Del debilitamiento interior del hombre al dominio revolucionario por la propaganda, el mito y la pérdida de la certeza
Reunión extra – 15 de junio de 1964 – [Fecha incierta]
Presentamos las tres luminosas conferencias pronunciadas por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en torno al problema de la Revolución y la Contra-Revolución, y publicadas en la antigua Circular a los Propagandistas de «Catolicismo», en 1964. El estudio del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira resume las tesis de la lucha ideológica de la TFP.
Parte I – Ver aquí
Parte II – Ver aquí
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
* Evolución de la tendencia hacia la idea: el pecado del espíritu
Veamos cómo se produce el fenómeno de la inspiración de la idea, cuál es su origen y cómo la tendencia revolucionaria genera el sofisma.
El fenómeno de la inspiración de la idea revolucionaria puede darse de innumerables maneras. En este campo hay una riqueza que podríamos calificar incluso de inagotable.
Sin embargo, hay un modo más universal que podemos señalar, porque se da en todas, o al menos en cierta medida, en todas las personas. Históricamente hablando, fue lo que ocurrió con mayor frecuencia en el transcurso de la Revolución.
Para comprender mejor este problema, necesitamos conocer la psicología de las personas que han sido manipuladas por la Revolución. Veámoslo en el ámbito de la moda. Una señora que, en su juventud, usaba grandes sombreros con una punta en forma de pico de pájaro en la frente, cerezas de goma a los lados y todo un huerto en el centro, y que luego ha pasado a los días actuales, en los que los sombreros femeninos se asemejan más a cacerolas colocadas boca abajo en lo alto de la cabeza, de manera ridícula, a semejanza de un payaso; si esa señora, cuando era joven, pudiera verse vestida así a los 60 años, lloraría. Pensaría que se había vuelto loca. Sin embargo, se vio obligada a llevar lo que no quería, ¡sin juzgarlo feo y sin extrañarlo! Al ponerse el sombrero en la cabeza, lo hizo como si fuera lo más natural del mundo. Una que consideraba inmoral un «maillot» que llegaba poco más arriba del tobillo, no se extrañó cuando llevó uno incomparablemente más inmoral.
Debemos señalar que no se trata de saber por qué esas personas hicieron esto. Se puede hacer algo que se considere mal hecho, obedeciendo a una imposición de la moda. Es reprochable, pero no es ningún misterio que esto se haga: por un lado, está la convicción; por otro, el interés; el alma pasa por encima de la convicción y sigue el interés. El misterio psicológico es otro; está en saber por qué no hubo extrañeza en la práctica del acto.
Es interesante observar que en estas almas cohabitan varias psicologías. Una persona de la generación de nuestros abuelos, por ejemplo, podría tomar la obra «Revolución y Contra-Revolución», leerla y, estando de acuerdo, considerarla muy buena. Algún tiempo después, al leer una nota en un periódico liberal, consideraría que ahí está la verdad. Y sería sincera en ambas actitudes. A veces pensaría de una manera, a veces de otra. Pero podría estar convencida de lo que decía, y en este sentido sería sincera.
Así, en la mayoría de los hombres, coexisten varias mentalidades. La Revolución, en esa marcha procesiva, no elimina propiamente una de esas mentalidades, sino que avanza de tal manera que da la razón a una de las mentalidades sobre las demás, mentalidad esta que, al permanecer siempre a flote, relega a las demás al olvido.
* Revolución y luz primordial (*)
Consideremos estos fenómenos inicialmente a la luz de un punto de doctrina que nos es muy querido. Se refiere a la luz primordial. En realidad, solo quien corresponde a su luz primordial tiene la certeza de que va por buen camino. El hombre que no corresponde a ella es un espíritu incapaz de la certeza.
La luz intelectual del hombre —y de todo hombre— en el plano natural y sobrenatural es más fuerte en cuanto a algunos puntos que corresponden a la luz primordial. Como a través de la luz primordial el hombre tiene una visión muy clara de lo que le rodea, esta le proporciona ciertas certezas que sirven de criterio para otras certezas. De este modo, si alguien está seguro de que los puntos A, B y C están de acuerdo con su luz primordial, todas las consecuencias de A, B y C serán ciertas también, y todo lo que contradiga estos puntos es erróneo.
Al analizar las cosas desde la perspectiva de la luz primordial, todo se vuelve muy sencillo, porque allí vemos la verdad con gran claridad. La luz primordial es una especie de columna vertebral del mecanismo de la certeza. Cuando el hombre no es fiel a su luz primordial, acaba queriendo alcanzar las verdades, no a partir de esa luz, sino mediante un juego de razonamientos. Y la vida se convierte en la oscura selva de la que nos habla Dante, pues si no tratamos de iluminarla, a partir de las certezas de nuestra luz primordial, no tendremos verdadera certeza, ni del bien ni del mal, ni de la verdad ni del error.
La inmensa mayoría de los hombres, sin embargo, no busca su luz primordial, pero, por otro lado, tampoco se entrega de tal manera al vicio capital que, al menos en esta línea, construya una serie de tesis que quiera adoptar como verdad; se entrega a este vicio de manera nebulosa y vaga, y se siente, entonces, incapaz de formar ninguna certeza.
La vida, a los ojos del hombre que ha perdido ese rumbo, se transforma en el reino de las impresiones. Si de niño conoció en el colegio a una monja muy buena y amable, conserva una gran idea de la religión. Pero si, por otro lado, tuvo después contacto con un profesor de espíritu volteriano, muy jocoso, maestro en anécdotas anticlericales, que él consideró muy ingeniosas, pasó a simpatizar con el anticlericalismo. Si vio, en los museos de Europa, hermosos objetos aristocráticos, admiró su elegancia. Pero si también vio una película en la que la aristocracia era representada de manera desfavorable, le habrá quedado cierta antipatía.
En su alma, entonces, se agrupan varias personalidades: el monárquico, el republicano, el anticlerical, a modo de impresiones que ora una, ora otra, salen a la superficie, y que tienen cierta solidaridad entre sí. Hay una lógica profunda que hace que un error saque a la luz una serie de otros errores. Es un fenómeno de yuxtaposiciones que funcionan sin que este pobre hombre sepa por qué.
* La teoría de la justificación del pecado y su utilidad para la obra de la Revolución
Un hombre que se emborracha comete un pecado. Hay un motivo inmediato en lo que hizo, que fue el acto de ingerir alcohol. Pero al emborracharse, forma un juicio sobre el vicio de la embriaguez. Así, tras la acción pecaminosa, se ve llevado a un pecado de espíritu. Pero, por lo general, esto no ocurre a corto plazo: alguien bebe y enseguida formula un sofisma para justificar su borrachera. No. Lo más común es que la persona piense: «He bebido, ¿qué he hecho? Me enfadaré mucho si me dicen que he hecho mal; no quiero que me digan eso».
Al pecar, se ve llevado a justificar su acto, porque surge la idea de que todo lo que surge en su interior es más o menos legítimo. Por el hecho de haberse emborrachado, nace cierta tolerancia hacia la embriaguez, que no es tanto un juzgar, sino un huir de la obligación de juzgar.
La actitud de no juzgar la embriaguez hace que el hombre comience a observar ciertos aspectos colaterales de la embriaguez, que le parecen bonitos; después, tendrá tolerancia, ya no considerando mala la embriaguez; y, por fin, vendrá el desprecio por el hombre que no bebe. La inspiración errónea de la idea errónea no viene directamente, sino lentamente. Su postura se convierte en una actitud de espíritu, de la que, a su vez, nacerá la justificación.
* La raíz de este proceso de justificación interna
Esta actitud tiene su raíz en un hecho curioso. Todos repiten el principio de la ley de la carne y la ley del espíritu. Nosotros, los católicos contra-revolucionarios, tenemos cierta facilidad para distinguir la ley de la carne y la del espíritu, y para percibir que no somos responsables de los primeros impulsos de la ley de la carne.
Se comprende que se pueden tener las peores inclinaciones y es natural que las tengamos, porque así es el hombre; pero el quid de la cuestión está en no consentir. Tenemos tan firme la idea del consentimiento que conocemos nuestro ímpetu para todo: robar, mentir, etc. Podríamos decir que somos una colección de pésimos ímpetus. Sabemos, sin embargo, que para que haya pecado es necesario nuestro consentimiento y no solo los impulsos, y que, por lo tanto, el peor de los impulsos no nos degrada.
La mayoría de las personas, sin embargo, no tienen esa mentalidad, esa forma de sentir y actuar. Tienen, en el subconsciente, que el mal impulso, aunque no consentido, es su vergüenza. Así, si le decimos a alguien que tiene tendencia a la deslealtad, la primera idea que se le ocurre es que queremos injuriarlo; se siente profundamente ofendido con todas las pasiones que rugen en su interior; la tendencia señalada constituye una sentina a la que ni siquiera se debe mirar.
Y la persona, como resultado, se solidariza con las mayores infamias que nacen en su interior. De ahí surge un estado de ánimo dispuesto a entrar en ese proceso de apatía, luego de simpatía y, por fin, de justificación, que acabamos de describir.
La inmensa mayoría de las personas va a la deriva, como un corcho en el mar. Estas son las víctimas arquetípicas que se enredan en el proceso revolucionario. Son ellas a quienes la Revolución, mediante sugerencias bien elaboradas, lleva a pensar según sus postulados.
* La creación del mito
Hemos observado una cierta forma de actuar de la Revolución en este aspecto. Con un poco de propaganda, crea para esas mentalidades una especie de tabú, sin necesidad de demostrarlo, un valor supremo e intuitivo. Es lo que ocurre a menudo cuando, en un círculo de gente refinada, alguien dice: «Es muy refinado»; o en un círculo de personas a las que les gusta trabajar: «Es un productor»; o en algún grupo de vagos: «Es el que sabe disfrutar de la vida». Se plantea un punto que se presenta como un núcleo en torno al cual una serie de sugerencias comienzan a gravitar y a desempeñar su papel. Se crea, entonces, un mito.
El mito del productor y de la producción, por ejemplo, que conlleva toda una filosofía de vida, es muy característico en este sentido. Se implanta en el subconsciente de alguien la idea de que una sociedad es un núcleo de consumidores que necesitan producir para no perecer. Por lo tanto, el hombre que no produce es una especie de ladrón, porque se alimenta de lo que otros producen.
Es una tesis que se comporta como una pequeña ley del derecho natural. Se construye un “orden natural” y, a partir de él, se extraen ciertas conclusiones. Es cierto que el esfuerzo por una producción eficiente depende de un trabajo arduo. No basta, pues, con que todos produzcan, sino que es necesario que lo hagan con ahínco. Alguien que trabajara más plácidamente sería un contrabandista del trabajo, que lleva consigo holgazanerías que han sido robadas a los demás.
Este mito de la producción ha forjado una especie de lástima hacia los necesitados, porque la producción, en última instancia, tiene cierto fin filantrópico para lograr que todos la acepten.
Muchos conocen esta filosofía de la producción. No hay, sin embargo, ningún libro que la describa de manera viva y no solo de manera filosófica, y que la refute. A ciertos libros y estudios que tratan de esta filosofía se les escapa lo vivo y lo concreto del asunto. Abordan la tesis con tal elevación filosófica que a nadie se le ocurren las aplicaciones prácticas [Nota: Los interesados encontrarán esta teoría del mito de la producción explicada con más detalle en el artículo sobre «Moral Sinárquica»].
* La Revolución gobierna el mundo creando mitos como este
La Revolución gobierna el mundo construyendo lentamente filosofías como esta y haciéndolas avanzar. Mediante hábiles artimañas y sutiles sugerencias, hace que se pase rápidamente de la filosofía del trabajo a la filosofía socialista. Para ello basta con crear, en la sociedad, un clima en el que, en primer lugar, en nombre de la caridad cristiana, se den a conocer el mayor número posible de problemas sociales.
Se crea, entonces, el problema del niño tuerto, del anciano zurdo, del niño con discapacidad, del cáncer… En torno a cada enfermedad se forma un problema. ¡En fin, el cuerpo social acaba pareciendo una sola llaga! Y nunca será suficiente todo el esfuerzo que se haga para aliviar tales problemas. La campaña sirve más para mostrar que el problema es insoluble que para resolverlo. Y la persona termina con una especie de remordimiento por lo que posee, y con la idea de que su producción, por muy frenética que sea, seguirá siendo escasa, porque debe distribuirse entre todos. De ahí a una ley socialista, el paso es mínimo.
Esto no se ha hecho difundiendo el manifiesto de Marx, sino creando panoramas que se suceden unos a otros, a modo de argumentación, porque la persona piensa que fue ella quien elaboró los argumentos que le vinieron a la mente. Y el talento del método reside precisamente en insinuar esto. Todos son filósofos de la solución socialista…
* La falta de certeza, razón de la docilidad ante la Revolución
Veamos cómo se encadenan las tesis. Un hombre que no ha respondido a su luz primordial, y que por tanto carece del mecanismo que da a su espíritu la plena certeza, o que no ha atendido a su vicio primordial, y no tiene el mecanismo de los odios funcionando a modo de certeza, tiene una serie de tendederos extendidos entre esos dos extremos, con todas las gamas del pensamiento humano. Esas gamas móviles podrán ser modeladas de acuerdo con ese gran teatro social de insinuaciones que se va lanzando. He aquí un alma que es un excelente campo de cultivo para la acción de la Revolución.
A través de este proceso sería fácil producir en una ciudad, por completo antiobrera, un éxtasis obrero, o producir un éxtasis antiobrero en una ciudad obrera.
Imaginemos, a modo de ejemplo, las tres ciudades periféricas de São Paulo, Santo André, São Bernardo y São Caetano, comúnmente conocidas como el ABC, intensamente obreras; si, a la hora en que los obreros salieran de las fábricas, pasara un carruaje al estilo del Antiguo Régimen, tirado por una hermosa pareja de caballos blancos, con un matrimonio muy bien vestido, podemos garantizar que serían aplaudidos, si se comportaran con cierta prudencia.
Decimos esto porque hay dos formas de viajar en carruaje: una en la que disfrutamos sin que los demás se den cuenta de nuestro placer; y otra en la que hacemos que los demás también disfruten con nuestro gozo. Es uno de los aspectos más hermosos de la forma de ser de la reina Isabel de Inglaterra. Ella, sin demagogia, tiene algo de eso; el pueblo se siente feliz al ver su felicidad. Es lo que ocurriría con los obreros ante una pareja así; veinte años de discursos sindicales habrían perdido su efecto…
Las mentalidades hoy están a la deriva, al azar. Y eso es lo que facilita el trabajo contra-revolucionario. La figura que esto expresa es el teclado [del piano]. Tal es la confusión que reina en las mentes modernas que cualquiera de las tesis contra-revolucionarias puede encontrar cabida en esas mentalidades, desde el entusiasmo por María Antonieta, la reina mártir, hasta la comprensión hacia Kruschev. Es un teclado del que se puede sacar cualquier nota, siempre que se sepa cómo tocarlo. Se consigue todo, menos algo consistente y duradero.
Las almas se han reducido hoy a un inmenso teclado, y sobre él la Revolución toca la aria que le place. Es la esclavitud del mundo contemporáneo a la propaganda.
* Edad Media: era de certeza
En la Edad Media, la certeza, que proviene de la fidelidad a la luz primordial, era muy evidente. El ambiente muy homogéneo, las ideas ordenadas, el arte y la arquitectura muy coherentes con la doctrina, todo llevaba a considerar muy natural que así fueran las cosas. Se daba, naturalmente, por supuesto que aquel modo de ser era el legítimo.
Y el hombre, sobre todo a finales de la Edad Media, estaba tan lejos de comprender lo que le debía a la civilización católica, que se pudo inventar el mito del «bon sauvage», que perduró hasta el «Guarany» de Carlos Gomes, en el que se imaginaba a los indios pensando y razonando como auténticos héroes de Corneille. Se consideraba tan evidente ese cuadro de valores que hasta el salvaje los asumía.
El Renacimiento rompe con el mecanismo de la certeza. Inicialmente, llegó la crisis moral, que alejó a los hombres de su luz primordial. Lejos de esta luz, fue posible desviarlos de la certeza. Y la demolición comenzó por el punto central, tocando la divinidad y la infalibilidad de la Iglesia. Las tendencias se fragmentan en diversas direcciones. Cada bloque está seguro de su certeza. Y siguió la división de las sectas, cada una con su certeza.
En el seno de esas certezas contradictorias ya había una incertidumbre, porque los hombres están hechos de tal manera que no confían mucho en sí mismos. Incluso entre los católicos, con excepción de los extremadamente fieles, con una fe capaz de mover montañas, esa pluralidad de opiniones les transmitía una especie de incertidumbre fundamental vaga, imponderable, y de ahí la inquietud, la polémica, el diálogo, para ver si en el lado opuesto no había una pizca de verdad.
La Revolución Francesa generalizó esta forma de comportarse al terreno político. Tenemos a los monárquicos del Antiguo Régimen, a los monárquicos constitucionales, a los republicanos moderados, a los avanzados y a los comunistas. Una serie de certezas en duda. La Revolución quería que todos se convirtieran en comunistas. Al no lograrlo, provocó el choque de opiniones contradictorias. Los que ya no contaban con un mecanismo perfecto de certezas quedaron medio monarquistas, medio republicanos. Surgió una prensa que funcionaba como una auténtica feria de opiniones. Y, aunque aún no ha conseguido que todos se conviertan en comunistas, logra, sin embargo, que todos se mantengan al menos indiferentes.
Son las tramas de la Revolución.
* Interpretación contra-revolucionaria de los acontecimientos históricos
Podríamos retener, tras todo el examen realizado en este trabajo, una serie de principios que servirían para explicar un sinfín de otros puntos históricos. Constituiríamos así toda una doctrina que no es más, en última instancia, que la Historia interpretada según la psicología y la moral.
Los aspectos estudiados en el presente trabajo no son más que una pequeña muestra de lo que podríamos examinar. Hemos analizado una serie de afirmaciones, ya comprobadas por la investigación. Pero, basándonos en los principios de «Revolución y Contra-Revolución», podríamos examinar aún una inmensidad de hipótesis históricas y, basándonos incluso en los datos de la propia historiografía actual, demostrar con hechos los principios que enunciamos.
Para ello sería una guía muy útil la elaboración de un conjunto de normas de vida espiritual que se aplicaran a la vida de los pueblos, y no solo a la de los individuos, y que, con los datos de la psicología y la moral, explicaran la Historia.
Es lo que hacen los comunistas: toman una filosofía, la materialista, establecen ciertos principios e interpretan la Historia según esos principios.
La postura de los contra-revolucionarios debe ser la interpretación de la Historia mediante principios puramente espiritualistas, es decir, tal y como nos enseña la Iglesia, teniendo en cuenta la vida sobrenatural, la correspondencia a la gracia, etc.
En el Reinado del Inmaculado Corazón de María será necesario que todas estas hipótesis y teorías se expliquen por completo, para prevenir futuras decadencias.
* Lo que Nuestra Señora desea de nosotros
Desde esta perspectiva espiritualista, vemos que, desde el momento en que se produjo el debilitamiento de la virtud, Nuestro Señor Jesucristo se va haciendo cada vez más ausente del mundo y el ámbito de acción de los santos, humanamente hablando, también se va reduciendo. Es una de las formas de la ausencia de Dios. Dios suscita héroes para la batalla, pero permite que los grandes muros sean cada vez más derribados. Así como suscitó a León XIII para restaurar el estudio de la escolástica a través de la encíclica «Aeterni Patris», podrá suscitar a otros para poner en primer plano el estudio de los principios anteriormente esbozados.
Sin embargo, desde ahora mismo, para hacer progresar la Contra-Revolución y derrotar a la Revolución, es necesario que nos acostumbremos a describir estas mentalidades para saber, mediante las artimañas de la dialéctica, poner al descubierto el veneno de la Revolución. Es necesario, pues, y para ello están invitados nuestros amigos, que en nuestras conversaciones y reuniones, lecturas y estudios, procuremos insistentemente aplicar los principios aquí enunciados para que se nos hagan familiares, único medio de armarnos para el combate contra la Revolución, y único medio de derrotarla.
Que Nuestra Señora de Fátima nos bendiga profusamente en esta Santa Cruzada por la llegada de Su Reino.
NOTAS
(*) ¿Qué es la “luz primordial”? Plinio Corrêa de Oliveira define la luz primordial como:
‘El ángulo propio y específico desde el cual cada alma está llamada a contemplar, amar y glorificar a Dios, reflejando de manera particular alguna de Sus perfecciones infinitas’.
Es la vocación contemplativa principal de cada persona: la manera única en que esa alma está hecha para admirar y reflejar a Dios. Se llama “luz” porque es una participación de la luz divina, y “primordial” porque debe ser el foco principal de atención y el camino principal de santificación de esa persona.
Para profundizarse en el tema, ver, por ej., “Plinio Corrêa de Oliveira, un contemplativo” en Tesoros de la Fe, N.º 58, octubre de 2006.