Cómo el mal triunfa cuando los buenos dejan de combatir; el pecado inmenso de las familias de almas y el carácter procesivo de la Revolución
Reunión extra – 15 de junio de 1964 – [Fecha incierta]
Presentamos las tres luminosas conferencias pronunciadas por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en torno al problema de la Revolución y la Contra-Revolución, y publicadas en la antigua Circular a los Propagandistas de «Catolicismo», en 1964. El estudio del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira resume las tesis de la lucha ideológica de la TFP.
Parte I – Ver aquí
Parte III – Ver aquí
A D V E R T E N C I A
El presente texto es una traducción y adaptación de la transcripción de una exposición oral del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira dirigida a socios y cooperadores de la TFP, por lo que tiene un estilo coloquial y no ha sido revisado por el autor.
Si el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira estuviera entre nosotros, sin duda pediría que se hiciera mención explícita de su disposición filial a rectificar cualquier discrepancia con respecto al Magisterio de la Iglesia. Es lo que aquí hacemos constar, con sus propias palabras, como homenaje a tan bello y constante estado de ánimo:
«Católico apostólico romano, el autor de este texto se somete con filial ardor a la enseñanza tradicional de la Santa Iglesia. Sin embargo, si por descuido hubiera en él algo que no se ajustara a dicha enseñanza, lo rechaza desde ya y categóricamente».
Las palabras «Revolución» y «Contra-Revolución» se emplean aquí en el sentido que les da el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en su libro «Revolución y Contra-Revolución», cuya primera edición se publicó en el n.º 100 de «Catolicismo», en abril de 1959.
* El mal comienza a vencer cuando los buenos dejan de tener esa intolerancia audaz y triunfante [frente al mal]
Cuando estudiamos el problema de la decadencia de la sociedad medieval, nos surge la pregunta de saber por qué se inclinó hacia la Revolución.
Muchos afirman que la decadencia recayó en los reyes y el clero, que dieron el primer paso. Existe otra teoría, más simpática, según la cual todo fue posible a partir del momento en que la resistencia dejó de caracterizarse por una intolerancia agresiva, indignada y militante. Solo la reacción enérgica es capaz de detener el avance del mal. Lo más lamentable no es que los malos sean audaces, sino que los buenos no les opongan la intolerancia y la resistencia agresiva que ellos mismos demuestran hacia el bien.
Si alguien denuncia públicamente el mal practicado por los revolucionarios, algo se les estorba, aunque no quieran. Y es este tipo de perturbación interna la que produce el estertor de los revolucionarios. Muy pocos tienen el valor de rebatir a quienes los denuncian. Y vence quien argumenta con mayor intolerancia y agresividad, en el sentido más profundo de la palabra. Se puede decir, en cierto sentido, bajo este aspecto, que todo depende enteramente de la intolerancia.
El mal comienza a vencer cuando los buenos dejan de tener esa intolerancia audaz y triunfante. La historia del carlismo en España, por ejemplo, es la historia de una parte de los españoles que son intransigentes, que no quieren ceder. Mientras los carlistas no sean reducidos, estarán poniendo obstáculos al avance de la Revolución. El simple hecho de que existan representa en España un fuerte foco contrarrevolucionario. La historia de la decadencia de España no es la historia del progreso de los liberales, sino la historia de la decadencia de la intransigencia de los carlistas.
Desde la Edad Media hasta nuestros días, la actitud de los apóstoles de la Iglesia frente a la Revolución ha sido, en líneas generales, defensiva. Los soldados de la Iglesia siempre han pensado en defenderse, en construir murallas. Los pocos que mostraron una intolerancia agresiva dieron origen a heroicas resistencias. Es el caso de San Luis Grignion de Montfort, cuyo apostolado dio origen a la Vandée, el mayor foco de resistencia a la Revolución Francesa.
De las nociones ya expuestas podemos deducir una teoría de la tolerancia. Es posible adoptar respecto a la Revolución tanto una posición tolerante legítima y verdadera, como también engañarse con una falsa tolerancia.
Supongamos a un director de almas que trata a uno de sus dirigidos, que en lo esencial de sus deberes va bien, pero que tiene debilidades en tal o cual aspecto; puede ser conveniente esperar el momento de Dios para decir cierta verdad y, por lo tanto, tener mucha tolerancia y ser conciliador. Y en esto, con mucho tacto, ser tolerante es un bien.
Pero si la misma persona pide a su director una tolerancia en la línea de sus propias pasiones, y una tolerancia que consista en aceptar que ella haga concesiones en esa línea, sería un pecado enorme por parte de este director de almas una concesión consciente.
No podemos tolerar, teniendo autoridad para ello, que, de vez en cuando, fume un cigarrillo un hombre que tenga un gusto desmedido por fumar, pero que esté deseoso de dejarlo. Al fumar, alimenta en sí mismo todo el mar del vicio.
En relación con la sensualidad, un educador que prohíbe al alumno ir a lugares peligrosos e inmorales, pero que le permite ver revistas inmorales, está cometiendo un gran pecado. No se puede llamar a esto tolerancia en el buen y verdadero sentido de la palabra. Estas son actitudes que aceleran la marcha revolucionaria.
* Las familias de alma son la verdadera palanca de la Historia. La teoría del pecado inmenso
Así como todo apogeo se debe al hecho de haber abandonado un estado de hostilidad hacia la práctica de la virtud, toda crisis comienza con el abandono de una postura de amor a la cruz, pasando luego a la complacencia, a la tolerancia, a la admiración y, finalmente, a la adhesión al error; parten de la plenitud de la práctica del bien hacia la decadencia, y los buenos caen por ello. ¿Cómo se consigue, podríamos preguntarnos, conjurar esto?
Para responder a esta pregunta debemos considerar la doctrina de las familias de almas, que es de la mayor importancia para una concepción católica de la Historia. La Providencia sugiere todo un sistema de almas, que se influyen mutuamente como planetas y satélites, para evitar el deterioro de las buenas costumbres; constituyen entre sí una familia de almas que, si se mantienen íntegras y aplican el principio de la teoría de la intolerancia triunfante, no se descarrilarán. Su fidelidad al principio enunciado será tal que detendrá el avance de la Revolución. Siendo así, podríamos decir que el peso del mundo descansa realmente sobre estas familias, que son la verdadera palanca de la Historia.
Como consecuencia de los principios enunciados, llegamos a la teoría del pecado inmenso. Hubo, evidentemente, en la raíz de todo este proceso, de esta apostasía, un pecado inmenso. Las familias de almas deberían, en el diálogo interno de las diversas fibras de un pueblo que entra en lucha, mantener la fidelidad a la virtud y el amor a la Cruz. Alguien no la mantuvo. Hubo un ser sublime, extraordinario, predestinado, que pecó. Y con este pecado todo el plan de la Providencia se vino abajo. Ella quiere, de manera muy misteriosa, condicionar el libre curso de ciertos hechos a la generosidad de ciertos individuos. Es un plan de Dios.
En la Edad Media, que vivió de las grandes órdenes religiosas que formaban enormes familias de almas (benedictinos, reforma de Cluny, franciscanos, dominicos) —y yo no veo una orden religiosa a no ser como una familia de almas—, hubo una o algunas familias de almas que apostataron en un momento determinado. Como consecuencia, todos los virus malignos comenzaron a actuar en ese momento peligroso. Y la hecatombe de la civilización feudal le siguió.
Pero ¿por qué justo al principio se produjo esta tremenda explosión, esta brutal oleada de revuelta? ¿Por qué tanta fuerza explosiva? Porque cuanto mayor es la altura desde la que se cae, mayor es la caída, y cuanto mayor es la virtud, más rugen las bestias cuando se las suelta.
Ahora bien, el mundo se encontraba en un pináculo. Salir de ese pináculo era soltar a los animales más feroces. De ahí surgieron tremendas pasiones que invadieron el mundo contemporáneo. El inmenso pecado se dio en dos vertientes: fue de alguien o de algunos que se entibiaron; y de los demás que, por consiguiente, siguieron sus pasos. De ahí la aterradora descompresión de todo un continente, que continúa hasta nuestros días. Se trataba simplemente de sostener lo salvable y buscar una era de plata, un plan B, una vez que la era de oro, el plan A, había fracasado.

El sueño milagroso del papa Urbano III, en el que San Francisco de Asís sostenía sobre sus hombros a la Iglesia, simbolizada en la basílica de San Juan de Letrán que se partía en dos, se aplica a esta teoría del pecado inmenso. San Francisco de Asís habría cometido un pecado inmenso si no hubiera impedido con su apostolado la caída de toda la Iglesia. Probablemente, si no hubiera existido San Francisco, esa Revolución habría estallado mucho antes.
Resulta, pues, comprensible que otro Francisco de Asís, en un momento dado, no haya respondido, y que la Historia haya cambiado su curso. Ese pecado inmenso pudo haber ocurrido en soledad, en la celda de un fraile, en la celda de una religiosa, en la habitación de algún hombre predestinado, que tal vez rechazó un pequeño sacrificio, porque, a veces, todo depende de un pequeño sacrificio. Es un misterio de Dios.
* ¿Son la Revolución y la Contra-Revolución dos bloques compactos? Concepto verdadero, pero terriblemente incompleto
Existe una forma habitual de concebir históricamente las luchas de la Revolución y la Contra-Revolución, que es la que hace ver dos grandes sectores divididos por una cortina ideológica: por un lado, los revolucionarios; por otro, los contrarrevolucionarios.
Así, en la primera Revolución había protestantes y católicos, después monárquicos y republicanos y, hoy, comunistas y anticomunistas. Cada uno de estos «ejércitos» aparece como una masa compacta. Los católicos son un cuerpo homogéneo frente a los protestantes, que también se consideran así. Después, los republicanos y los monárquicos son dos bloques compactos. Lo mismo ocurre con el comunismo.
Según esta concepción histórica, la lucha, en cada una de esas ocasiones, fue capitaneada por los más ardientes de ambos bandos, y, si vence la monarquía, la victoria es de los ultramonárquicos; si vencen los republicanos, es la victoria de los jacobinos; si vence la Iglesia, es la victoria de los más extremistas de la Contra-Reforma. Según esta misma teoría, todos los acontecimientos del mundo estarían siempre en manos de las alas extremas.
Esta concepción es cierta, pero terriblemente incompleta. Gran parte de los errores estratégicos que se han cometido, sobre todo por parte de la Contra-Revolución, se han basado en el desconocimiento de lo incompleto que resulta ese panorama.
*La lucha consiste en atraer, cada cual, hacia su lado, la verdadera palanca de la sociedad que se encuentra, habitualmente, en el centro.
Cuando observamos la lucha entre revolucionarios y contrarrevolucionarios, nos damos cuenta de que, de hecho, las minorías extremas de uno y otro bando representan por sí mismas muy poco y no son el factor decisivo. Lo que humanamente decide las luchas —la fortuna, el número, la posición social, el valor intelectual— se encuentra siempre en una categoría de personas que constituye un inmenso término medio, que podría llamarse el centro.
Estos se encuentran entre la derecha y la izquierda, abarcando el ala derecha de la izquierda y el ala izquierda de la derecha. Este elemento es verdaderamente el decisivo. Frente a los extremos radicales revolucionarios y contrarrevolucionarios, la lucha consiste precisamente en conquistar ese término medio. Es un verdadero campo de batalla, y la lucha consiste en atraer, cada uno hacia su lado, la verdadera palanca de la sociedad que se encuentra, habitualmente, en el centro.
La sociedad actual nos da una idea de lo que esto significa. Los miembros de los partidos comunistas, en Occidente, son una minoría, y todo hace pensar que en Oriente son aún menos. Tampoco es necesario demostrar que los Contra-Revolucionarios son pocos. El número, la riqueza y la influencia se encuentran en un elemento central que cada uno trata de atraer hacia su polo.
Lo mismo podría decirse de las luchas que siempre ha habido entre los católicos. La inmensa mayoría es centrista, y tanto los ortodoxos como los liberales tratan de atraerla hacia su bando.
Analizando así los hechos, comprendemos bien que en el momento en que los contrarrevolucionarios lograran poner de su lado al centro, habrían vencido, y lo mismo ocurriría con respecto a los revolucionarios. Y desde que estalló la Revolución, el centro siempre se revela un tanto revolucionario, y acaba luchando de este lado. Los revolucionarios han triunfado porque han conseguido un centro que les favorece.
Es el caso de los monárquicos constitucionales. A pesar de estar más cerca de la monarquía que los republicanos, siempre favorecen a los republicanos porque la Revolución siempre explota ciertas inclinaciones psicológicas en ellos.
Si los contrarrevolucionarios, conocedores de la ley de la Revolución y la Contra-Revolución, conscientes de que la Revolución es algo procesivo y gradual, supieran cómo combatir la Revolución y explotar estas inclinaciones psicológicas, habrían podido ganar la lucha. Pero, como no conocían sus leyes, el centro siempre socavó ese proceso y los contrarrevolucionarios lo permitieron; así, la Revolución siempre venció.
* Quienes se dedican a la lucha de la Contra-Revolución deben tener un conocimiento muy especial del carácter procesivo de la Revolución
Quienes se dedican a la lucha de la Revolución y de la Contra-Revolución deben tener un conocimiento muy especial de ese carácter procesivo de la Revolución, y tenerlo muy claro para poder comunicárselo a los demás contrarrevolucionarios. Este es el único medio del que disponen para frenar el carácter procesivo de la Revolución. Una vez hecho esto, entonces se podrá pensar en la Contra-Revolución. En este trabajo nos esforzamos especialmente por mostrar con cuidado el carácter procesivo de la Revolución, dada su extrema importancia.
Por parte de la Contra-Revolución, hay también un aspecto que, en el orden natural de las cosas, es muy importante. Es el choque contra-revolucionario. Es el medio de sacar al revolucionario del mecanismo de la Revolución y tornarlo apto para ser contra-revolucionario. Estudiaremos también este punto más adelante.
* Primer principio: de la doble gradación (en la naturaleza y en el hombre)
Al descender a la psicología más profunda del hombre, observamos que en las apetencias humanas existe una especie de correspondencia con el orden natural creado por Dios. Los atributos de todas las criaturas son susceptibles de grados: hay grados de blancura, hay grados de blandura, de oscuridad, de rigidez, de sabor. En la naturaleza, todo tiene atributos sujetos a determinados grados.
Al mismo tiempo se da el mismo fenómeno en sentido opuesto. La forma de apetecer del hombre es también gradual. Podemos, por ejemplo, mirar una luz y luego, gradualmente, ir acostumbrándonos a ella. Al principio nos causó un impacto, y luego nos acostumbramos. Podemos acostumbrarnos a algo blando. Sin embargo, tras cierto tiempo, nos sentiríamos satisfechos si nos ofrecieran algo aún más blando. Porque no solo lo blando tiene grados, sino porque vamos progresando, por grados, en la apetencia de lo blando. En el grado más alto de lo blando, nuestra apetencia de ello también alcanza su grado máximo.
A medida que vamos pasando de un grado a otro, vamos anhelando el siguiente. A través de este proceso, pasamos del ascetismo de una cama de tablones al colmo de la blandura, a través de varios grados sucesivos, que se dividen en dos órdenes: el grado de blandura que hay en las cosas y un grado segundo que depende de nuestras apetencias, que cada vez anhelan más lo blando.
Se trata de una gradación de los predicados de los diversos elementos y de una capacidad de avanzar gradualmente para alcanzar su extremo. Es el primer principio que podríamos mencionar, principio tan fuerte que, hablando con naturalidad, un hombre nunca llega a determinados extremos de apetito sin haber pasado por las escalas intermedias. Antes de haber apetecido todos los grados intermedios, el hombre, normalmente, rechaza el extremo si se le presenta.
* Segundo principio: el de la totalidad
Consideremos un segundo principio, que llamaríamos de la totalidad. Debe entenderse de una manera muy «matizada», para que no parezca falso y no se puedan formular todo tipo de objeciones en su contra.
En cada gusto, en cada deleite que tenemos, en virtud de nuestra tendencia natural a la felicidad, somos llevados hasta el extremo de ese gusto, de ese deleite. En principio, y salvo los contratiempos que existan en nuestro organismo, en cada deleite la tendencia es siempre la de llegar a su último exceso. Cuando apreciamos algo, somos llevados a llegar a su último paroxismo.
Las tendencias existentes en el hombre tienden a la totalidad. Hay una especie de paroxismo, de apogeo, hacia el que todo se dirige. Por esta razón, para los hombres voluptuosos y para las civilizaciones voluptuosas no hay límites. Estas desarrollan sus tendencias en todas las direcciones. Lo que ocurre en relación con los sentidos, ocurre también en relación con las pasiones del alma.
Una persona que se enorgullece de su físico, mientras no sea proclamada un Adonis, no se conforma. Después, querrá que la proclamen muy por encima de los Adonis. Lo mismo puede decirse de una persona orgullosa. Primero querrá ser rey constitucional de su país, después monarca absoluto, a continuación, querrá un altar y, en breve, deseará ser deificada. Cada etapa tiende a su paroxismo.
Se podrían plantear objeciones a esto. Los ojos desean la luz; cuanta más luz reciban, más les debe gustar. Sin embargo, hay ciertas personas que sienten horror por la luz excesiva.
Esto se explica naturalmente: hay, dentro del hombre, para ciertas pasiones, unos contrapesos que funcionan a modo de frenos. En este caso, esos contrapesos son ciertas disposiciones del globo ocular que la luz perjudica. Pero esas son situaciones excepcionales. La regla normal no es esa, pues los hombres siempre están buscando más luz.
Dentro del principio de la totalidad se puede, sin embargo, establecer una salvedad: existen en el hombre determinados contrapesos que, por sí mismos, establecen un límite al principio de la totalidad. Es un ejemplo el caso de la luz antes mencionado. Y el límite es también de sentido común. Se sabe que el principio existe, pero que no todos los hombres están, en todo momento, en busca de todas las voluptuosidades.
Esta totalidad, sin embargo, tiene una característica a su favor. En determinados aspectos, el hombre desea, sin ningún contrapeso, una totalidad absoluta, hasta la última exacerbación. No se conforma con nada que no sea ese extremo.
Para la inmensa mayoría de los hombres, el instinto sexual se encuentra en ese caso. El desenfreno es tal que, si la persona, de hecho, se abre paso en esta materia, llegará a todo tipo de manías, paroxismos y degradaciones que, sucesivamente, van aumentando la intensidad del placer.
Junto al instinto sexual existe también, para la casi totalidad de los hombres normales, una tendencia al orgullo que prácticamente no conoce límites. Es algo incluso insondable. Estos dos instintos se transforman en pasiones, que son los dos principales resortes de la Revolución.
Todos los hombres tienen distintos grados de estas pasiones, pero tienden hacia una especie de exacerbación y plenitud. Es un paroxismo de placeres que es casi comparable a un éxtasis. Invade al hombre por completo, lo satura, lo embriaga. Muchas veces estos vicios pueden no manifestarse claramente, pero, en el interior, si no se combaten con fuerza, estarán corroyendo y destruyendo todas las fibras del alma.
* Tercer principio: la totalidad está contenida en el primer germen
La totalidad, o el anhelo de la totalidad, está contenida por completo en el germen inicial. Una persona que durante toda su vida haya combatido el orgullo y que haya sido siempre de una perfección exquisita en la virtud de la humildad, cuando por primera vez tenga un desliz en esta materia, escuchando, por ejemplo, con un poco más de complacencia un elogio, de hecho consiente en algo aparentemente insignificante; es solo una pequeña concesión. Para una persona que ha llegado tan alto, sin embargo, esa concesión tiene un significado especial.
Se dice que cuanto mayor es la altura, mayor es la caída. De hecho, en el escuchar con cierto agrado ese elogio, no solo se encuentra su deseo, sino toda la carga de la vanidad más delirante. En términos propios y exactos, la voluntad de hacerse adorar está contenida en esa concesión. En ese primer germen se encuentran contenidos todos los paroxismos; cualquier concesión trae consigo el ansia de todas las demás concesiones.
La teoría del carácter procesivo queda así bien establecida. En el hombre, que posee de manera rudimentaria la tremenda carga de sensualidad y orgullo que hay en todos los hombres, en la primera concesión hecha ya está contenida una apetencia del paroxismo. Así se inicia el proceso. No llegará enseguida al extremo. El principio de la vida espiritual que dice que el hombre no hace nada extremo de repente es totalmente cierto.
La primera concesión, sin embargo, alimenta la pasión y hace que progrese 10. Ese 10 ya predispone al alma para la siguiente concesión, que le sigue. La pasión progresa 100; a continuación, otra, y progresa 100 000; después, millones. Y así como no hay unidad suficiente para medir la fuerza desintegradora del átomo, tampoco hay unidad que mida la fuerza de explosión intrínseca del alma humana.
Se produce entonces en el alma una cadena de fenómenos similares a los que se ven en la Revolución y en la Contra-Revolución. En el hombre, una carga en estado latente, que de repente entra en erupción, irá aumentando progresivamente en virtud de la tendencia procesiva y gradual. Este es el camino normal y habitual, dado que el bien y el mal son apetecibles por grados. Nada impide, sin embargo, que haya un proceso con un impulso formidable.
* Cuarto: El revolucionario de marcha lenta y el de marcha rápida
El revolucionario de marcha rápida no es un hombre que haya dejado de recorrer las diversas etapas. La diferencia es que él pasa rápidamente por las fases intermedias, mientras que el otro las recorre lentamente. En este último hay recursos psicológicos que funcionan como amortiguadores y, por otra parte, no se ha entregado tan completamente al vicio. Si examináramos a cámara lenta al revolucionario de marcha rápida, veríamos que sigue el mismo camino de deterioro que el de marcha lenta.
El revolucionario de marcha lenta vive bajo una especie de compromiso falso. Y esto lo caracteriza. Quisiera mantenerse fiel a determinadas posiciones de virtud, pero no quiere renunciar por completo a una raíz de vicio que existe en él. Vive cerrando los ojos, vive de no ver, de no reconocer. Nada le hace temblar más que desvelarle este vicio psicológico y mostrarle la realidad. Sería como desgarrarle la conciencia y sacar a la luz su pecado.
Uno de los hijos del revolucionario Luis Felipe, rey de los franceses, expresó esto de una manera tristemente sutil. Él representaba la tendencia monárquica moderada: ni Antiguo Régimen, ni república. Y decía: «Se equivocan quienes creen que nosotros, los Orléans, tenemos un programa. No tenemos programa, somos un estado de ánimo, que corresponde al de cierta parte del pueblo francés, que desea la religión, pero no mucha… y la monarquía, aunque tampoco mucha. El día en que ese estado de ánimo desaparezca, el orleanismo habrá dejado de existir».
La iniquidad en este caso no mintió ni a los demás ni a sí misma: dijo lo que era. El demonio de la incongruencia, de la mediocridad, de la vacilación, de la vileza de espíritu, de la felonía, está contenido en esta afirmación.
El estado de ánimo «Luis Felipe», podríamos llamarlo así, es el estado de ánimo que, sistemáticamente, en todas las fases de ese proceso, se apodera de toda una familia de almas numerosa y abundante. Contra estas almas solo podremos vencer aplicando la dialéctica necesaria para derribar ese estado de ánimo. Dialéctica esta que consiste en argumentar según los principios antes explicados y mostrar a la víctima de este estado de ánimo que está sufriendo todo un proceso de revolución lenta, denunciándole que este proceso la llevará a ella, o bien a sus descendientes, a las últimas etapas de la Revolución.
Es preciso, pues, conocer las reglas, los principios y las normas para poder demostrar a alguien que este proceso existe, y luego demostrarle que está avanzando dentro de ese proceso. Es el único medio capaz de detenerlo. Y detener tales procesos es el único medio de impedir el avance de la Revolución, porque esta es procesiva y solo puede detenerse si se le pone al descubierto este veneno.
* Veracidad y utilidad de estas nociones
Alguien podría decir que en todas estas nociones hay un lado vacilante. ¿Todos los desvíos y las más mínimas concesiones conducen a abusos vertiginosos? ¿Cualquier pequeña concesión que se haga en cualquier ámbito, en última instancia, supone ya precipitarse al abismo de todas las condescendencias? ¿Es cierto que si adquirimos el hábito de ceder ante todo tipo de pequeños abusos, nos lanzamos a un precipicio?
Debemos distinguir en nosotros mismos, sin embargo, las concesiones que hacemos en aquellos puntos en los que nuestra tendencia a la totalidad encuentra resistencias. Donde hay resistencias, no existe un riesgo grave ni inminente de caer en los mayores absurdos. Hay otros puntos, sin embargo, donde no existen las resistencias internas, y donde cualquier concesión es un primer paso hacia un verdadero abismo. Por lo tanto, hay que dejar claro de qué hablamos cuando nos referimos a las pequeñas concesiones.
La tendencia a la totalidad, al paroxismo, a esta especie de éxtasis porcino, contiene ya en sí misma los gérmenes de lo monstruoso. En un primer momento, la persona quiere todo lo que esté de acuerdo con el orden de la naturaleza. Cuando el orden de la naturaleza la ha hastiado, su apetencia sigue siendo muy fuerte. Entonces, recurre a formas monstruosas para conseguir su deleite.
Alguien, por otro lado, podría decirnos que todas estas nociones no son nuevas. Esto no debe preocuparnos. Nos preocuparía preguntarnos si son útiles. Pero tengamos claro que tomar estas nociones, reducirlas a tabletas, a principios o a monedas bien acuñadas, para luego utilizarlas en la lucha contra la Revolución, es una tarea de la mayor utilidad para la causa contra-revolucionaria.