene algún aspecto de virtud.

Por el contrario, en la más santa de las vidas, en la de un religioso en estado de santidad, hay ciertas ocasiones propicias para el mal.

Es evidente la solidaridad que existe entre todas las virtudes y entre todos los vicios. Cuando el hombre progresa en una virtud, progresa en todas; cuando progresa en un vicio, progresa en todos.

Imaginemos la historia de la regeneración de un bandido, de un gánster estadounidense que sea el peor que se pueda concebir. Tiene cierto amor por el riesgo, por la lucha y por el futuro incierto, tiene cierta «virilidad», sin que sea, naturalmente, la verdadera, y puede incluso tener cierta piedad. Es el caso de François Villon, que escribió una Balada a Nuestra Señora [Ballade pour prier Notre Dame], y también es el caso de Bocage. No se puede decir que en estas actitudes haya verdadera piedad, pero hay algo de esto, e incluso de elegancia moral.

Supongamos que ese gánster del que hablábamos pasa por un proceso de maduración. Empieza a ser sensato y a pasar de la fase mala de ladrón a la fase buena; y piensa entonces que mucho más razonable es la seguridad, el verdadero bien de la vida, luego la abundancia y, por último, el reposo. Deja su vida y se va a trabajar de cartero a una ciudad de provincia muy tranquila. Se convierte en un hombre honesto, lleva sus cuentas con mucho criterio, vive como un burgués. Se ha regenerado; no le pareció un buen cálculo ser ladrón.

Con esta conversión a medias pierde sus defectos de ladrón, pero también pierde algunas cualidades. Se ablanda. De generoso que era, se vuelve avaro y pierde elegancia. Puede llegar a ser piadoso y, aunque parezca increíble, puede incluso alcanzar el estado de gracia. Pero de él nunca saldrá una balada a Nuestra Señora. Su piedad puede haber echado raíces, pero ya no tendrá ese cierto ímpetu, ese cierto fuego. Esta es, entre muchas otras, una de las evoluciones posibles.

Si se tratara de una verdadera conversión, esa transformación sería muy diferente. El ladrón regenerado nunca pasaría de un egoísmo a otro, porque, en absoluto, esto no es una regeneración auténtica. Por el contrario, debería pasar del egoísmo a la «búsqueda de lo Absoluto», a una actitud de humildad ante Dios y de verdadera abnegación. Entonces, sería un hombre que sumaría a su progreso moral las virtudes de un nuevo estado, las cualidades de antaño, que pasarían, entonces, a ser auténticas cualidades. Sería su camino hacia la santificación.

* En la Edad Media se produjo un fenómeno que podría repetirse en el Reino de María, en el momento del triunfo sobre los enemigos de la Iglesia: el peligro viene con la victoria.

En la Edad Media se produjo un fenómeno similar y muy importante para nuestra meditación, porque podría darse en el Reinado de María (*), en el momento del triunfo sobre los enemigos de la Iglesia.

En la Edad Media, a los católicos de fe muy intensa y gran espíritu de sacrificio les faltaba algo muy profundo. Aceptaban la cruz y la llevaban con dignidad, pero no eran plenamente conscientes, de manera consciente y explícita, de que la cruz no era en la vida solo una contingencia irremediable debida a las arduas circunstancias que no podían eliminar; de que la vida laboriosa y difícil del cristianismo era inevitable no porque hubiera moros, paganos y enemigos de otra índole, sino porque la vida del católico es penosa en su misma esencia, tras el pecado original, y discurre por un lecho falso cuando no es ardua. Una vez cesadas las pruebas, deberían haber entrado en la nueva vida con un verdadero pánico a perder el amor a la Cruz, un verdadero pánico a perder el sentido del sacrificio.

Se trataba de organizarse dentro de la victoria con un temor aún mayor que cuando estaban en la lucha, percibiendo que tendrían dificultades mucho mayores para perseverar en el período de descompresión que en el de la prueba. Este debería haber sido el tema por el que resonaran los púlpitos, por el que los confesionarios apretaran sus rejillas, para que todas las personas responsables de la vida espiritual de la sociedad cristiana se manifestaran con insistencia: el peligro viene con la victoria. Es precisamente este el momento del debilitamiento. Obtener la victoria tras haber ganado la guerra, en circunstancias como estas, es el gran problema.

No somos medievalistas profundos y no conocemos del todo las cosas de la Edad Media. Pero en todo lo que hemos hojeado sobre los siglos XIII y XIV, no encontramos nada que indicara el temor al abuso de la victoria; no encontramos la idea explícita de que en este momento hay que tener un cuidado redoblado. La vida del católico es una lucha perpetua y, si no hay lucha, retrocede. La ausencia de lucha es señal de que la derrota ha comenzado.

* En menos de dos siglos, todo el cuerpo social se deterioró

De esa primera fase en la que la Edad Media se revela aún ponderada, equilibrada, pasamos a una época en la que los placeres se acentúan. Siguen siendo honestos, legítimos e incluso equilibrados. Sin embargo, hay una sed de placer que se va acentuando progresivamente. En una tercera etapa observamos que todo el cuerpo social de la Edad Media ya se ha deteriorado. Y una especie de desasosiego, de agitación, de delirio, ya define bien el siglo XV, haciendo que muchas personas de la época pensaran que el mundo iba a acabar.

Entonces, un San Vicente Ferrer recorría Europa, predicando que el mundo iba a acabar y diciendo que él era el ángel anunciado en el Apocalipsis, cuya misión era recorrer la tierra anunciando la catástrofe. En realidad, si no era el fin del mundo, tal vez fuera el principio del fin. Maquiavelo decía que estábamos en la vigésima tercera hora y que el mundo entero estaba a punto de ser saqueado; los macabros dibujos de Durero ilustran bien estos temores; en fin, hay toda una atmósfera que se vuelve aún más densa y que presagia algo horrible que iba a suceder.

* Una actitud despreocupada de la cristiandad fue la causa de la decadencia

Se observa, pues, el paso sucesivo de un apogeo a un estado de decadencia. El punto de partida fue sin duda la falta de cuidado, la falta de prevención. Una actitud despreocupada de la cristiandad medieval fue la causa de la decadencia. Una despreocupación que se caracterizaba por una excesiva confianza en sí misma, al juzgar que en la propia sociedad medieval existían raíces y cimientos de virtudes suficientes para eliminar cualquier preocupación.

Tampoco se puede afirmar que hubiera mala intención en esta actitud. Se trataba solo de una relajación y no de una deliberación para practicar el mal. En esa fase de relajación del modo de vida, la Edad Media nos impresiona incluso por lo que tiene de temperante, de digno, de noble, incluso en sus placeres.

Cabe señalar que esto no es una afirmación, no es una tesis acompañada de documentos, sino una hipótesis basada en ciertos conocimientos. Pero, cuando formulamos esta hipótesis, los hechos se alinean de tal manera que todo se aclara. Siendo así, los acontecimientos quedan arquitectónicamente explicados.

Es necesario tener en cuenta que esto no se refiere a desviaciones existentes, más o menos excepcionales, aunque incluso profundas. Encontramos en la Edad Media fenómenos marginales, como las herejías, pero que no son la Edad Media; casos de satanismo, pero que no son la Edad Media; un emperador que es incluso arabizante y musulmanizante [Federico II Hohenstaufen (Federico II de Suabia, 1194-1250)], pero esto tampoco es la Edad Media. Es la enfermedad del cuerpo social en su conjunto lo que estoy tratando de describir, y no solo ciertas llagas.

Esto interesa mucho a los contra-revolucionarios, sobre todo teniendo en cuenta el Reinado del Inmaculado Corazón de María, tal y como Ella prometió en Fátima: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». Si se nos concede sobrevivir y llegar a esa nueva Edad Media, solo seremos dignos de actuar en ella si enseñamos a quienes nos sucedan cómo comenzó la decadencia, y que, si no se tiene un cuidado extraordinario por conservar un verdadero amor a la Cruz y un verdadero sentido de la lucha y del sufrimiento, en las nuevas condiciones, se romperá de nuevo el equilibrio de la sociedad católica.

* No hay que temer tanto las luchas de conversión (primera fase) como las batallas de la segunda fase

Estos principios son tan ciertos que se aplican incluso a los fenómenos de la vida espiritual de los contra-revolucionarios de hoy. Dado que casi todos los entornos están actualmente, unos más y otros menos, impregnados del espíritu revolucionario, cuando un alma, al convertirse, se vuelve contra-revolucionaria, entra en una fase de luchas y enormes pruebas. Son batallas, luchas, disputas con compañeros de la infancia y antiguos amigos.

Hay después una segunda fase, de estabilización, en la que todo se vuelve menos arduo y más fácil. Esta es la fase peligrosa. No hay que temer tanto las luchas de la conversión como las batallas de la segunda fase, porque es ahí donde surge la tentación de vivir sin preocupaciones dentro de la virtud, lo que significa abandonar la virtud y vivir fuera de ella. En la esencia de la santificación está el deseo de lucha y de cruz.

La primera de las diversas etapas de la decadencia se caracteriza por lo agradable-bueno que se acentúa en exceso, pero que sigue siendo honesto, noble y equilibrado. Un ejemplo de ello es el traje femenino habitual en la Edad Media. Era precioso, con los hermosos sombreros cónicos con velos colgantes, o en forma de capullos, con una corona. Es algo muy noble y bello, y también muy tranquilo y reposado. Todo el arte medieval transmite una sensación muy agradable.

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«Cuando yo veo el gótico, en la historia del gótico veo la última forma del gótico –el gótico flamboyant–, tan risueño, tan triunfal, tan seguro de su grandeza tengo la impresión de un itinerario terminado. […] El gótico tendría que acabar. Todo cuanto la ojiva podría dar de belleza se habría agotado.» – Plinio Corrêa de Oliveira in “Fátima: no que consiste a conversão pedida por Nossa Senhora (…)

Capilla de Los Condestables – Catedral de Burgos

Lo agradable encuentra su mejor expresión en el gótico «flamboyant». Pero el «flamboyant» va invadiendo todos los ámbitos, y en lugar de ser solo algo agradable y bonito para el salón, pasa a ser la nota dominante en casi todos los ambientes. El gótico en esta fase se vuelve recargado. Ya no es la época de las grandes catedrales, sino de las capillas hechas casi exclusivamente de vidrieras. La piedra ya se utiliza mucho menos.

Todo empeora sensiblemente a partir del momento en que lo agradable se vuelve ilícito y, por tanto, inmoral. Lo mismo ocurre en la literatura de caballería y en innumerables otros sectores de la vida medieval.

*Las profundidades de esta crisis en las diversas capas sociales

Para analizar cómo se generalizó la crisis en el seno de la sociedad medieval, es necesario examinar las profundidades de dicha crisis. Por profundidad entendemos las diversas capas de esa sociedad; la más baja, la del pueblo, sería la última profundidad. La más elevada serían las cortes.

Antes de continuar, conviene recordar un principio. Al analizar la personalidad de alguien, nos encontramos, sobre todo si se trata de un liberal, con varias personalidades que entran en una especie de diálogo. En un mismo hombre conviven el monárquico, el republicano, el católico y el protestante. Quien tiene un antepasado protestante hereda, lo quiera o no, un protestante en su interior. Cuando una persona tiene una herencia profundamente católica y otra profundamente protestante, esta rama tiene como que un católico durmiendo en su interior, y el católico como que un protestante. Es el principio de las diversas personalidades opuestas, que establecen un diálogo interno, y que se da en la vida espiritual de un hombre.

Las diversas corrientes de opinión transmiten este principio a la vida espiritual de un país. Brasil, habitado por republicanos, monárquicos, católicos y protestantes, constituye un inmenso cerebro colectivo similar a los cerebros individuales de muchos.

En la Edad Media, el principio del diálogo interior entre diversas personalidades se daba según las clases sociales. Este proceso de deterioro comenzó con los más ricos y poderosos.

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“Comienza entonces una vida de extravagancia…”

“En el banquete de coronación de Fernando I de Aragón en Zaragoza (1414) no solo hubo selectos manjares y exquisitos invitados. Entre plato y plato de suculentas aves y confites, se vieron ruedas giratorias repletas de ángeles que tocaban y cantaban alabanzas, grifos mitológicos que atacaban huestes musulmanas, aparecían demonios y apóstoles, una nube descendía sobre la cabeza del monarca…”

(Grabado ilustrativo; no corresponde al texto)

El fenómeno es más evidente en las cortes reales, e incluso en ciertas cortes principescas tan elevadas como las de los reyes. Comienza entonces una vida de extravagancia. La metástasis, a la manera del cáncer, se fue extendiendo, de «proche en proche», a las demás clases sociales. La corte corrompe a la nobleza media, que a su vez corrompe a la baja. La alta burguesía, siempre la primera en corromperse con los reyes, deteriora a la burguesía media y a la baja. Este proceso es lento, pero terriblemente eficaz.

Hubo un tiempo, en la Edad Media, en el que se nota muy claramente este fenómeno de corrupción en los letrados de más alto rango, en los altos aristócratas, en los financieros de más alto rango e incluso en el clero más alto.

* Los centros naturales de resistencia

Sin embargo, existen corrientes de opinión y algunas clases sociales que constituyen focos naturales de resistencia. Así ocurrió con el movimiento humanista y renacentista, que tanto floreció entre los altos intelectuales, pero que encontró focos de resistencia en las universidades, hasta tal punto que estas permanecieron durante mucho tiempo al margen del nuevo movimiento, aferradas a las viejas fórmulas.

Entre las clases populares, la corrupción es mucho más lenta y hay mucha resistencia. En la época de Luis XIV, el pueblo era aún tan ingenuo que iba a ver al rey pasear con las tres reinas: «María Teresa de Austria, la duquesa de La Vallière y la marquesa de Montespan». Apenas se daban cuenta de la espantosa inmoralidad del hecho. Contemplaban, ingenuamente, a un rey tan poderoso, ¡con tres reinas! Lo mismo ocurría, en la época de Luis XIV, con las fiestas y diversiones populares, en las que todo se desarrollaba en un ambiente de Edad Media. La perversión tardó mucho en penetrar en las clases más bajas de la sociedad.

Pero esta resistencia sufre un proceso de degradación que se perfila más o menos de la siguiente manera: inicialmente hay una indignación y una profunda resistencia al deterioro; a continuación, una acomodación, a pesar de la falta de adhesión e incluso de la resistencia; por fin, una tolerancia indiferente seguida de admiración, envidia y adhesión al proceso que ya hacía tiempo que había salido victorioso en las capas superiores de la sociedad.


NOTAS

(*) Reino de María – San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), en su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, prevé la llegada a la Tierra de una era «en la que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire», y en la que innumerables personas «se convertirán en copias vivas de María» (Cap. VI, art. V). A esa era la llama Reino de María.

Esta profecía encaja orgánicamente con la de Nuestra Señora en Fátima. En efecto, tras predecir varias calamidades para el mundo, Ella afirmó: «Al final, mi Inmaculado Corazón triunfará». O sea, será una obra de Ella y la posición del Prof. Plinio era la de trabajar para que el mayor número de almas estuviese en condiciones de acceder a esa conversión.

No es milenarismo ni utopía; el Prof. Plinio insiste en que No se trata de un paraíso terrenal perfecto Ni de una fase final antes del fin del mundo (en el sentido milenarista condenado por la Iglesia). Es una era histórica mejor, pero aún dentro de las limitaciones humanas.

 

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